Opinión

La enseñanza electoral

 
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Ciudadanos emiten su voto en la Ciudad de México

Los resultados de la jornada electoral del domingo antepasado en 14 entidades han dejado espacios valiosos tanto al análisis mediático, como a la lucubración política especializada, pero también al menospreciado sentido común.

Era ocioso pensar que ante las magulladas ofertas incumplidas y el cuestionado desempeño gubernamental aunado a la opulenta corrupción o serena opacidad, el soberano, más informado, crítico y malhumorado, no se decidiera, por la franca negación (la abstención), la rebeldía electoral (el voto nulo), o la selección de cualquiera, menos el actual.

Expresiones todas, finalmente, democráticas, ciudadanas, pacíficas y racionales. Que muestran el sentir de una sociedad desencantada con el estado actual de cosas.

La pobre asistencia del electorado, como sucedió en la recién inaugurada CDMX y otras entidades, en realidad, no fue ninguna sorpresa, sino la ratificación del descontento que cobra la factura a las ocurrencias y deslegitima las acciones de gobierno francamente impopulares o abiertamente lesivas al interés ciudadano.

La señal es elocuente: la sociedad no cree en la clase política tradicional, pero tampoco en los independientes, reales o supuestos, la incredulidad se acentúa ante la oferta de simples y evidentes ilusiones o por la carencia de propuestas sólidas.

El resultado en las urnas ofrece muchos elementos para la reflexión que rebasan la simple aritmética, la revisión de las estrategias de campaña para ver qué pasó o el funcionamiento de la robusta y onerosa maquinaria puesta en marcha para atraer votos. El tema debe abordarse desde dentro de los deteriorados aparatos políticos, con sensatez, profunda autocrítica y honestidad, pues lo acontecido la semana pasada, puede ser, para algunos, el preludio de la fatalidad.

No se pueden obtener resultados diferentes si se opta por el mismo proceder.

El autor es catedrático de la Universidad Anáhuac México Norte.

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