Opinión

La diplomacia financiera china se encontró con un obstáculo en América Latina

  
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China

En 15 años, China pasó de una posición relativamente marginal en los mercados financieros a convertirse en uno de los principales acreedores de los países en desarrollo. Beijing ha impulsado una estrategia audaz de diplomacia financiera con dos bancos estatales –el Banco de Desarrollo de China y el Banco de Exportaciones e Importaciones de China– y más recientemente con el Nuevo Banco de Desarrollo de los BRICS, con sede en Shanghái.

En un principio, otorgar préstamos y realizar inversiones en países que no tenían fácil acceso a los organismos financieros multilaterales tradicionales –como el Banco Mundial o el BID– le sirvió a China para posicionarse como un actor de peso entre los países de menor desarrollo. China apostó su capital financiero a la inversión en países en África, en Asia y en Latinoamérica.

La estrategia china por medio de sus instituciones financieras le sirvió inicialmente para asegurar su acceso a recursos naturales y energéticos para el ritmo acelerado de crecimiento del país. Lo que en su momento llevó al boom de los precios de las materias primas. De esta manera, el país asiático se ha consolidado como el principal socio de naciones con economías complementarias a la china y los préstamos de sus bancos estatales superan a los del Banco Mundial.

Sin embargo, la diplomacia financiera china ha sido muy criticada pues condiciona sus inversiones y empréstitos a la obligación de contratar empresas, proveedores, tecnología y trabajadores chinos, sin consideración alguna al respeto a los derechos humanos o al medio ambiente. Adicionalmente, China otorgó créditos a países con alta inestabilidad política, económica y social, pero con recursos abundantes. Los resultados de esta política han sido poco satisfactorios y, aunados a la caída en el crecimiento económico chino, han obligado al gobierno de Xi Jinping a reevaluar su estrategia financiera hacia el mundo en desarrollo.

Venezuela es el caso de fracaso más evidente. El país suramericano se convirtió en el principal destino de los empréstitos chinos para construir infraestructura (incluidos muchos “elefantes rojos”, como trenes de alta velocidad), usando sus grandes reservas de petróleo como garantía. En los últimos 9 años, China prestó a Venezuela alrededor de 60 mil millones de dólares. Con los altos precios del crudo, el acuerdo era ventajoso para China.

Sin embargo, a mayor ganancia, mayor riesgo: en menos de cinco años, la situación interna venezolana se ha deteriorado de manera drástica. El país padece hiperinflación y desabasto de bienes básicos, que se suman a una severa crisis social y política. Como resultado, en mayo de este año, el gobierno de Maduro negoció con China aplazar el pago de la deuda restante, cerca de 20 mil millones de dólares. El panorama se complica pues Venezuela podría entrar en default financiero, como han advertido agencias calificadoras. En ese caso, el gobierno venezolano tendría que rematar los activos que tiene en el extranjero –incluidos los de la empresa estatal venezolana PDVSA– para pagar a sus acreedores. Esta situación comprometería todavía más la deuda contraída con China.

El caso de Venezuela es el más extremo, pero dista de ser el único en nuestra región. Hay otros países que, en el anterior ciclo de alza en materias primas –como el petróleo ecuatoriano o la soya argentina–, vieron en la potencia asiática una posibilidad de diversificar sus exportaciones para disminuir su dependencia de Estados Unidos. La paradoja es que la diversificación anhelada desembocó en una circunstancia novedosa: hoy China es el segundo socio comercial de Latinoamérica, su principal acreedor –sólo en 2015 los bancos chinos otorgaron créditos por casi 30 mil millones de dólares– y será en los próximos años el principal destino de las exportaciones de la mayoría de los países de la región (la excepción es México).

El papel de China como fuente de financiamiento y como socio comercial de los países latinoamericanos sí ha sido una seria preocupación para Estados Unidos, que desde Monroe considera a la región como su zona exclusiva de influencia. Aunque América Latina y el Caribe no tengan la misma prioridad en materia política o de seguridad para Beijing –que concentra su atención en sus vecinos del sureste asiático– y a pesar de los reveses que ha enfrentado China –que ponen en duda la efectividad de su diplomacia financiera–, es claro que la potencia asiática llegó para quedarse en nuestro hemisferio.




Twitter: @lourdesaranda

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