Opinión

La disculpa de Cienfuegos

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Mientras el ejército celebró con una ceremonia las nuevas reglas militares, cientos de miles de personas salieron a las calles de Tokio para protestar contra la decisión. (Reuters)

Un matrimonio, Antonia y Jacobo, sale de fin de semana a Valle de Bravo. En el camino la señora encuentra accidentalmente un vaso sucio debajo de su asiento. Lo levanta y nota que tiene en los bordes marcas de lápiz labial. Voltea a ver a su esposo (quien va manejando) y le dice: “¿Y este vaso? ¡Tiene lápiz labial! ¿A quién subiste al coche?” El señor, tranquilo, sin voltearla a ver, estira la mano derecha, toma el vaso, lo mira en silencio dos segundos, baja la ventana lateral, y lo lanza con fuerza afuera de automóvil. Acto seguido, Jacobo sube la ventana, pone música, y concentra su vista y atención en la carretera. Antonia, entre irritada y confundida, le reclama: “¿Qué haces? ¿Por qué tiras el vaso?” E insiste ya con tono indignado: “¡¿A qué mujer subiste aquí?!” Tranquilo y un tanto molesto por el tono de su esposa, Jacobo la voltea a ver y le pregunta: “¿Cuál vaso? ¿Cuál mujer? ¿De qué me estás hablando? ¡¿Te estás volviendo loca?!”

Traigo esta historia tragicómica a colación porque las agencias de seguridad tienen la mala costumbre de reaccionar como Jacobo ante los reclamos por los abusos y mal desempeño de algunos de sus elementos. Las autoridades cumplen a pie juntillas la máxima institucional de primero “negarlo todo” y averiguar después, si tienen tiempo. Pretextan que no saben, que no tienen información, que son rumores sin fundamento, que se trata de asuntos ajenos a su ámbito de competencia. Cuando se les insiste con detalles o pruebas, recurren entonces a alguna teoría de la conspiración, a la “mala fe” e incomprensión de la gente, al afán perverso que tienen algunos resentidos por calumniar.

De aquí que sea extraordinario el mensaje que pronunció antier el general Salvador Cienfuegos, secretario de la Defensa Nacional. Ante cerca de 30,000 militares de todas las jerarquías reunidos en un campo militar de la Ciudad de México, y conectado vía satelital con todos los integrantes del Ejército y la Fuerza Aérea, Cienfuegos ofreció una “sentida disculpa a toda la sociedad agraviada” por los actos de tortura que cometieron un par de miembros del Ejército, junto con una policía federal, en febrero de 2015, contra Elvira Santibáñez. El secretario expresó su indignación por los hechos, advirtió que no son dignos de pertenecer a las fuerzas armadas aquellos que “actúan como delincuentes”, y apuntó que “no debe enfrentarse la ilegalidad con más ilegalidad… desde el cabo hasta el general con mando de tropas, somos responsables de los soldados puestos a nuestra órdenes”.

Al admitir que los actos de tortura ocurrieron, al ofrecer una disculpa pública, al advertir que este tipo de acciones no se tolerarán, y al corresponsabilizar a los altos mando del Ejército de las conductas ilícitas de sus subordinados, el jefe de Ejército mexicano envió señales claras de que se están promoviendo importantes cambios al interior de la corporación militar en materia de derechos humanos.

En el video que circuló la semana pasada en redes sociales, una policía federal sofoca reiteradamente a Elvira con una bolsa de plástico. “Pinche vieja dramática, estabas respirando”, grita una de los dos soldados ante los gemidos de la mujer. “¿Ya te acordaste o quieres más bolsa? ¿O quieres agüita? ¿O quieres toques? Dime tú que quieres. ¿Ya te acordaste?” Santibáñez está ahora presa en un penal de Nayarit por portación de arma de fuego, mientras que los elementos militares fueron detenidos y procesados por desobediencia en la justicia militar en diciembre pasado, cuando Sedena dice que tuvo conocimiento de los hechos. En contraste, la policía federal fue cesada y detenida apenas el jueves pasado.

Según Cienfuegos la tortura a Santibáñez es parte de un conjunto de “hechos aislados”. Sería conveniente que esta afirmación estuviera respaldada por una investigación rigurosa. Hace poco más de un año, el relator especial sobre la tortura de Naciones Unidas, Juan E. Méndez, emitió un informe en el que afirmó justamente lo contrario; es decir, que la tortura es un fenómeno “generalizado” en México. De acuerdo con tal informe (redactado después de que Méndez revisó numerosos testimonios y sostuvo conversaciones aleatorias con presos de 14 centros de detención del país), en México todas las instituciones facultadas legalmente para realizar una detención practican diversas modalidades de tortura. El informe de Méndez mereció en su momento el rechazo inmediato y contundente de las autoridades mexicanas, en voz del entonces canciller José Antonio Meade, y de nuestro embajador ante Naciones Unidas, Jorge Lomónaco.

En el espíritu del trascendente discurso del general Cienfuegos, convendría que las autoridades mexicanas retomen con la cabeza fría el informe de Juan E. Méndez, lo discutan sin apasionamientos, y examinen en cuáles de sus 35 recomendaciones valdría la pena ponerse a trabajar. Por lo pronto, el Ejecutivo ya envió un proyecto de ley sobre la tortura al Senado de la República, que se discute ahora en comisiones, y que deberá aprobarse pronto.

​Twitter: @laloguerrero

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