Opinión

La Educación Superior, el Presupuesto Base Cero y la tasa cambiaria

 
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conacyt

El discurso gubernamental de la presente administración, por lo menos al inicio, ha postulado la importancia de la educación superior, la ciencia y la tecnología como pilares insustituibles para aspirar a mejores niveles de desarrollo económico y social. Y, en efecto, los presupuestos asignados a las universidades públicas y al Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología de México (Conacyt) han recibido incrementos netos en sus asignaciones presupuestales. Las universidades públicas más importantes del país han recibido, en términos reales, incrementos que oscilan entre el 3 y el 5%. Sin embargo, en el marco de la coyuntura actual el discurso inicial parece abandonarse y se prevén recortes de diferentes magnitudes.

Esta decisión, apoyada seguramente más en el pragmatismo financiero que en la convicción del discurso de inicio de administración, es una oportunidad renovada para analizar la importancia de la contribución de las universidades al desarrollo económico y social de un país, y también reiterar la necesidad de resolver uno de los obstáculos permanentes a su desarrollo que es el de las asignaciones anuales de recursos.

Las aportaciones que el nuevo conocimiento que se genera en las universidades es innegable en relación con el desarrollo. Bastaría, por ejemplo, mencionar la aportación que la ingeniería y la electrónica han hecho para la transmisión inmediata de información, insumo central en la toma de decisiones. Lo que la biología, la química y las ciencias médicas han aportado en la atención de los temas de la salud y del conocimiento del funcionamiento de los organismos humanos y no humanos ha resultado fundamental para lograr niveles de bienestar insospechados. El conocimiento que las ciencias sociales y las humanidades han puesto a disposiciones de los poderes públicos y de la sociedad en general para intentar soluciones a problemáticas tan graves como la pobreza, la desigualdad, la preservación del patrimonio cultural. Así, el dueto desarrollo-universidades es insoslayable, amén de la portación que las universidades han hecho en la provisión de calidad humano para conducir organizaciones públicas y privadas. Si bien es cierto que la problemática del desarrollo no resuelve exclusivamente en el ámbito de la educación superior, lo contrario no es plausible. No habrá desarrollo si no se cuenta con el aporte de la educación.

Es en ese entendimiento el recorte presupuestal anunciado aparece como una paradoja, por decir lo menos. Un país como México, urgido de soluciones grandes y profundas, se toma la libertad, en la persona de sus autoridades fiscales, el atrevimiento, de proponer y llevar a buen puerto el recorte de recursos que, sin duda, cancelarán la posibilidad de nuevos proyectos de docencia e investigación y restringirán los ya existentes. En épocas en las que no es difícil adivinar que se aproximan dificultades económicas aún más astringentes que las ya existentes, la necesidad de contar con universidades y centros de investigación poderosos parecería ser de sentido común. Por el contrario, se recurre al expediente simple del balance contable entre ingresos y egresos públicos.

Habría que advertir, además, que el recorte no se detiene por la simple dotación disminuida de recursos, en términos nominales y reales. Hay otro recorte que también operará. Es el de la tasa de cambio. Las universidades importantes de México realizan investigación que requiere de insumos, equipo, tecnología que son importados. Con dólares cada vez más crecidos en términos de pesos mexicanos, será inevitable que este tipo de importaciones disminuya. La devaluación del peso es ya tan importante que no sería aventurado que con el recorte de presupuesto, y el que se suma por la tasa de cambio, signifique que proyectos de investigación se suspendan o cancelen.

Así, las universidades son asediadas, financieramente, por dos vías, la fiscal y la cambiaria. Y las aspiraciones a proseguir en los esfuerzos de aumentar la cobertura y la calidad académica se verán afectadas. Y lo más lamentable es que ante tales restricciones financieras, la tentación de dirigir los esfuerzos a captar recursos mediante trabajos de consultoría como una estrategia de balance, irá en detrimento de las funciones universitarias principales.

En suma, las buenas intenciones gubernamentales de apoyo a la educación superior se convirtieron, a la mexicana, en jarabe de perico. Y del apoyo se pasó a la agresión financiera.

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