Opinión

La democracia perfecta

 
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Ley 3de3. (Tomada de @ley3de3)

“La única democracia perfecta es una dictadura”, escribió Javier Cercas. La democracia real –en todos los países que la ejercen, en diversos grados– es defectuosa, frágil: el reino de la insatisfacción permanente.

Obliga a la participación continua. De vez en cuando hay que salir a la calle a marchar y a protestar. La democracia “no nos dará ni la felicidad ni la virtud”, dijo Paz. Al contrario, la democracia vuelve más difíciles las tareas del gobierno. Hay que negociar constantemente. Un verdadero dolor de cabeza. Cuando las sociedades se cansan del conflicto cotidiano, tienden a la nostalgia de un pasado en el que un poder central lo resolvía todo. Cierto que se pierden libertades esenciales, pero quitan de los hombros de la gente la muchas veces ingrata tarea de elegir. Porque el que elige se tiene que responsabilizar de su elección: las decisiones tienen consecuencias. Lo mejor, piensan algunos, es depositar la carga de esa responsabilidad en un poder paternalista autoritario: Te ofrezco un buen sistema de salud y erradicar el analfabetismo a cambio de tu libertad. Ofrezco pensiones a ancianos y becas a los jóvenes si me dejan gobernar uno, dos o tres sexenios. Las leyes y las instituciones son obra de la mafia en el poder. Para gobernar a favor del pueblo me basto yo que no soy corrupto y sé bien lo que el pueblo quiere. Cédeme tu libertad y volveré a hacer a México grande de nuevo.

La democracia no erradica la injusticia, ni la desigualdad, tampoco garantiza que no ocurran violaciones a los derechos humanos, ni desata el crecimiento económico. Si no soluciona ninguno de estos problemas, ¿para qué queremos democracia? La democracia facilita la discusión entre diversos grupos para encontrar solución a los problemas. Cada uno de estos colectivos tiene intereses que a veces se imponen a los de la mayoría. Es un sistema imperfecto. Pero la solución opuesta es sin duda peor: un líder iluminado que cree poder resolverlo todo. Por ejemplo: la corrupción. Dice: “El INAI no sirve, cuesta mucho, la transparencia es un engaño y la Ley 3de3 una tomadura de pelo.” Basta con que yo sea honesto para que todo mi gobierno lo sea y la sociedad se transforme. ¿Y si sorprenden a mis colaboradores principales con las manos en la masa? Yo no los conozco, no trabajan conmigo, les pusieron una trampa. Para que no me reclamen mis propiedades, se las regalo simbólicamente a mis hijos.

La democracia es el antídoto que se inventó para terminar con las soluciones de fuerza y con el voluntarismo. La política era el dominio del más fuerte hasta que se creó, a principios del siglo XIX, la democracia liberal. Es común escuchar en nuestros días: “¿Democracia? ¿Cuál democracia si ésta no existe en México?

¿Puede haber democracia en un país con tantas desigualdades?” No son reclamos nuevos. Durante décadas escuchamos lo mismo desde el marxismo: “Esto no es una auténtica democracia sino un remedo, la democracia existente es un mecanismo de la burguesía para sojuzgar al pueblo.” Lo curioso es que oponían a la “falsa democracia burguesa” la solución de una dictadura proletaria que en los hechos fue siempre una dictadura a secas. Hoy señalan que la nuestra no es una democracia y proponen en cambio una “democracia popular”. ¿Cómo cuál?, pregunta uno. ¿Cómo la cubana donde un tirano gobernó 52 años y luego cedió el poder a su hermano? ¿Cómo la venezolana? ¿Cómo la china? ¿Cuál es la democracia alternativa que proponen? No lo dicen, pero su solución es la fuerza, la violencia del Estado, el control social, el voluntarismo en el poder.

No debemos olvidar que, aunque hoy se presenta como conciliador y tolerante, su modelo mental es otro, que hoy se cuida de mostrar. Me refiero a Andrés Manuel López Obrador. Si las leyes no son buenas para el pueblo, no se deben cumplir, decía. Los jueces son corruptos y representan a la mafia del poder, decía. ¿Y cómo saber si una ley es buena o mala para el pueblo? ¿Si un juez es o no corrupto? El pueblo tiene un intérprete, alguien que conoce lo que quiere y necesita. Ese intérprete soy yo. Soy, no lo olvidemos, “un rayo de esperanza”.

Mejor el pluralismo conflictivo que creer que “todos los partidos son lo mismo”, menos el mío, que conduzco sin contrapesos. No nos engañemos: ¿quieren saber cómo conduciría al país? Asómense a su partido. El reino de uno. Un partido hecho para que nadie lo contradiga. Un partido de puros. Su única función es la de servirle de escalera al poder. “Yo no soy un político vulgar”, es decir: soy un político único.

Sólo yo digo la verdad. Si te adhieres a mi movimiento, si te hincas ante mí, tus pecados políticos quedaran absueltos. Sólo tienes que decir: creo en ti, eres la esperanza de México.

En lo personal yo prefiero el dolor de cabeza del pluralismo democrático.

Twitter:@Fernandogr

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