Opinión

La Francia de todos los tiempos

 
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Elecciones en Francia (Bloomberg)

“La democracia afirma su vitalidad como régimen en el momento en que se debilita como forma de sociedad. …

Este pueblo político que impone cada vez con más fuerza su marca constituye cada vez menos un cuerpo social. Esta fractura de la democracia es el hecho más importante de nuestro tiempo, portador de las más terribles amenazas. De continuar así sería el propio régimen democrático el que acabaría tambaleándose”

“El aumento de las desigualdades es a la vez indicador y motor de esa fractura. Es la lima sorda que provoca una descomposición silenciosa del vínculo social y, simultáneamente, de la solidaridad”

Pierre Rosanvallon, La Sociedad de los Iguales. RBA, Barcelona 2012

Como pueden o como Dios les da a entender, las naciones avanzadas se las arreglan para mantenerse a flote, luego de la tormenta que para algunas de ellas adoptó la intensidad destructiva de un tifón. Y que el austericidio adoptado sin demasiada consulta por los poderes constituidos, no hizo sino intensificar.

Ahora le toca el turno a la Francia de todos los siglos, cuya “normalización” ha sido buscada por mucho hace un buen tiempo, sin haberlo logrado del todo. El arribo venturoso al reino del mercado pleno, con el consiguiente abatimiento de las defensas de sus poblaciones trabajadoras, asalariadas y no, resumidas en un Estado de Bienestar formidable, han tenido que topar con una democracia que pese a todo y a todos sigue viva, y con un movimiento de masas, proletarias y no tanto, siempre activo.

Con la llegada de Macron sigue siendo difícil celebrar el declive final del clásico jacobinismo galo; o el agotamiento definitivo de la savia socialista que por más de un siglo y medio alimentó las grandes expectativas de regímenes de justicia social plena con libertad creciente y democracia expansiva. O, incluso, de una renovada ola de imaginación al poder.

Es verdad que los pilares del viejo sistema de partidos que el también viejo General actualizara y pusiera en línea de la modernización buscada por él, se cuartearon y el sistema se desfondó. Pero también lo es que de las primeras empresas que Macron ha anunciado es la de crear un partido, el de la República en Marcha, con el cual buscará posiciones propias y coaliciones y acuerdos en la Asamblea para no sólo presidir sino gobernar conforme a sus visiones y programas de gobierno. Los partidos pues no viven su largamente anunciada muerte y no es esa la lección más importante de la elección presidencial francesa.

Larga marcha es la que le espera al ganador, así como la que tiene enfrente lo que queda del sistema político ponerse en sintonía y encarar las fracturas sociales que según Macron aquejan a su extraordinaria y resistente nación. El caleidoscopio político francés está todavía por despejarse.

Como quiera que haya sido, no falta razón a quienes han hablado de que el triunfo del joven político ha sido un respiro para Europa y, como advirtiera Obama, también para el resto del mundo desarrollado. Se trate o no de populismo, tan temido como indefinido, lo cierto es que el nacionalismo del miedo promovido por Le Pen no dejó de oler a fascismo, a pesar de lo que sus postulantes hicieron para poner a buen recaudo el antisemitismo vociferante del fundador y padre de la candidata del Frente Nacional.

Falta un sinfín de pruebas de ácido y cucharadas de hiel para la Francia de estos y todos los tiempos. Cómo combinar la tradición justiciera en lo social con la modernización de mercado de las relaciones laborales y las formas productivas que desde antes ha pretendido Macron es una de ellas; la otra es la que tiene que ver con el refuerzo de la Unión Europea mediante auténticas políticas incluyentes de recuperación basadas en la cooperación entre los Estados, el financiamiento paneuropeo, el fomento de la innovación y la inversión en infraestructura y áreas básicas, cuyos rendimientos son casi siempre de largo plazo y por ello requieren de una fuerte presencia directa e indirecta del Estado.

Lo que la crisis ha puesto contra la pared no sólo es la dinámica del crecimiento económico y el empleo, sino las fortalezas del capitalismo democrático en su conjunto. Estas fortalezas, vistas por muchos como mojoneras históricas y culturales, siguen abiertamente amenazadas por las tozudas corrientes liberistas, neoliberales, que sin inmutarse sostienen la vigencia de la tristemente célebre TINA de la señora Thatcher (There Is No Alternative) y del vigor del pensamiento único que promoviera el reaganismo para alimentar las ilusiones globalistas del fin de la historia y el arribo del imperio final del mercado mundial unificado.

Qué tanto podrán o querrán las coaliciones que surjan de la victoria de Macron afrontar los retos implícitos y abiertos de esas creencias, convertidas en políticas y doctrinas duras, está por verse. También lo está la pretensión de recuperar el verbo transformador de los mejores cerebros y almas que urdieron la sesentona UE, pero que no imaginaron lo que la globalización del mundo y de la propia Europa traería consigo: como desafío a la estabilidad política, la renovación productiva y la cohesión social del continente.

Por lo pronto, como hemos tenido que (re) descubrirlo nosotros gracias a las intemperancias amenazadoras del gobierno de Trump, los franceses habrán de cursar las asignaturas peliagudas de la geopolítica y de la geoeconomía, que la mancuerna Trump-Putin ha puesto sobre la mesa a la usanza del lejano oeste o las estepas rusas.

Las jugarretas de la Gran Recesión, al volverse estancamiento relativo o secular, siguen con nosotros y con la Francia “fracturada y dividida” que espera a su joven presidente. A pesar de sus envidiables fortalezas históricas, culturales, institucionales, son fracturas que ponen en jaque la estabilidad de fondo del régimen heredado del general De Gaulle.

Nosotros, con el resto del mundo, quedamos a la espera de las novedades y maravillas que de cara a la adversidad el pueblo heredero del reino más viejo nos vaya a ofrecer. Si el tiempo global le da tregua y el encono y la furia de los muchos agraviados y dañados se vuelve energía creadora, jacobina o no pero, como antaño, renovadora y audaz.

Vive la France, sí señor.

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