Opinión

La droga más poderosa del mundo

 
1
 

 

Gore

El poder es quizá la droga más poderosa del mundo. La más adictiva también. Provoca visiones: hombres pequeños se ven como grandes estadistas. Investidos de la banda que les cruza el pecho, o del bastón de mando tribal o del botón nuclear, se creen dioses.

Durante siglos no tuvieron empacho en decirlo: gobernamos porque descendemos de la divinidad. Ahora afirman, y en sus voces se detecta el mismo acento: gobernamos porque tenemos el mandato popular.

Interrogado sobre qué había significado para él la experiencia del poder, un reciente expresidente mexicano lo resumió así: “en seis años no tuve que abrir ninguna puerta”.

El poder permite realizar obra pública, por supuesto, pero también vengarse de las afrentas sufridas, de las mujeres (u hombres) que los ignoraron. Quienes han gozado de su ejercicio hablan de responsabilidad pero, en voz más baja, de embriaguez, de la poderosa sensación de omnipotencia. Por el poder (para hacerse del poder) se traiciona, se pacta, se vende el alma.

David Remnick, director de New Yorker, reúne en Reportero (Debate, 2016) algunas de sus mejores semblanzas de hombres y mujeres de poder: espléndidos ejemplos del retrato periodístico y literario. No espere el lector crónicas de sátrapas o dictadores. El libro se divide en cuatro apartados sin título. En el primero aparecen Al Gore, Katherine Graham y Tony Blair. Al Gore, que obtuvo medio millón de votos más que su oponente, George W. Bush, pero que –dadas las particularidades del sistema electoral norteamericano, y de cierta mano negra republicana–, no pudo ser presidente a pesar de que desde niño fue educado para serlo. El retrato de Gore es implacable. De haber sido presidente tal vez su reacción al ataque de las Torres Gemelas habría sido diferente. Quizá no habría mandado invadir Irak ni derrocado a Saddam, de cuyas cenizas surgiría el Estado Islámico y su terror actual.

Pero ni en la vida ni en la historia existe el hubiera. Bush gobernó porque en su momento Gore no alzó la voz ni protestó contra el fallo del tribunal electoral. Todos perdimos con su flaqueza. Años después Remnick lo sigue y lo ve dar discursos histéricos en pequeños auditorios que no ocultan su mirada de compasión.

Muy distinto es el caso de Katherine Graham, la mítica cabeza de The Washington Post que, en los momentos decisivos, tuvo la lucidez y sangre fría para enfrentarse al poder, a pesar de su absoluta convicción de que la élite gobernante actuaba siempre a favor del pueblo. Con la publicación de “los papeles del Pentágono”, pero sobre todo, con el apoyo que dio a los reporteros que sacaron a la luz el caso Watergate, Katherine Graham llevó a su diario de ser un periódico mediano a convertirse en uno de los grandes del mundo. A diferencia de Al Gore, no fue educada para ejercer su cargo. Pasó la mitad de su vida supeditada, primero a su padre y después a su esposo. Tras el suicidio de éste, ella asumió el mando del diario, al principio con titubeos y llantos en medio de las juntas de redacción, para sorpresa de sus experimentados editores, y más tarde con mano firme. De ella dice Remnick que, a pesar de su carácter imperioso, siempre conservó su deseo de complacer o de llevarse bien con los poderosos.

El tercer retrato, dedicado a Tony Blair, apareció originalmente en 2005 y es hoy más actual que en el momento de su publicación, sobre todo a la luz de lo publicado en el Informe Chilcot, que muestra claramente cómo Blair apoyó la guerra de Bush sin agotar todas las opciones de paz y basado en unos reportes de inteligencia que ponían en duda la posesión de armas de destrucción masiva por parte de Irak.

Tras dos periodos de gobierno exitosos, los ingleses no perdonaron la sumisión a Estados Unidos ni el papel de Blair de perrito faldero de Bush. Remnick lo retrata en el momento de buscar el voto para su tercer periodo (que ganó con apuros), sometido a las burlas de los electores, las humillaciones de la prensa y la brutalidad de sus rivales y de sus propios compañeros de partido.

Una vez perdido, el poder se vuelve implacable en contra de quien lo detentó. Muestra de ellos es Lech Walessa, el líder de Solidaridad, actor central en el derrumbe del socialismo en Europa: al presentarse en las elecciones del 2000 obtuvo únicamente el 1 por ciento de los votos. El tercer y cuarto apartados compilan magníficas semblanzas de Vaclav Havel, Alexander Solhenitzin, Vladimir Putin, Philip Roth, Amos Oz, Benjamín Netanyahu y Yasir Arafat.

El poder corrompe, lo sabemos. El poder seduce y hechiza. Para controlar sus terribles efectos se han creado contrapesos y equilibrios, oposición y prensa vigilante. Si no controlamos a quien lo detenta, lo padeceremos.

Twitter:@Fernandogr

También te puede interesar:

La política como espectáculo

Que se mueran ya

Una política liberal hacia las drogas