Opinión

La fiesta del narco

Repantigado en el mullido sillón del amplísimo estudio, Gil leyó las reacciones ante la noticia bomba del día: el video en el cual aparece el hijo mayor del exgobernador de Michoacán, Rodrigo Vallejo Mora, en una conversación de 18 minutos con Servando Gómez, La Tuta, jefe del grupo delictivo de Los Templarios, en la cual hablaron del gobierno de Michoacán y de algunos proyectos del joven Vallejo. Gil lo leyó en su periódico El Universal: “en la reunión analizaron la posibilidad de buscar nuevos mecanismos de comunicación y trabajo ante la crisis que representó la ausencia de Fausto Vallejo”.

Si Gil ha entendido algo, cosa improbable, la exhibición del video por parte de la empresa periodística Quadratín ha sido un golpe demoledor al gobierno priista michoacano, al exgobernador priista, a los hijos del exgobernador, a los amigos de los hijos del exgobernador y a los perros de los hijos de los amigos del exgobernador. Dicho con palabras traídas de la poesía del Siglo de Oro: un pinche lodazal.

Gil caminó sobre la duela de cedro blanco y meditó: ¿aparecer en un video tomando una cerveza y charlando con un capo de la mafia es razón suficiente para ir a dar a la cárcel? No, al parecer deben cumplirse con muy importantes trámites que impone el Estado de derecho, pero aunque baje a visitarnos Dios nuestro señor vestido de jurisconsulto, el joven Rodrigo tendrá que dar muchas explicaciones y luego pasar una temporada a la sombra.

Saca la chesta

Algunas fuentes (ah, aquí aparece la palabra fuente, todos a sus puestos) informan que a Rodrigo Vallejo Mora le gusta la chesta, la escolta numerosa, la desvelada, el dinero, el poder y la cerveza. Ninguno de estos gustos constituye un delito en sí mismo, salvo que beba la peor cerveza. Cierto, eso no es un delito sino simple mal gusto. Como escriben los académicos sesudos cuando quieren repetir algo: en resumen, las redes del narco han envuelto al gobierno de Michoacán bien y bonito. Acaso por esta razón, Ciro Gómez Leyva ha escrito en “La historia en breve” que ante nuestros ojos aparece, documentado, el primer gobierno narco: “Lo dijeron, lo dijimos. Lo documentaron, lo documentamos. Michoacán era un narcoestado con un narcogobierno y los Templarios en el timón”. Gil sufrió un mareo, el vértigo que dan las verdades más cruentas. Oh, sí.

Hace mucho tiempo que Gil no se lleva los dedos índice y pulgar al nacimiento de la nariz, por eso se llevó los dedos índice y pulgar al nacimiento de la nariz y caviló con la frase de un clásico: ¿cuándo se jodió Michoacán? En su columna “Canela Fina” de su periódico La Razón, Rubén Cortés recuerda que hay una probabilidad de que el pinche lodazal (poetry) haya empezado durante el gobierno de Víctor Manuel Tinoco (1996-2002), cuando se registraron nueve mil 400 homicidios; luego vinieron los perredistas Lázaro Cárdenas Batel (2002-2008), que registró siete mil 347 y Leonel Godoy (2008-2012) periodo en el que se documentaron diez mil 757 homicidios. ¿Cómo la ven? Sin albur ni nada.

El ingeniero, ¿no?

Gamés se pregunta: ¿y si viniera de más atrás el desastre? No tan atrás como para hablar de Melchor Ocampo, pero sí como para hablar de Cuauhtémoc Cárdenas, el estado del ingeniero (1980-1986) y de su mismísimo padre, el estado del perredismo emergente, el estado de donde venía el candidato a la presidencia de la República, el estado del PRD. ¿Cómo gobernaron? ¿Qué hicieron para que se les pudriera en las manos Michoacán? (Gamés se quemó con su propio dedo flamígero). Algo habrán hecho, o algo no habrán hecho. La idea de que no hay que culpar a un partido no le convence a Gilga. Doce años de gobierno perredista en el estado del estandarte de la izquierda, ¿no son suficientes para hacer algo o no hacer nada ante las embestidas del crimen organizado? Y no vayan a traer la paparruchada de que nadie sabía de la podredumbre. En fon.

Una máxima popular espetó dentro del ático de las frases célebres: “De aquellos polvos vienen estos lodos”.

Gil s’en va.