Opinión

La fórmula imperfecta

La dictadura perfecta o el film teatro de carpa. En las olvidadas carpas era la regla de oro hacer chistes gruesos sobre el quehacer gubernamental en turno con la lógica de que todo lo que hace el gobierno está mal o es producto de la corrupción. Este chiste se contaba de la forma más salaz posible aludiendo a lo que supuestamente la prensa hacía caso omiso. Era la base del éxito, del desfogue, del relajo puro. Carreras completas como la de Palillo se cimentaron en este tipo de humorismo, que gracias al director Luis Estrada pasó al cine en La ley de Herodes (1999). Luego repitió la fórmula en tono de farsa en Un mundo maravilloso (2005). Por último incrementó la virulencia en El infierno (2010). De un film a otro el tipo de humorismo carpero creció con acumulación de chistes sexenales y trans sexenales. En el teatro de carpa el éxito estaba en mantenerse al día con los hechos y sucedidos del día. La rutina mataba al chiste. La fatiga que hay en la repetición obligaba al cómico a incrementar su crudeza en el trazo y en la expresión. No fue gratuito que algunos cómicos de entonces actuaran con un amparo bajo el brazo para no ser detenidos por insultos a la autoridad.

Estas dificultades pasadas al cine permitieron que La ley de Herodes tuviera en su momento un amago de censura. El escándalo convirtió al film en éxito de taquilla. Sin embargo, Un mundo maravilloso, parodia del sexenio foxista, ya no resultó tan eficaz. Así que era necesario subir de tono. El infierno fue un film más rudo en su trazo de humor carpero. Llegando incluso a ser medio gore, con una realidad mexicana llevada a la hiperviolencia ultra esquemática, incluso barata en su tremendismo. A pesar de esto Estrada demostró que es el director mexicano más ambicioso de los últimos tiempos y que no se intimida ante nada para entregar un producto de impecable acabado. Pero si la factura ha mejorado, el argumento no a pesar de la búsqueda de escándalo. La dictadura perfecta es la suma de sus tres films previos; un “éxito” que repite por cuarta vez el mismo chiste.

La dictadura perfecta o la acumulación de chistes. Al igual que sus predecesores, La dictadura perfecta se basa en lo inmediato de la realidad mexicana. Todo lo que aparece en los diarios o se comenta como chisme es visto con cierto detalle para que, al igual que en la carpa, nadie se pierda el inmediato chiste. Y si alguien se lo pierde, no hay problema: hay otro y otro, de todo tipo; un coctel de propuestas que en algún momento fatiga por su reiteración, por su referencia otra vez esquemática, por su maniqueísmo ramplón y sin duda también por su oportunismo.

En la carpa, el director de escena es el mismo público: marca el timing de la escena y avisa de inmediato al cómico si es tan gracioso como lo cree. Con ello permite modificar el ritmo y el tono del chiste. Esto en cine es imposible por eso la apuesta segura es acumular toda la realidad nacional de los últimos años, sus casos más sonados, su picaresca política, y ciertos hechos sociales que fueron ampliamente explotados en El infierno. Con ello, pues, convierte toda la realidad nacional, pero ¡toda sin excepción!, en objeto de burla entre vindicatoria, sangrona y medio simpática, sin posibilidad de que el director de escena, el público, pueda con sus risas o la falta de las mismas, indicar si el ritmo, el timing de la comedia va bien o mal. Lo que queda es una simple acumulación. Acumulación de chistes políticos de diverso calibre pero con tino limitado. Acumulación de un estilo de película sobre-argumentada que se repite y repite buscando darle al blanco con un chiste más crudo que el otro, aunque ya sin la contundencia de su primer hallazgo, La ley de Herodes.

La dictadura perfecta o la fórmula imperfecta. Acumular chistes dignos del teatro de carpa más vulgar a estas alturas parece un ejercicio de ociosidad que el tiempo demuestra como algo desfasado de la realidad de hoy mismo: sus alusiones a hechos reales son apuntes de un pasado más digno de verse como materia de estudio sociológico y/o antropológico. Pero ya no cinematográfico. Porque todo el film queda en simple ilustración, con la cámara como impertérrito testigo ante la que desfilan hechos con cierto concierto sin la jocosidad que se creería natural en su filosofía vital, crítica. Tan sólo queda la evidencia de estar ante la rutina sexenal de un tipo de humor que no se renueva y que insiste en que la repetición, esa imperfección, es su único valor.