Opinión

La debacle de Otto

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El presidente de Guatemala, Otto Pérez Molina, durante una conferencia de prensa sobre el escándalo de corrupción. (AP)

El general Otto Pérez Molina –hasta hoy– presidente de Guatemala, enfrenta la más grave crisis en el cargo y tal vez de su país en la última década. Su antecesor, Alvaro Colom, tuvo su propia dosis de rechazo popular y de acusaciones incuso criminales, cuando su administración se vio envuelta en el asesinato de un empresario. Pero en esta ocasión la expresión popular en las calles de la ciudad de Guatemala ha sido aplastante. Más de 300 mil personas le gritaron frente a Palacio el pasado jueves “vete corrupto”.

El origen de la crisis puede ubicarse con el escándalo de su vicepresidenta Roxana Baldetti –ya en prisión– quien fue forzada a renunciar como la responsable de una red de corrupción en aduanas y puertos. La medida en ese momento pareció políticamente acertada, al depositar toda la responsabilidad en una alta funcionaria del gobierno y dejar aparentemente intacto al presidente. Y resultó justo en sentido contrario. El juicio y las abrumadoras evidencias contra la exvicepresidenta arrastraron al presidente.

La Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala (CICIG) un órgano independiente del Estado y ciertamente con presencia de algunos jueces e investigadores internacionales, fue fundada hace más de diez años para constituir un contrapeso a los constantes abusos y atropellos de los diferentes gobiernos guatemaltecos. Desde Ríos Montt y las acusaciones de genocidio en su contra, aún en proceso, hasta el presidente Alfonso Portillo –refugiado en México por años hasta que se entregó a las autoridades, que lo declararon preso– Guatemala ha sido gobernada por personajes que han sido señalados y acusados públicamente de ladrones, corruptos y asesinos.

La larga tradición militar, la guerra que produjo miles de refugiados en México a finales de los años setenta y principios de los ochenta, ha sido una melodía entonada por muchos años en nuestra frontera sur. Es un país con instituciones gravemente débiles, atrapado en la sucesión continua de mandos militares y civiles incapaces de construir un marco legal y legislativo que permita el asentamiento del aparato político, jurídico, democrático.

La CICIG ha representado un faro de luz en los últimos años, señalando excesos, denunciando abusos, ejerciendo una fuerte presión social al estilo de una ONG, pero con el peso y la autoridad para iniciar investigaciones y procesar culpables.

El próximo domingo se realizarán elecciones generales en el centro de una crisis que amenaza con arrasar con todos. ¿En quién pueden creer los guatemaltecos, cansados y desgastados de presidentes y líderes que prometen el fin de la impunidad y repiten los escándalos y los abusos?

Otto Pérez perdió en su primer intento contra Álvaro Colom, quien terminó siendo una pobre figura al lado de la fuerza de su esposa, aspirante a sucederlo en la presidencia. Pérez Molina lo volvió a intentar, está vez con éxito, bajo el compromiso con el electorado de que lucharía contra la corrupción y la desigualdad. Antes de terminar su período, que concluye en enero, Otto Pérez se ve obligado a convocar elecciones ante el generalizado descontento y las severas acusaciones de complicidad, corrupción e ilegalidad.

Con todo, el presidente Pérez Molina se niega a abandonar el poder, se afianza a la silla y afirma que cumplirá su encomienda hasta el último día.

En conferencia de prensa, ayer por la mañana, acusó a sus detractores, negó los cargos y rechazó la posibilidad de renuncia. Esto a partir de que el sábado una comisión de cinco diputados recomendaron –por unanimidad– al Congreso iniciar un proceso de “desafuero” al presidente para retirarle la inmunidad y para que pueda ser procesado como un delincuente común.

Ante el grito de “¡renuncia ya!”, este fin de semana nuevos contingentes multitudinarios exigieron que abandone la presidencia, en un repetida muestra de creciente presión social.

Twitter: @LKourchenko

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