Opinión

La explotación de la intimidad de un amigo

 
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Braulio Peralta piensa que Carlos Monsiváis es fundamental para abordar la revolución gay en México. (Cuartoscuro/Archivo)

Sigmund Freud tiene la culpa. Si hoy la gente cuenta su vida sexual a todo el mundo, si hoy ya no existe la vida privada, “si la confesión se ha convertido en una condición de todo discurso”, como señaló recientemente George Steiner, “Freud es el gran responsable”. Lo cual es irónico porque fue un hombre muy puritano. En cualquier momento, al menor descuido, se abren de capa para mostrarnos lo que estaba a la sombra y el médico vienés sacó a la luz. El mundo visto como un diván.

Por eso naturalmente afirma el periodista Braulio Peralta en El clóset de cristal (Ediciones B, 2016) que “si todos hiciéramos terapia, si nos conociéramos a fondo, el país sería otro”.

Bastaba afirmar que Carlos Monsiváis, activo participante en la lucha de los homosexuales en México por el respeto a sus derechos humanos, fue gay.

Bastaba decirlo así, de forma directa, sobre todo por la reserva con la que Carlos Monsiváis quiso mantener esta faceta de su vida privada. No quería que lo encasillaran como “intelectual gay”, él tan afecto a poner apodos, pensaba que lo importante era lo que decía, no desde dónde lo decía. Ese prurito no le importó a Braulio Peralta. Amparado en su calidad de periodista consideró legítimo abrir la intimidad de quien siempre quiso preservarla. El “yo no quiero salir del clóset”, dicho por Monsiváis, es un leitmotiv en el libro. ¿Y qué clase de periodismo nos ofrece Braulio Peralta? El de los chismes. Monsiváis en los baños, Monsiváis en la cama, Monsiváis como “el gran manipulador”, Monsiváis el dispensador de prebendas, puestos y publicaciones a cambio de favores sexuales.

¿Era necesario esto? Porque el libro también hace la crónica del surgimiento y evolución del movimiento homosexual en México, reconoce a sus protagonistas, da cuenta de sus dinámicas, sus puntos de contacto con otros movimientos a favor de los derechos humanos y de sus desencuentros y separaciones.

Particularmente dramático es el relato de la aparición, en los años ochenta, del sida, primero en su calidad de enfermedad desconocida y luego como el vendaval que segó miles de vidas.

Braulio Peralta, si no con brillo al menos con claridad, ofrece un registro puntual de la importancia, en cualquier movimiento social, de la cultura.

A través de marchas, exposiciones, lecturas, reuniones y semanas culturales en espacios públicos como el Museo del Chopo, el movimiento fue haciéndose visible. Lo marginal se colocó en el centro. Braulio Peralta pudo haber hecho un muy buen libro sobre el movimiento homosexual en México. Eligió, en cambio, poner a Carlos Monsiváis en el centro, específicamente, su renuencia a mostrarse públicamente como homosexual. Concede Peralta la misma importancia a la crónica del movimiento que a las andanzas de Monsiváis en los Baños Rocío, lo que desbalancea por completo el libro. Pero no sólo eso. Peralta coloca la intimidad de un personaje público sobre la mesa.

No lo hizo mientras Monsiváis estuvo vivo. A seis años de su muerte prefiere recordarlo así: abierto en canal, expuesto a todos, pasen, que nadie se quede sin ver lo que se mantuvo oculto, porque nada merece quedarse oculto, pasen a ver la intimidad de las celebridades intelectuales con Braulio Peralta como guía, pasen.

Historia de ligues, de quien “le echaba los canes a quién”, así como crónica detallada de la construcción de un movimiento a favor de la no discriminación, El clóset de cristal ofrece asimismo un vistazo inédito al mundo cultural visto desde un mirador heterodoxo. Se lee en él cómo alguien con poder cultural le dejó un suplemento a tal exnovio, cómo consiguió el puesto de crítico de cine de un periódico nacional para tal otro, cómo cobraba en tal instituto, cómo era “la mano que mece la cuna” detrás de manifiestos y desplegados. Una visión desde el mirador homosexual del poder en la cultura mexicana. Este relato, por la honestidad, se agradece, a pesar del tono anecdótico.

¿Por qué colocó Braulio Peralta la intimidad marginal de Carlos Monsiváis en el centro de una crónica sobre el movimiento homosexual en México? ¿Enriquece la historia de la gestación de un poderoso movimiento por los derechos humanos una serie de anécdotas de cama y ligue? Lo planteo de este modo: ¿qué hubiera perdido este libro de no incluir esa retahíla de chismes? Todos hubiéramos ganado con una crónica honesta de un movimiento civil y político basado en la libertad y en el cuerpo. No ocurrió así. “Intentas” –dice Braulio– cronicar una vida personal poco conocida”. Y el resultado es la explotación de la intimidad de un amigo.
 
Twitter:@Fernandogr

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