Opinión

La cura y la enfermedad (1a. parte)

 

¿El arte es causa o consecuencia? ¿Origen o resultado? El otro día, junto con mis colaboradores, surgieron estas preguntas mientras discutíamos sobre la creación artística, sobre cómo el acto creativo –en ocasiones– está tan encarnado en la vida del creador que se vuelve una necesidad, se transforma en el vehículo para conjurar memorias, vivencias, episodios traumáticos, dolor o inconformidad, rebeldía, sexualidad tal vez reprimida. Cuando hacer arte va más allá de un trabajo, para ser un reducto donde el artista como ser humano encuentra la única forma de habitar el mundo, sus obras son la cura a sí mismos.

Las muchas maneras de acercarnos a las obras de arte, sus distintas y complejas naturalezas, nos exigen, como espectadores, estados perceptivos diversos. Los que crean un arte confesional, autobiográfico, comparten en sus trabajos ciertos detalles de vida que trascienden el horizonte personal, formando un vínculo de brutal sinceridad con el público, haciéndolo cómplice y testigo al mismo tiempo.

La obra de Tracey Emin, por ejemplo, utiliza la narrativa de su propia vivencia desordenada, insegura y nerviosa, no tanto para exorcizar el caos interno, sino más bien le procura un lugar para existir. My Bed, la icónica pieza que reproduce su cama (una dimensión íntima) revuelta, entre ropa interior sucia, cigarros, colillas, botellas vacías, medicamentos y objetos personales, intenta mostrar el estrato más crudo que se oculta debajo de un social “todo está bien”.

En Exorcism of the Last Painting I Ever Made, Emin se encierra por quince días en la galería sin nada más que material para pintar y lienzos. El público podía observar y presenciar el torrente emocional de la artista durante su lucha de reconciliación con su propia pintura. Emulando la acción de Joseph Beuys I Love America, and America Loves Me, donde por siete días convivió con un coyote dentro, también, de una galería.

Radicalmente opuesta en términos formales es la producción de Franz West que utiliza el color y el antiformalismo con tintes histéricos y neuróticos. Sus instalaciones construidas en papel maché o aluminio junto con los collages, un tanto oníricos casi tocando la pesadilla, transmiten un nihilismo ante el arte culto y elevado, “no importa la apariencia de arte, sino la forma en la que es usado”, declaró West en una ocasión. Siempre buscó que los espectadores no fueran simples observantes, sino más bien usuarios de su arte, para transmitir que la trivialidad también es una experiencia humana y universal a la que estamos, invariablemente, sometidos.

Este tipo de operaciones artísticas nos muestran, por una parte, la falla en el individuo y su vulnerabilidad dentro de un contexto social o en lo insondable de su psique. Pero por otro lado, esas grietas, arrugas, la real desnudez, su fragilidad y decepción, a través de la producción, del quehacer artístico, pueden reivindicarse. La metáfora de esos síntomas de enfermedad, cultural o personal, y la aplicación del antídoto, ocurren simultáneamente en la obra de arte.

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