Opinión

La gran deflación que viene

 
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ME. Detrás del alza del dólar.

La economía del mundo se siente como un gran navío cuyos motores, uno a uno, se apagan. Pronto llegaremos a una pesarosa inmovilidad.

Vivimos la secuela de la crisis de 2007, “La Gran Recesión”, sólo comparable en magnitud a la crisis que en 1929 concibió la “Gran Depresión” de los años treinta.

En ciclos convencionales, después de una recesión viene una recuperación. Desde la Segunda Guerra Mundial, ha habido diez recesiones en Estados Unidos.

Después de éstas, las recuperaciones han durado tres años en promedio. Entre el segundo trimestre de 2009, cuando comenzó esta recuperación, y el mismo periodo de 2012, la economía sólo creció 6.8 por ciento, el promedio de otras ocho recesiones fue 15.5 por ciento. Típicamente, la inversión en vivienda creció 34 por ciento en situaciones similares, ahora sólo 8.0 por ciento; el gasto público aumentó 12.5 por ciento en promedio, en esta ocasión bajó 4.5 por ciento; el gasto en consumo aumentó 6.5 por ciento, cuando típicamente crece 14 por ciento.

Esta atípica recuperación fue consecuencia de un nivel excesivo de inversión en activos como bienes raíces, resultado de que muchos inversionistas quemados por el desplome de las llamadas dot com en el año 2000 buscaran refugio en activos “reales”, en “ladrillos”, y aprovecharon que la Reserva Federal redujo las tasas de interés de referencia de 6.5 por ciento a 1.0 por ciento, para estimular a la economía después de esa crisis, provocando un abaratamiento inusual en las hipotecas que derivó en altísimos niveles de demanda especulativa por inmuebles.

Las tasas de interés, históricamente en niveles mínimos tras la crisis de las dot com y también después de la de 2007, impulsaron igualmente altos niveles de inversión en capacidad instalada industrial. El mayor daño por la enorme impresión de dinero (con la que los bancos centrales enfrentaron la crisis) provino de un claro sesgo en la asignación de recursos a inversiones que no hubieran tenido sentido en un entorno normal de tasas de interés (por ejemplo, tasas un par de puntos superiores a la de inflación y no inferiores a ésta, como lo han estado por años).

China fue el país que más abusó de la inversión como herramienta para provocar crecimiento. Mucha de ésta se hizo sólo para generar crecimiento y se financió con deuda. La deuda china aumentó el equivalente a 100 por ciento de su PIB entre 2008 y 2014. El problema principal se genera cuando baja el impacto en crecimiento de la economía por cada dólar adicional de inversión. En 2007, por cada dólar de crédito contratado para invertir se generaban 83 centavos de crecimiento en el PIB, para 2012, ya sólo se generaban 29 centavos, y para principios de 2013, 17 centavos.

El mundo enfrenta hoy niveles inusitados de capacidad instalada ociosa, resultante tanto del crédito barato como de expectativas, no cumplidas, de que el crecimiento chino y de economías emergentes continuaría por muchos años con el vigor mostrado en los años después de la crisis de 2007. Alrededor de 700 mil millones de dólares que salieron de las vapuleadas economías desarrolladas, buscando refugio en las emergentes, hoy regresan a mercados más estables y líquidos, donde esos inversionistas se sienten más seguros; de ahí las fuertes devaluaciones en las monedas de países emergentes.

El problema más complejo está por venir. La capacidad excedente provocará fortísima presión deflacionaria. Las empresas con capacidad excesiva estarán dispuestas a vender cuanto puedan, aun a precios inferiores a su costo de producción, para generar flujo que les permita cubrir sus costos variables (sueldos, rentas, intereses sobre la deuda, etcétera). Buscarán durar más que sus competidores. Cuando uno u otro reviente, se retirará capacidad del mercado, y los precios de esos bienes irán recuperando niveles normales. El problema se acentúa precisamente por tasas tan bajas, que hacen más fácil pagar intereses sobre lo que deben e incluso adquirir deuda nueva para tener más caja y aguantar más tiempo.

En el mercado de petróleo vemos una muestra de esto. A pesar de la caída en el precio, Arabia Saudita produce tanto como puede. Han liquidado 70 mil millones de dólares de inversiones para cubrir el enorme gasto social que provino de la Primavera Árabe, pero saben que para poder reventar a los productores de costos altos –shale estadounidense, arenas bituminosas canadienses, aguas profundas brasileñas y del Mar del Norte, etcétera- necesitan precios más bajos, y por años. Veremos petróleo a 20 dólares por barril.

La deflación implica que las empresas tengan que vender barato; que no tengan con qué invertir (no aumenten productividad), no gasten en investigación y desarrollo, no aumenten sueldos, ni contraten gente. El crecimiento mundial será, en el mejor de los casos, famélico. En el peor, los problemas geopolíticos y las crisis de mercados complicarán las cosas. En cualquier escenario, la estagnación será caldo de cultivo para políticos populistas en todas partes.

Ojalá tomemos provisiones para lo que viene, y no nos dediquemos simplemente a reaccionar.

Twitter: @jorgesuarezv

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