Opinión

La era Trump 

   
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Trump

Este viernes arranca la era Trump y el gobierno no está ni remotamente preparado para lo que viene. Pasaron semanas, después del 8 de noviembre, en una calma chicha, que ahora se develan como el silencio y la quietud del ojo del huracán.

Los presagios no pueden ser más negros: mientras Carstens sale del Banco de México, Videgaray regresa al gabinete por la puerta grande. El primero advirtió la proximidad de un huracán y la proyección de una verdadera película de terror. El segundo es el artífice de la visita de Trump y parece sufrir el síndrome de Estocolmo.

Me explico: un día antes de la rueda de prensa del presidente electo, que no hizo sino ratificar que Trump es Trump, es decir, confirma la definición de Obama: una persona de 70 años no cambia, el canciller aseveró tres cosas que llaman la atención: Trump es un negociador y un hombre extremadamente amable; siempre le estaré agradecido por haberse referido a mí como un ministro de Finanzas brillante; la invitación del 31 de agosto no fue un error y sentó un precedente positivo. Así que toda la estrategia de Videgaray parece girar, como en agosto del año pasado, en torno a convencer y sensibilizar al ahora presidente de Estados Unidos.

Alarma, sin embargo, que el canciller sea incapaz de reconocer que la invitación a Los Pinos fue un soberano fracaso. Los hechos están allí y no mienten. Los enumeró: 1) la misma noche del 31 de agosto, Trump se lanzó contra los migrantes en Arizona y se burló: los mexicanos aún no saben que pagarán por el muro, pero van a pagar; 2) la visión oficialista sintetizó el éxito de la visita en que Trump afirmó que se proponía incrementar la productividad en América del Norte como región. Pero el giro, si hubiera sido más que una volátil declaración, cosa absolutamente improbable, ha sido desmentido por la serie de tuitazos que Trump ha propinado a las empresas automotrices, aun antes de reabrir las negociaciones del TLC, y por la exigencia renovada de que México pague el muro.

Además, el agradecimiento por haber sido recibido en Los Pinos, en uno de los peores momentos de su campaña, se ha reflejado en que por primera vez en decenios no hubo reunión entre el presidente de México y el presidente electo de Estados Unidos; en lugar de eso, Trump invitó a Carlos Slim a cenar en Florida. ¿Se tiene memoria de un mayor desaire hacia el presidente de México?

Por eso no hay ninguna razón para confiar en la estrategia que seguirá el principal responsable de enfrentar la tormenta perfecta que se avecina. Por otra parte, su nombramiento como canciller es, al mismo tiempo, su designación como 'precandidato' oficial a la presidencia de la República. Porque dada su ascendencia sobre Peña Nieto, no es uno entre muchos, sino el candidato entre el resto de los aspirantes.

Y eso es justamente lo que hay que aquilatar. Porque su camino a Los Pinos pasa por ofrecer resultados reales o imaginarios en los meses que vienen, independientemente de que sean buenos para México. Ha entrado literalmente en una carrera contrarreloj, ya que a finales de este año la sucesión en el PRI estará decidida.

Es por eso que la advertencia de Jaime Serra Puche debe ser oída y atendida: un mal acuerdo sería peor que la terminación del TLC. Más vale acogerse a las normas de la Organización Mundial del Comercio, que aceptar reglas discrecionales. Y, en esa tesitura, la alianza con Canadá, para mantener el TLC y suscribir el TTP, sería el complemento natural.

Pero para caminar en esa dirección hay que tener claridad y capacidad de decirle: no a Donald Trump. Sería prudente, en consecuencia, que se creara un consejo asesor, o una especie de cuarto de guerra, en que se elaboraran escenarios y estrategias. Porque atenerse, a estas alturas, a los buenos oficios de Jared Kushner, sería no sólo una ingenuidad, sino una irresponsabilidad.

Trump ha dejado en claro, una vez y otra vez, que está dispuesto a arrasar, literalmente, con el sector automotor instalado en México. Y si esto es así, con uno de los pilares del TLC, no hay ninguna razón para suponer que no esté dispuesto a abrogar lo que considera el peor tratado comercial de la historia de Estados Unidos.

Así que, como decía Gómez Morín: que no haya ilusos, para que no haya desilusionados.

Twitter: @SANCHEZSUSARREY

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