Opinión

La erupción de nuestro volcán

  
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Lorena Herrera Rashid

Malcom Lowry llegó a México el 2 de noviembre de 1936, el Día de Muertos, y mientras viajaba en un camión vio a un hombre morir a un lado del camino ante la indiferencia general; después de un tiempo sólo se le acercó al moribundo un hombre que le sacó el dinero de los bolsillos. Este incidente fue el génesis de su famosa novela Bajo el volcán.

Para refrescar la memoria: Bajo el volcán sucede un Día de Muertos y relata el último día de vida de Geoffrey Firmin, excónsul arruinado y alcohólico que se ahoga en mezcal ante los ojos impotentes de su exesposa y de su hermano. El extraño trío recorre las calles de Cuernavaca, rodeados de horrendos perros callejeros, famélicos y amarillos, de niños andrajosos que les piden monedas para comprarse calaveras de chocolate, y cuando pasan frente a una pared con un grafiti que reza: “No se puede vivir sin amar”, ven a un hombre que le quita el dinero a un indio que muere sobre la banqueta, y ellos simplemente se alejan. Más tarde, cuando el hermano declara: “la verdad es que no hubiéramos podido hacer nada”, para excusar su cobardía, se vuelve evidente que el excónsul tiene que morir. Dante, Goethe, Blake, Joyce y Marlowe entre muchos otros escritores crearon una versión explícita de su infierno, y Lowry encontró el suyo en México: “A veces me siento como un gran explorador que ha descubierto una tierra extraordinaria de la que nunca podrá regresar para contárselo al mundo: el nombre de esa tierra es el infierno”.

Lorena Herrera Rashid (Ciudad de México 1972) presenta en la Galería Marso su nuevo cuerpo de obra, producido en Morelos: Bajo el volcán.

En la primera sala de la galería, Herrera nos sumerge en una selva ocre, seca e inmóvil donde realizó, con papel kraft, varias esculturas de las cuales sobresalen hojas de plátanos, de palma real o ramas que crean una vegetación disecada que nos remite a un arquetipo del paraíso tropical, pero que aquí nace de un montón de vasos y de platos de plástico.

En este mundo monocromático sobresalen algunos ídolos, algunos tótems: una botella de Coca-Cola pintada de colores, una silla de Corona, la típica cabeza de muerto que se ha vuelto una marca registrada de nuestra mexicanidad.

Estas esculturas son cuadros que van cobrando significados, que diseminan mensajes. Ejecutadas con maestría y de tamaño real, van develando poco a poco la relación de los elementos que conforman cada escultura, lo vegetal ya pasado por un proceso industrial y convertido en papel de envolver, el desperdicio, los platos y los envases de la segunda sala hechos recipientes y moldes de nuevas esculturas contemporáneas, al igual que las piedras que son lo que no son, acaban siendo esculturas que remiten a algo que en su momento se llamó natural, pero, ¿a que llamaríamos natural ahora? ¿a la vegetación, a los desperdicios industriales, al plástico?

En las paredes de las otras salas están enmarcados varios periódicos, cuyas páginas han sido pintadas de colores diferentes, y que están perforados, formando un papel picado bastante inquietante. En estas piezas también se sobreponen las explicaciones; uno piensa en el asesinato de periodistas –otro triste récord con el que cuenta nuestro país-, pero estos cuadros también constituyen textos interrumpidos por hoyos que anulan su lectura, como una verdad que ya no podemos entender y procesar; o peor aún, tal vez la artista haya simplemente querido hacer unos confetis, pero en el terrible contexto en el que vivimos cualquiera de nuestros gestos terminarán captados, secuestrados por la violencia que nos rodea.

Han pasado exactamente 80 años desde la publicación de la mítica novela, las escenas dantescas que describe Lowry parecen hoy sobresaltos de señoritas comparadas con los encabezados que vemos en los periódicos.

Mi amiga reportera del New York Times, una inglesa en México, deja el país en parte por la inminente sensación con la que todos cargamos, la misma de aquel hermano del cónsul que dice: “la verdad es que no hubiéramos podido hacer nada”.

Y así, en contra de todo lo que la realidad indica, cada pieza, cada obra, cada acto creativo es en sí una especie de resistencia activa ante tal evidencia.

Lorena Herrera Rashid, Bajo el volcán. Galería Marso, Berlín 37, colonia Juárez.

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