Opinión

La elección entre el pasado y el futuro

 
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Robot. (Reuters)

El presente dura un instante. Es tan breve que es difícil de captar. En cambio, el pasado es un archivo enorme de hechos y memorias. Pero cada decisión que tomamos en ese presente efímero va forjando un futuro que es inevitable. No escuchar los tiempos también es una decisión que no detiene el futuro, pero que nos hará más difícil enfrentarlo.

El avance del tiempo y los cambios que trae aparejados van más allá de partidos, de corrientes políticas y de ideologías. Hoy vivimos una época particularmente compleja. El ritmo al que cambia la tecnología retará profundamente a los mercados laborales. Habrá, como siempre, ganadores y perdedores. Ganarán aquellos que puedan adaptarse
—personas, empresas, industrias, países— y perderán aquellos que pretendan hacer como que el cambio no existe y prefieran quedarse viviendo en la nostalgia de un pasado idealizado que ya fue.

Las decisiones que tomemos hoy en México impactarán nuestro futuro y definirán el balance entre ganadores y perdedores. Pienso en las reformas estructurales que se hicieron al principio de esta administración. Llegaron tarde y de forma tibia en algunos casos, pero cambiarán la cara del país y las oportunidades de los mexicanos. Si hablamos específicamente de la reforma educativa, es fundamental reconocer que la forma en la que enseñamos a los niños en México no los prepara para lo que van a vivir en unos años. Si los que hoy son niños no hablan inglés, no saben matemáticas, no saben programar, no aprenden a aprender, no saben usar las herramientas tecnológicas, no habrá forma de que puedan subirse a la ola del cambio tecnológico y aprovechar sus ventajas. El nuevo modelo educativo no sólo tiene que defenderse, tiene que acelerarse y ser lo suficientemente flexible para adaptarse sobre la marcha.

Hicimos una reforma energética justo cuando el mundo se mueve a otro tipo de combustibles. Si queremos aprovechar el petróleo que nos queda, ya vamos tarde. La reforma llegó a deshoras, pero si la echamos para atrás, estaríamos desperdiciando recursos y tiempo.

La automatización ya está aquí y va más allá de los robots que sustituyen a trabajadores. Está también en procesos que vuelven innecesaria la intervención humana en ciertas etapas de la producción.

En un estudio reciente, Daron Acemoglu y Pascual Restrepo demuestran que en Estados Unidos se han perdido empleos y los salarios han bajado en las regiones en las que más instalaciones robóticas se han hecho. La automatización en la industria automotriz resulta evidente, pero hoy llega a áreas en las que se pensaba que no sería posible. Hay campos enormes de cultivo en los que no hay un solo campesino. Todas las etapas, desde la preparación de la tierra hasta la cosecha, están automatizadas.

La productividad de la tierra en estos campos también se ha incrementado. Con procesos sistematizados, se sabe qué nutrientes faltan y el momento preciso en el que es más eficiente proporcionarlos. Procesos imposibles de hacer con trabajo manual.

Podemos caer en la nostalgia del pasado e implementar políticas para proteger los empleos. Nunca más notorias estas políticas que en las épocas de campañas políticas. Podríamos ver al pasado e impedir la robotización o la automatización de los procesos productivos. Pero no se logrará el objetivo. Las industrias que menos automatizan se vuelven más caras y menos productivas. En esas industrias se han perdido incluso más empleos que en las que han automatizado de forma más intensiva.

Entiendo la demanda ciudadana por proteger empleos, y en ese sentido, entiendo la respuesta política al ofrecer esa protección. Pero las propuestas no hablan de la realidad. Se quedan en la superficie prometiendo crear empleos sin explicar cómo.

Se exigen mejores salarios, y en consecuencia se prometen, sin siquiera tocar el tema del capital humano y la productividad.

El proteccionismo va más allá del comercio. Pero no nos damos cuenta que nada nos protege del cambio tecnológico. Lo que se necesita no es protección, es preparación para enfrentarlo. La preparación más evidente viene del modelo educativo. Será indispensable, pero no será suficiente. Tendremos también que modernizar y flexibilizar los mercados laborales. El marco regulatorio, rígido por excelencia, tendrá que adaptarse. La competencia económica permite lograr procesos más eficientes. La integración de las regiones permite la absorción de la tecnología y hace a zonas enteras, más allá de los países en lo individual, más competitivas.

Estamos en épocas de elecciones, pero no me refiero únicamente a cuestiones políticas. Será momento de escoger entre quedarnos atrapados en la nostalgia de un pasado idealizado o elegir enfrentar un futuro que no podemos detener.

La autora es profesora de Economía en el ITAM y directora general de México ¿cómo vamos?

Twitter: @ValeriaMoy

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