Opinión

La figura del supremo se desvanece con Oviedo en Paraguay


 
Sin llegar a detentar el poder máximo en la aislada y empobrecida República del Paraguay, simbolizado por José Gaspar Rodríguez de Francia, el dictador retratado por Augusto Roa Bastos en Yo, el supremo, Lino César Oviedo Silva, general retirado de caballería muerto el sábado en un accidente aéreo en el Chaco, fue claro exponente de la elite militar que se ha disputado el país suramericano desde su independencia en el siglo XIX.
 
Oviedo, nacido en 1943 y con una larga carrera en las armas que lo llevó a estudiar en Alemania y ser colaborador cercano del general Andrés Rodríguez, consuegro de Alfredo Stroessner, un aliado de Pinochet y Videla que gobernó basado en la doctrina de la seguridad nacional de Washington, empezó su asalto directo al poder precisamente en el golpe de 1989 con que Rodríguez derrocó a Stroessner, al ser nombrado en recompensa por su apoyo jefe del ejército en 1993. En esa posición, con Stroessner exiliado en Brasil y un incierto avance a la "democracia", Oviedo intentó asumir las riendas del Partido Colorado y se transformó en una amenaza para el débil presidente Juan Carlos Wasmosy.
 
Sentenciado a un decenio de prisión por el cuartelazo frustrado de 1996, Oviedo fue apartado en esa forma de la pugna por el Ejecutivo 2 años más tarde, tras ganar las primarias del Partido Colorado. Sin embargo, en la votación se impuso Raúl Cubas, su candidato a la vicepresidencia, comprometido a liberar al golpista, lo que cumplió poco después pese a las protestas de la oposición y de la Suprema Corte. El jinete bonsai, llamado así por su estatura (1.62 metros) que compensaban indiscutibles dotes oratorias, ejerció en las sombras, manipulando a Cubas; cuando lo enfrentó el vicepresidente Luis María Argaña, su respuesta fue el asesinato y, en medio de crecientes disturbios y de la renuncia de Cubas, la fuga hacia Argentina y Brasil.
 
Colorados
 
En 2007, la Suprema Corte ordenó su liberación bajo palabra por buena conducta -había sido detenido al regresar a Paraguay- y ello le permitió contender en las elecciones de 2008, luego de romper con los colorados y fundar la populista Unión Nacional de Ciudadanos Éticos (Unace). Pero la democracia quiso echar raíces en tierra guaraní: los comicios fueron ganados por el exobispo Fernando Lugo, quien liquidó 61 años de hegemonía colorada sin impulsar a cambio una transición firme, aprovechando el respaldo de los socios del Mercosur.
 
Dueño de una gran vitalidad y representante de un modelo caduco en un Paraguay que en la encrucijada del Cono Sur atrae cada vez más el interés de Washington por sus recursos forestales, agrícolas e hídricos -desde los tiempos del acoso a Wasmosy el Departamento de Estado afirmó que carecía de 'credenciales democráticas', recuerda AP-, Oviedo estaba en plena campaña para las elecciones de abril, que tratarán de establecer el retorno a la 'normalidad' después de la rápida destitución legislativa de Lugo en junio.
 
Su muerte en el departamento de Presidente Hayes, que la Unace ya atribuyó a un 'mensaje de la mafia', si bien las primeras investigaciones señalan que se empeñó en volar sin que su helicóptero tuviera los medios para operaciones nocturnas, se produjo al filo del 24 aniversario de la caída de Stroessner, que explotaría ante sus seguidores. No obstante, los sondeos lo ubicaban en tercer sitio, lejos de Horacio Cartes, magnate colorado del tabaco y la banca que, destaca The New York Times citando a Wikileaks, ha sido vinculado al lavado de dinero, ilícito tradicional de las bandas que dominan el contrabando, los latifundios y el narcotráfico.
 
Según el analista Alfredo Boccia, entrevistado por Radio Ñandutí, el fin de Oviedo terminará a largo plazo con su influencia, pues sus simpatizantes añoraban 'conceptos del pasado en los que la figura del patriarca -y si es posible un militar- es la más conveniente para dirigir al país'. En la Unace le sobreviven su hija Fabiola, diputada por Asunción, así como su sobrino, el senador Lino César Oviedo Sánchez.