Opinión

La cura y la enfermedad (2da. parte)

 

You don’t know what your stomach looks like because of your skyn. You don’t know what your feelings look like because of vanity and other causes of illusion. To get over the problem of skin, we have anatomy textbooks. To get over the problem of vanity and other causes of illutions. We have novels.

Adam Thirlwell,
Politics, a novel.

A esta cita del joven escritor inglés, yo agregaría: tenemos las novelas... y el arte.

Uno de los desplazamientos estéticos más notorios que tuvo el arte del siglo XX con respecto a sus manifestaciones pasadas, fue la ruptura con la mímesis, es decir, dejó de buscar el parecido con la naturaleza para mostrar las cosas como son, sin idealizarlas.

Históricamente debemos a Pablo Picasso esa incursión de la realidad en la obra de arte, dejó de imitar el material (madera, tela, vidrio) para colocarlo directamente sobre el lienzo. Ese gesto, como bola de nieve se fue amplificando hasta nuestros días, llegando al quid del arte contemporáneo: presentar en lugar de representar. El camino de mostrar las cosas como son, llega a tomar una tonalidad oscura en los artistas que alimentan sus creaciones de la experiencia personal, y más sombrío se vuelve cuando se trata de temas como la sexualidad.

Hay un perfil del sexo que se aparta de ideas como el amor, placer, comunión, lo erótico; esa realidad tenebrosa de lo sexual gira en torno a los clichés, roles de poder, inseguridades, temores, tabús, pulsiones, represiones. Es un lado crudo pero presente e innegable en la experiencia humana.

Las medias rellenas de Sarah Lucas (“Bunnies”) atemorizan. Hay un desencanto, una sexualidad pasiva y fallida, reducida a sí misma. No es el fetichismo de la media lo que inquieta, sino la sensación del laxo y amorfo relleno. El terror no está en el tabú que aprisiona una subjetividad rebelde, más al contrario, la turbación es por una identidad que no le queda más que el cliché para darse forma.

Sarah Lucas muestra la cruda contradicción de la sexualidad humana con ironía y perturbador humor; existe un déficit entre lo físico y el deseo en la experiencia sexual contemporánea, y esa deuda Lucas la hace visible y sensible, incluso graciosa. Chicken Knickers (1997), donde un pollo crudo metaforiza los órganos sexuales femeninos, Au Naturel (1994), un ensamble que refiere partes masculinas y femeninas sobre un colchón viejo y sucio (recuerda un poco a la cama de Emin), deja ver lo natural, el sexo tal como es, sin intervención de fantasías. Aunque existe un cierto optimismo que acompaña tal crudeza.

El artista es individuo, pero individuo universal. A partir de su experiencia personal, compartida a través de un lenguaje artístico en la obra de arte, podemos acercarnos a lo inminentemente humano.