Opinión

La eternidad del judaísmo

La sobrevivencia del pueblo judío durante dos mil años, después de la destrucción del Templo de Jerusalén por parte de los romanos, es un misterio que intriga tanto a judíos como a los que no lo son, sobre todo a la luz de las numerosas adversidades que experimentaron en su dispersión en la diáspora, entre las que sobresalen su conversión forzada al cristianismo a través de la Inquisición y el final de muchos de ellos en la hoguera, y el Holocausto en la Segunda Guerra Mundial, un importante suceso de genocidio, único en la historia de la humanidad.

Con la creación del Estado de Israel en 1948, se pensó que las penurias de los judíos desparecerían, o al menos se atenuarían, lo cierto es que el mismo Estado de Israel ha enfrentado varias guerras con sus vecinos, algunos de ellos han amenazado “borrarlo del mapa. Asimismo, han cobrado fuerza los tradicionales ataques de antisemitismo, frecuentemente disfrazados de antiisraelismo, las de grupos neonazis y de islámicos fundamentalistas; sin embargo, los judíos, cualquiera que sea la definición de lo que éstos son, siempre han resistido a las presiones y a la violencia de sus perseguidores.

La “eternidad” del pueblo judío ha tratado de ser explicada por filósofos, sociólogos e historiadores desde diferentes ángulos, que como dijera el sociólogo e historiador francés, George Friedman, “es algo que no se adapta a la comprensión admisible de la historia”. Por su parte, el escritor estadounidense Mark Twain (MT) habla de los antiguos pueblos: egipcios, babilonios, persas, griegos y romanos, “que ascendieron y cubrieron el mundo con bullicio, grandiosidad y excelencia hasta que se cayó su iluminación, se desembocaron y desparecieron en las páginas de los anales del pasado”; “el pueblo judío, los vio a todos, los derrotó a todos y hoy es el alba de las civilizaciones; no muestra señales del hundimiento, ni desgaste de vejez, todos son mortales menos los judíos”. MT se pregunta ¿cuál es el secreto de su triunfo? La respuesta quizá sea su espíritu mesiánico de redención del mundo, la idea de que es el pueblo elegido para “salvar” a la humanidad. MT, quien murió en 1904, no pudo imaginar que sobrevendría el Holocausto, y con él, la casi desaparición del pueblo judío; empero, los judíos se levantaron de las cenizas de la destrucción y han aportado al mundo, más que nunca, importantes logros en el ámbito científico, de las artes, de la economía, la política y la cultura en general.

La mayoría de los pensadores con sentido común coinciden en que la existencia de los judíos es un hecho misterioso y sorprendente; el filósofo ruso Nikolai Berdyaev señaló que “cuando trató de verificar el método materialista histórico según los modelos de los destinos de los pueblos, los métodos se estrellaron con la muralla judía, cuya estrella parece carecer de cualquier medida de entendimiento. Según el criterio materialista y positivista, tendría esa nación que haber desaparecido hace mucho tiempo; su existencia está dirigida por una orden poderosa dada en la antigüedad”.

En este sentido, el filósofo francés Jean Paul Sartre dijo “yo no puedo juzgar al pueblo judío según las reglas aceptables de la historia humana. El pueblo judío es algo más allá del tiempo”.

El que el pueblo judío sea el elegido de Dios no implica que tiene un halo divino, ni que represente un grupo superior; este concepto más bien se podría referir a una característica sui generis de humanismo que inexplicablemente le ha dado vigor para su sobrevivencia perenne. Los judíos se han sobrepuesto a tragedias y aniquilaciones que de acuerdo a las leyes naturales no hubieran podido soportar. Dios escogió al pueblo judío para conservarlo y perpetuarlo aquí en la Tierra, siempre y cuando conserve su Torah (rollos sagrados); todo el resto de argumentos, suposiciones y coyunturas son irrelevantes. El judío, sea religioso o laico, finalmente representa el emblema de la eternidad.