Opinión

La desigualdad económica de la desigualdad de género

 
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Paseantes en la Alameda. (Cuartoscuro/Archivo)

La desigualdad es uno de los temas que más ocupan la agenda pública en nuestros días. En México, el tema nos preocupa desde hace décadas. Tenemos millones de pobres y, también, ricos entre los ricos.

Explicaciones hay muchas. Ideas para combatir la desigualdad, también. La asignación de los recursos, la profundidad del sistema financiero, la asignación del gasto público, el acceso a la tecnología, son sólo algunas de las razones que se esgrimen para explicar la desigualdad.

Algunas de las medidas que suelen proponerse como herramientas para combatirla van justo en ese camino: lograr un sistema fiscal redistributivo, que grave más a los que más tienen para que los recursos captados recaigan en las poblaciones con menores ingresos; mejorar la educación; permitir el acceso a nuevas tecnologías en todos los sectores de ingresos; desarrollar el sistema financiero.

Hay una explicación más: la desigualdad de género. La semana pasada, el FMI presentó un estudio en el que demuestra que la desigualdad de género tiene implicaciones macroeconómicas y que incide en la desigualdad de ingresos. Es decir, la equidad de género es deseable, no únicamente desde un punto de vista social, sino también desde una perspectiva económica. La desigualdad de género no solo repercute en un menor crecimiento, sino también en mayor desigualdad.

Para medir la desigualdad de género, el FMI utiliza el Índice de Desigualdad de Género de las Naciones Unidas, IDG. El IDG es un indicador que va de 0 a 1 y entre más cerca se esté del 1, la economía será más desigual en el trato a hombres y mujeres. El índice considera aspectos como salud reproductiva, empoderamiento y oportunidades laborales. Las economías más igualitarias son Eslovenia, Suiza y Alemania. Las menos, Yemen, Chad y Níger. México se encuentra ligeramente arriba de la media tabla, en el lugar 73. Usando el IDG, el FMI busca causalidades y correlaciones con el crecimiento económico.

Los resultados muestran, sólidamente, que la desigualdad de género ocasiona desigualdad económica. Hay una diferencia relevante entre las economías desarrolladas y las economías emergentes. De acuerdo al FMI, en las economías avanzadas, en las que se observa una menor diferencia en la escolaridad de hombres y mujeres y donde ambos reciben oportunidades laborales más o menos similares, la desigualdad provendrá de la diferente participación laboral de las mujeres frente a la de los hombres.

En las economías emergentes, y en los países de bajos ingresos, la desigualdad viene antes. Es una desigualdad de oportunidades, principalmente de acceso a educación y a salud, que redundará en una mayor desigualdad de ingresos posterior. En estas economías, es más fácil para las mujeres emplearse en el sector informal, donde los ingresos son menores y la vulnerabilidad del empleo mayor, lo que exacerba la desigualdad. El estudio también muestra cómo el acceso a infraestructura y a servicios como agua y electricidad, permite una mayor incorporación de las mujeres al mercado laboral.

En los países miembros de la OCDE, la proporción de hogares en que las mujeres trabajan ha crecido de 52 por ciento a principios de los 90, a 61 por ciento a finales de los 2000, y la desigualdad ha disminuido. Sin embargo, incluso en estos países, la paga que reciben las mujeres es 15 por ciento menor que la que reciben los hombres por el mismo trabajo.

Estos resultados pueden, y deberían, tener implicaciones en política económica. Si queremos disminuir la desigualdad, hay que combatir la desigualdad de género. Opciones hay muchas. Se pueden hacer leyes para evitar la discriminación de las mujeres, se puede revisar la política fiscal, se puede mejorar la educación y la escolarización de las mujeres.

Los cambios de política son, sin duda, condición necesaria para emparejar la cancha. Pero no son suficientes. El cambio tendrá que ser mucho más profundo. Mientras sigamos oyendo a jefes diciendo que pueden darse lujo de pagar “salarios de mamá” seguiremos en la espiral de la desigualdad.

La autora es profesora de economía en el ITAM e investigadora de la Escuela de Negocios en Harvard.

Twitter:@ValeriaMoy

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