Opinión

La eterna desigualdad

 
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Mujeres de distintos oficios, entre policias, enfermeras, y algunas pertenecientes a grupos índigenas, asistieron a la ceremonia en la explanada del Zócalo capitalino. (Cuartoscuro)

No hay ningún lugar en el planeta en el que las mujeres hayan alcanzado un paralelismo con los hombres. Es probable que, con distintos 'asegunes', donde más se ha avanzado es en los países nórdicos. Aun entre ellos, se dan condiciones que consideran excepcionales como es el hecho que una mujer llegue a ser la directora de biología interestelar o alcance a ser primera ministra como se vio en la serie Borgen estrenada en 2014 en Canal 22 de TV.

Desde siempre la mujer ha sido vista como un ser secundario y en distintas épocas incluso fueron consideradas como ineptas para las tareas de la reflexión (Shopenhauer). Recuerdo que en los años setenta en París, Roland Barthes, maestro de la semiología, apuntaba que en la historia de la filosofía prácticamente no había pensamiento femenino. Y lo decía con pesar cuando argumentaba que las ciencias del conocimiento, antes que nada, son aventuras del pensamiento con el riesgo permanente de equivocarse como ser humano; en general estas tareas no son del gusto femenino. La mujer aspira a la seguridad y esto data desde que el hombre cazador salía a buscar las presas mientras las mujeres se ocupaban del cuidado de los hijos y de preparar los alimentos.

El avance en el crisol de la antigua Grecia sólo los hombres se ocupaban de hacer la guerra, relatarla, reflexionar sobre el conocimiento científico en las áreas de la astrología, las matemáticas y la salud. De hecho, [las mujeres] eran expulsadas de todas estas actividades y esto se prolongó con excepciones contadísimas hasta llegar a la Edad Media. El oscurantismo no fue para los varones, se cebó en las mujeres, las cuales fueron consideradas como especímenes reproductores de la especie o como premio y botín de las escaramuzas militares. Y algo más grave: la batalla de la razón religiosa contra la herejía creó la 'estirpe' de la brujería culpabilizando sobre todo a las mujeres, a quienes durante siglos se les ha impedido ocupar puestos relevantes en todas, absolutamente todas las religiones.

En abundancia, sus aspiraciones en la vida cotidiana con facilidad han rebasado límites que aún hoy en día son castigadas con tortura y hasta la lapidación en países como Irán y Pakistán. Tal práctica se volvió a reanudar en 2008 y sigue vigente contra mujeres adúlteras o violadas contra su voluntad.

Los derechos de la mujer, celebrados con manifestaciones, conferencias y diversos actos culturales y políticos, hace horas en muchos países llamados desarrollados, y en otros que aspiran a ello, tuvieron un resorte que aún sigue siendo valorado como inicial. Se debe al libro El Segundo Sexo, de Simone de Beauvoir, quien abordó con subrayada inteligencia los valores encarnados por la condición femenina. No fue la única publicación, también pueden ser citados La Mujer Quebrada, Los Mandarines o los ensayos escritos en la revista Los Tiempos Modernos. A esta plataforma se añaden notables investigadoras como Marie Curie, quien ganó dos premios Nobel, de Física y años después de Química, junto con otras 47 mujeres -frente a 833 hombres- que han conseguido esa extraordinaria presea.

Esto que ha sido sólo un ejemplo nos dice que en la actualidad, a pesar de hombres como Donald Trump, quien se enorgullece de que con dinero y poder puede manosear a cualquier mujer, las mujeres han ganado respeto y eficiencia en todas las actividades, incluso aquellas que consideraríamos como de muy difícil acceso femenino: astronautas, bioingeniería, pilotos de avión o presidentas y primeras ministras.

Al hablar de lo logrado por mujeres, es muchísimo lo que el mundo les debe para alcanzar mínimos de equidad en sus derechos y la lista rebasa con generosidad este pequeño espacio; no obstante, me gustaría reproducir lo que escribió la infatigable crítica Ikram Antaki, quien nació en Damasco, Siria, y vivió en nuestro país desde 1976 hasta su muerte: “…un día nos volvimos por fin un país ideal; instalamos el lugar de la mujer en la razón en lugar del delirio y la maquinación. Entendimos el papel unificador del feminismo y del acoso que aún padecemos aunque la conciencia de lo que es la mujer avanza cada vez más. No hay triunfalismo, sino reconocimiento al valor que tenemos todas y cada una de nosotras”.

Twitter: @RaulCremoux

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