Opinión

La diva eterna

Personaje mítico del cine nacional al mantener al mismo nivel su carrera cinematográfica y su vida cotidiana, María Félix (1914-2002) ha pasado a ser la diva eterna por sus actitudes ante la cámara y por su habilidad para conservar esa chispa vital como estilo de vida, con diálogos punzantes que parecían sacados de sus propias cintas. Estereotipo sin duda de un personaje insólito e irrepetible al interior de una cinematografía que vivía de su star system y de sus géneros, la famosa Doña hizo carrera tanto dentro como fuera de la pantalla, conservándose como la figura con mayor aura legendaria tanto para su generación como para las subsecuentes. Personalidad irrepetible por su trayectoria profesional e íntima en medio del escándalo y la discreción. Capaz de autorizar que se publicara sobre su vida lo que se quisiera; total, todo mundo creería lo que fuera. Fue constante en mantenerse como una diva eterna. Eterna por su belleza. Eterna por el corpus de su obra fílmica llena de grandes momentos. Eterna por sus actitudes únicas ante la cámara, según queda testimonio en la lente de Héctor García y las imágenes expuestas desde el 16 de julio en la Cineteca Nacional como parte de la conmemoración del primer centenario de la diva suprema de la cinematografía mexicana.

Llegado el centenario de su natalicio en abril pasado, ríos de tinta corrieron incluso poniendo en duda sus habilidades como actriz, aunque sintomáticamente revelando sus propios críticos algo fuera de serie: actuaba sólo con los ojos. Como todo gran actor lo hace: John Wayne, Jimmy Stewart, Bárbara Stanwyck, Clark Gable, Clint Eastwood, Myrna Loy, Warren Beatty y un largo etcétera son actores que sólo con la mirada crean el alma de sus personajes. Porque, se dice, en los ojos reside el alma. Si bien María Félix inició su mitología fílmica con Doña Bárbara (1943, Fernando de Fuentes), su tercer filme del que toma su personalidad extracinematográfica, esta mitología se afianza título tras título con su habilidad para revelar emociones con la simple mirada y pasar de la ternura al deseo, de la violencia a la contención, del despecho a la fragilidad. También al humor autoirrisorio. Ahí están las cintas para demostrarlo: la búsqueda de la sonrisa, que no de la risa, en Enamorada (1946, Emilio Fernández) como esa mujer arrogante que se somete al peso de la historia; o ese deseo hecho carne en la obra maestra recientemente exhibida La diosa arrodillada (1947, Roberto Gavaldón) donde pasa de la lujuria al amor; o esa frágil maestra que oscila entre la indignación y la ternura en Río Escondido (1948, Fernández); o esa magistral vengadora sexual profundamente psicótica de Doña Diabla (1950, Tito Davison); o ese arquetipo tan teatral que resulta verosímil en French Can Can (1955, Jean Renoir). Todas ellas notables actuaciones hechas a base de miradas subrayadas por sus fotógrafos Alex Phillips, Gabriel Figueroa y Michel Kelber. Ejemplos de una actriz espontánea que se sostenía por la habilidad para decir el diálogo pero también para darle vida subiendo o bajando las cejas; para mostrar diversas gamas de sentimientos con sólo mirar dentro o fuera de cuadro; para expresar las convicciones del personaje. Espontaneidad, pues, de saberse diva profesional ante la cámara porque ésta, simplemente, la amaba.

Han pasado cien años de su nacimiento y aún se habla de ella, se le rinde homenaje, se comentan sus películas que a nadie dejan indiferente, y se redescubren sus virtudes. Caso en cuestión: sus fotografías, donde se vuelve ícono, donde reposa en sus actitudes como si fuera una flor inmarcesible, sin asumir nunca la actitud hembrista que siempre se le endilgaba por su vocación para enfrentar al machismo. Antes al contrario, sus poses, estudiadas o espontáneas, tanto para Héctor García o cualquiera de sus otros fotógrafos, en especial Philippe Halsman, representaron la simple condición de mujer que lucha contra la historia y la ideología a base de puro estoicismo, de inteligencia y de una elegante sensualidad provocadora llevada al extremo de forma contundente y magnífica por María Félix, actriz y mito. Estrella que supo representar la esencia de su papel como figura clave de ese cine nacional donde le bastó ser como era para convertirse en figura, símbolo y por supuesto, diva. Constante. Eterna.