Opinión

La formalidad es el antídoto a la violencia

La estrategia más efectiva para luchar contra el crimen y la violencia pasa por recuperar espacios tomados por la delincuencia, y acercar a la gente a su comunidad; que se sienta parte -y dueña- de ésta. Una de las estrategias más efectivas para lograrlo es un régimen fiscal inteligente.

Se dice que la recaudación fiscal en México es baja. Es cierto. Sin embargo, me parece mucho más grave la pésima calidad del gasto público. Si uno tiene en la casa un problema de baja presión del agua en la ducha, jamás pensaría incrementar la presión del agua sabiendo que la tubería está llena de hoyos, el desperdicio sería enorme. Eso es lo que pasa en México, poco de la recaudación adicional se traduce en progreso real, hay demasiados “hoyos”. Se tiende a confundir gasto con inversión y eso es peligroso.

El mejor ejemplo de una política fiscal equivocada lo provee Brasil. Sus niveles de recaudación son similares a los de Francia o Noruega, alrededor de 38 por ciento del PIB, pero a pesar de ello carecen de infraestructura básica. Tienen enormes problemas por falta de carreteras, aeropuertos, sufren educación pública de mala calidad y un sistema de salud pública deficiente. La eficiencia para recaudar ha generado altos niveles de corrupción, da recursos para pagarle a una burocracia descomunal, y fondea altos niveles de gasto social que va a parar a una población crecientemente dependiente (problema aún peor en Venezuela y Argentina, donde hay generaciones enteras de jóvenes que jamás han trabajado y dependen totalmente del gasto público). Se ha creado una cultura que favorece el desarrollo de clientelismo político y compra de votos para perpetuar al Partido de los Trabajadores en el poder. Eso es lo que pasa cuando la recaudación se centraliza.

Es infinitamente más efectivo municipalizar la recaudación por medio de impuestos prediales que se gasten también a nivel municipal. En Estados Unidos, la gente paga prediales con gusto porque sabe que éstos se utilizarán para una escuela pública bien equipada en ese municipio, para pagarle a buenos maestros, para desarrollar buenas ligas deportivas que ocupen a los jóvenes fuera de horarios escolares, en vigilancia, recolección de basura, reparación de calles, alumbrado público, etcétera. De hecho, saben que en la medida en que en su barrio se invierta bien el impuesto que pagan, esas mejoras se traducirán en una revaluación en el precio de sus casas.

Cuando el grueso de la recaudación se centraliza, es más probable que el gasto público se traduzca en clientelismo, en vehículo para premiar o castigar a comunidades o a grupos específicos. El incentivo para gastar en vez de invertir es muy alto, pues el gasto puede traducirse inmediatamente en votos y pago de favores, además de que permite mucha mayor corrupción, pues se le pierde la pista a tanto dinero que se mezcla en cuentas federales agregadas. Por otro lado, la falta de cuentas claras es el mayor incentivo para evadir impuestos, pues no se ve inversión pública y sí corrupción.

Un buen ejemplo de mal gasto público es el subsidio a la gasolina. Éste costó el año pasado por ahí de 11 mil millones de dólares (150 mil millones de pesos) y beneficia sólo a quienes tienen automóvil, es decir, la clase media alta y alta. Esos recursos invertidos en transporte público harían una diferencia para la mayoría de la población.

Es indispensable combatir a la economía informal y que toda la población presente declaraciones fiscales y pague impuestos, en la medida de sus posibilidades. Eso genera conciencia sobre cómo gasta el gobierno, pues gasta lo que uno aportó. Hay casos como el de Chile, donde se ha tenido éxito creando estructuras para facilitar el pago general. En los supermercados, por ejemplo, hay casetas para ayudarle a trabajadoras domésticas a cumplir con sus responsabilidades fiscales.

También es vital condicionar los esquemas de gasto social sólo a gente que está dentro de la economía formal. Eso no quiere decir que los pobres pagarán impuestos, sino que dado que presentarán declaraciones (simples) se volverán los principales fiscales de la formalización al exigirle facturas a todos, para así poder deducirlas.

Recuperar espacios tomados por la delincuencia pasa por hacer una liga directa entre pago de impuestos locales e inversión de esos recursos en la comunidad donde se recaudaron. Eso hace que la gente se sienta “dueña” de su comunidad; fomenta también una cultura democrática pues hace que la gente se involucre pidiéndole cuentas a funcionarios públicos que gastan (o invierten) su dinero. Como dice Enrique Krauze, “si la gente no se siente representada, opta por soluciones de hecho y no de derecho”, como las autodefensas, por ejemplo. La relación entre la obligación impositiva y la representación es tan vital que fue el origen de la lucha de independencia estadounidense en el Siglo XVIII.

Hay que recuperar las comunidades, y hacerlo evitando las tentaciones populistas.

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