Opinión

La dedicatoria

27 abril 2017 14:32
 
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(Especial)

En sus 30 años de carrera, Mike Kelly (Detroit, 1954) trabajó con pintura, dibujo, escultura, performance, instalación, arte sonoro y escritura. En 2012, a los 57 años, se suicidó y desde entonces ha sido calificado por la crítica como uno de los artistas más influyentes, y el que se convirtiera en el mejor comentarista de la vida americana.

Sus obras se revelaron siempre contra el rigor de la estética minimalista –que desafió con mucha irreverencia–, escenificando y exagerando un mal gusto asociado a la clase trabajadora, y explotando los referentes de una juventud poco ilustrada: cómics, música heavy metal, juguetes, etcétera. Una de sus piezas más conocidas, Deodorized Central Mass with Satellites (Masa central desodorizada con satélites) es un conjunto de esculturas de gran formato, en las que Kelly creó gigantescas y opresivas masas a partir de cientos de peluches que compró en bazares y tiendas de viejo. Después de separarlas cromáticamente, las colgó del techo de una sala sobreiluminada, representando a la vez una especie de desecho espacial y de la infancia; creando un caos meticuloso que suscita en el espectador a la vez una sensación de libertad, revulsión y claustrofobia.

El título futurista de la pieza ofrecía en realidad muy poco futuro, y Kelly siempre practicó la estrategia de atribuirle otras connotaciones a objetos familiares para denunciar los excesos de la sociedad estadounidense, obsesionada con el consumo e incapaz de percibir su propia decadencia. Su subversivo arte –una mezcla de pop, de conceptual y de mucha tristeza– engendra un mundo fantasioso para destruirlo, y tiene el dudoso privilegio de reflejar el pathos de nuestra época, de ofrecer el diagnóstico de una cultura agonizante.

Esta semana, esta columna se la dedico a los freeriders, a la gente que es incapaz de preguntar en qué ayuda cuando alguien cercano se encuentra mal o ha recibido amenazas. Se lo dedico a aquellos amigos que prefieren no firmar un desplegado que ayudaría a proteger tu vida cuando ésta se encuentra amenazada, o a los conocidos que prefieren no preguntar nada porque a ellos no les afecta el escándalo, ni las arbitrariedades a las que están expuestos sus vecinos, los padres de los amigos de sus hijos.

Se la dedico a aquellos que viendo una situación donde alguien está en riesgo, prefieren decirle que se compre una pistola, o a los presidentes municipales, a los gobernadores, a los funcionarios públicos con un salario proveniente del erario, que aconsejan que los problemas se resuelvan por “usos y costumbres”.

Se la dedico a los que dan lecciones de comportamiento sobre una situación que no conocen y que ni siquiera se han dignado a estudiar, y a aquellos y aquellas que están detrás de una computadora opinando, criticando, juzgando, haciéndola de jueces. A los que no saben leer un documento con objetividad, a los lastimados de corazón, alma y espíritu, que deben resguardarse detrás de una causa para poder desfogar su furia, su odio contra la raza humana.

Dedico esta columna al mundo solitario que estamos construyendo, al país donde cada uno se rasca con sus uñas, en el que cada éxito, cada logro, cada hazaña de los demás es una afrenta personal, donde construir una sociedad donde impere el bien común es impensable, donde sólo se puede construir por mí y por todos mis compañeros, sin lugar para los demás. Se la dedico a aquellos que teniendo el poder de decir algo que defienda prefieren callar, como cuando una madre se entera que el padre de su hija a sus hijas las viola y ésta no dice nada, prefiere no verlo y fingir ceguera… ¿Suena conocido? Se la dedico a la falta de solidaridad, a la falta de reconocimiento de lo que hace el prójimo y del respeto que merece.

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