Opinión

La discusión sobre “los cruces”

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Jorge Castañeda Gutman. (Cuartoscuro)

En una fecha y lugar que al final se mencionarán, se reunieron tres personajes con el recién estrenado –tenía entonces menos de cinco meses- como presidente de la República, para discutir “el enigma de los cruces” y los diversos aspectos relativos a una ruptura total con el pasado, así como el necesario sometimiento de los llamados poderes fácticos. Tales cruces (los cruces, no las cruces) eran urgentes y en apariencia la única vía para vencer la feroz resistencia del grupo político que durante décadas había ejercido el poder a su antojo y se oponía desde luego a los cambios por los cuales habían votado los mexicanos.

El anfitrión propuso, dada la renuencia y fuerza de los opositores, que “la iniciativa la debía tomar el Ejecutivo, construyendo una lista inicial de posibles responsables de actos de corrupción en los sexenios anteriores, e investigándolos uno por uno, a partir de los llamados cruces. La primera lista –agregó el proponente- pecaría de una cierta arbitrariedad, sin duda, pero no perjudicaría a nadie”.

“Las siguientes (listas), más estrechas, se basarían en los cruces de datos, incluyendo a aquellos a quienes se les hubieran descubierto inconsistencias significativas entre sus declaraciones patrimoniales (cuando eran funcionarios), de impuestos (como ciudadanos), sus signos exteriores de riqueza (inocultables), y sus activos en el exterior (rastreados con la ayuda de gobiernos afines, o de agencias investigadoras privadas)”.

El propio anfitrión relata que los tres presentes le insistieron al Ejecutivo “que este ejercicio permitiría conformar expedientes devastadores de pocos, pero suficientes. ¿Para qué? Para consignar a unos y advertir a otros que el gobierno obraría contra la corrupción comprobada del pasado, o perdonaría aquella que se sospechara más no se demostrara, no tanto por su inexistencia sino por no haber buscado pruebas”.

La narración continúa así: “Se restringirá la búsqueda de cruces adicionales si por lo menos una parte del PRI comenzaba a actuar como una ‘oposición leal’, alcanzando acuerdos con el Ejecutivo en el Congreso cuando imperaran condiciones sustantivas de convergencia y no siempre rechazara todo, con independencia de posturas anteriores del propio PRI o de un interés nacional evidente”.

Los pasajes arriba transcritos están tomados de las páginas 418 y 419 de la autobiografía de Jorge G. Castañeda titulada Amarres Perros, de reciente publicación. La reunión que se menciona se llevó a cabo en la casa de Castañeda en San Ángel el 10 de abril de 2001. Los otros asistentes fueron Manuel Camacho, Elba Esther Gordillo y el presidente Vicente Fox. El debate, así lo llama el autor, sobre el “enigma de los cruces”, tuvo lugar durante una comida ofrecida por el anfitrión.

¿Qué fue lo que decidió el Presidente al planteamiento que se le hizo? El propio Castañeda comenta lo siguiente: “Fox nos respondió –dice- con una frase lapidaria, sincera y aberrante para alguien en sus zapatos (o botas): ‘No soy Dios para escoger a quién castigar y a quién no’. Así culminó –escribe el autobiografiado- la discusión esa noche”, lo cual es indicativo de que la sobremesa se alargó por varias horas. Termina el autor este párrafo diciendo que el ejercicio “se repetiría pronto”. Y efectivamente da cuenta de otras dos ocasiones en las que el tema fue abordado, en las cuales “tres veces me ‘bateó’ Fox”.

La iniciativa presentada a Fox por Castañeda y compañía (qué compañías, por cierto) para vencer por las buenas –llamémosle así- las tenaces resistencias a una verdadera transformación de la vida pública del país, para dar significado y contenido real a la naciente democracia mexicana, no deja de parecer ingeniosa a pesar de los componentes muy elementales que la integran. También parece pulcra y a la vez poco civilizada. Pero lo peor será que en el futuro no quede más remedio que acudir a este ingenioso mecanismo de “los cruces”.

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