Opinión

La enroscada tragedia de una revolución

    
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Tuvo el genio que domina el azar de la escritura. Anna Ajmatova vivió tiempos difíciles, sórdidos y hambrientos. El tiempo de la Revolución Rusa, los 10 días que cambiaron al mundo al instaurar el comunismo en la entonces Unión Soviética, hace 100 años.

Y escribió de su tierra natal, a la que abrazó con ternura, como movida por un suave susurro a cambio de nada:

“No la llevamos en oscuros amuletos. Ni escribimos arrebatados suspiros sobre ella. No perturba nuestro amargo sueño, ni nos parece el paraíso prometido. Pero en ella yacemos y somos ella, y por eso, dichosos, la llamamos nuestra”.

Supo que la revolución es un espectro que abre la puerta sin anunciarse. Dos mil escritores rusos desaparecieron en los años del terror, una purga que siguió matándolos después de sus muertes, pues sus biografías fueron adulteradas y los manuscritos inéditos desaparecidos.

Vitali Shentalinski aprovechó la Perestroika para rehabilitar civil y artísticamente a centenares de escritores, dando a conocer los archivos secretos de la KGB. Pero aquel osario de espanto fue una mueca cruel, pues la revolución había nacido con el movimiento de los hombres de ideas.

Esta es la tesis de Pichard Pipes, en una obra ya clásica de la historiografía. La rusa fue una revolución intelectual, no de lucha de clases, marcada desde el comienzo por el terror y estructurada con un objetivo preciso: la captura del poder estatal por parte de una reducida elite.

Rusia en revolución es el imperio zarista en crisis, la personalidad cambiante de la sociedad, el turbulento ambiente internacional, un despliegue que desemboca en otro imperio, y que remite al eterno retorno.

Y es el retrato diario en la calle, las revoluciones de febrero y octubre, la historia de testigos contadas por extranjeros, diarios y memorias, un punto de vista para la escritura creativa, si es que la crueldad repartida sin ahorros puede ser inspiradora.

No menos que las ardientes asambleas de trabajadores, las muchedumbres en huelga, las cargas de caballería, el tumulto que comunica emociones antes que ideas, el punto de contacto en el que la vanguardia transmuta la intuición en convicción.

¿Fue una revolución inevitable? Los giros que pudieron alterar el curso de acción es el examen contra factual. El repertorio de posibilidades es amplio; obligado a elegir me decantaría por una: de no haber ocurrido la Primera Guerra Mundial, los poderes extranjeros, Alemania en especial, habría intervenido para estrangular la revolución.

El tiempo es circular, aun cuando no recomience por el mismo punto. Que el abuelo de Puntin, Spiridon, era el cocinero de Lenin después de la Revolución Rusa, acaso sea una anécdota sin relieve. Una coincidencia mundana.

Algo más podría decir la reconversión de la imagen. El mausoleo de Lenin simboliza en su momento una idea internacionalista. Más tarde, convertido en el lugar de culto del renacido nacionalismo ruso, revela la intención.

Quiere indicar la continuidad histórica, la necesidad del líder necesario, autocrático, ambicioso, a la manera rusa. Vuelve el imperio, el poder de las interrupciones súbitas. Sera el aguafiestas en la era del escepticismo hosco y sin cura.

Profesor de tiempo completo de la Universidad del Claustro de Sor Juana, CDMX. Y profesor titular de la Universidad de Los Andes, Venezuela.

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