Opinión

La expresión más animal

El júbilo y la energía que llena el cuerpo ese toque del balón que lo lleva a cruzar la línea de la guardería del equipo contrario, es un sentimiento positivo que puede conducir a la juventud y a la sociedad entera a convivir, a hermanarse y a desarrollar sus potencialidades más amplias a través del deporte. En unión de los efectos positivos que el ejercicio tiene para la salud, ambas cualidades de esta actividad son las que justifican el impulso de múltiples políticas que tienen como propósito último su lógico y necesario arraigo entre la gente. El exceso y su canalización indebida de dicho entusiasmo hacia la generación de desorden y violencia, sin embargo, son la expresión más animal de la excitación humana, degradación de la cultura que justifica su control y sanción.

El sábado pasado se jugó en el Estadio Jalisco el clásico Chivas/Atlas y el resultado pasó inadvertido, porque los eventos que tuvieron lugar al término del encuentro, que llevaron a dieciocho personas a ser detenidas, y a la atención médica de una treintena de heridos, dos de gravedad, se sobrepuso mediáticamente a nivel nacional por encima del irrelevante empate entre los dos representativos jaliscienses.

Este tipo de trifulcas y el repudio generalizado que provocan, afectan un intangible que no todos llegamos a comprender: la cultura del deporte. Así definida enciclopédicamente, “cultura” es un término multívoco que significa, entre otras cosas, un patrón integral de conocimientos, de creencias y de conductas del hombre. Contempla un lenguaje, ideas, creencias, costumbres, tabúes, códigos, instituciones, herramientas, técnicas, obras de arte, rituales, ceremonias y otros componentes; y su desarrollo depende de la capacidad humana para aprender y transmitir conocimientos a futuras generaciones. La cultura del deporte es el entendimiento y trascendencia de aquellos aspectos superlativos de bonhomía y solidaridad entre los hombres, que nacen con motivo de la contienda deportiva, y su traslación a todos los ámbitos de la vida.

El miedo que infunde entre la gente el mero riesgo de verse envuelto en una ola de barbarie impulsado por un sentimiento generalizado de violencia, en ese odio colectivo irracional que mueve a unos a buscar el mal de aquellos que visten una camiseta contraria, inhibe la afición y la asistencia a los estadios como una vía de convivencia familiar en la cultura y la tradición deportiva. Por eso debemos luchar por erradicar la violencia en los estadios, ya que se convierte en un semillero de problemas que inciden en la vida del país más allá de lo que pasa los fines de semana.

En la Cámara de Diputados, concretamente en las comisiones unidas de Deporte y de Justicia, se votó hace un par de semanas una reforma sumamente trascendente a la Ley General de Cultura Física y Deporte, con el objeto de incorporar en ella un tipo penal específico para la tutela de la cultura del deporte, mediante la cual se propone imponer pena privativa de la libertad en contra de espectadores, asistentes y aficionados violentos por participar o incitar a otros a participar en actos de este tipo dentro de los estadios y con motivo de la celebración de eventos deportivos masivos.

La Ley que pronto se verá reformada, --en un sentido más amplio de la modificación respectiva que tuvo lugar en el D.F.--, constituye un marco jurídico de referencia cuyo propósito es coordinar la participación de los distintos ámbitos de gobierno en lo que respecta a la adopción de políticas en pro del deporte y la realización de eventos deportivos. Sin embargo, se trata de la norma especial en el que la tutela y salvaguarda de principios como los que se vienen aludiendo, hasta el ámbito penal, debe quedar comprendida.

Se ha cuestionado la inclusión del tipo penal en la ley especial, y se ha propuesto que el tipo su incorporación en el Código Penal, dentro del catálogo de delitos en lo general. La proposición se nos antoja inadecuada.

La razón que justifica la inclusión dentro de las normas especiales obedece a la clara y puntual identificación de aquél bien jurídico que la nueva disposición penal pretende tutelar. No se trata de la imposición de penas correspondientes a la provocación de lesiones en contra de otros espectadores, ni tampoco la penalización de la portación de explosivos o armas de fuego. El debido entendimiento de la pretensión normativa debe permitirnos entender que, aún ante la concurrencia de tipos penales, una será la norma que penalice las lesiones y otra, muy distinta, la que penalice la afectación a la cultura deportiva.

Participar o provocar una riña en un estadio deportivo es autónomo e independiente de su resultado. La alteración del orden dentro de los espacios confinados a los que asisten aficionados en forma tumultuaria, constituye una ofensa al interés social por sí misma, sin importar su resultado.

Ahora que se habla de la necesidad de recuperar y hacer imperante el orden y el estado de derecho, qué mejor ejemplo para la sociedad que empezar por imponerlo en un sitio que constituye una fuente de inspiración para el cumplimiento y el respeto por la legalidad, más concretamente, por la observancia de las reglas del juego. Fair play, se ha dicho.