Opinión
FRANCISCO CANCINO, DISEÑADOR DE MODAS

'La cultura siempre se ha peleado con la moda, por irreverente'

   
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Francisco Cancino había ensamblado un collar espectacular, con seis enormes piedras de ámbar. Salió con seguridad, protegido por aquel amuleto que ahuyenta las malas vibras, enredado en los brazos de dos modelos. Se inclinó para agradecer al público y el collar se desprendió; las rocas rodaron por la pasarela y él, encogido, las recogió una por una. Fueron sus primeros minutos de fama.

En Huitiupán, al norte de Chiapas, un pueblito clave para el acceso al estado a través del Puerto de Veracruz, nacieron sus padres. Él fue el cuarto de cuatro hijos, tres varones y una niña. Los dos hermanos, al contrario de Francisco, eran buenos para el deporte. “Me costó hacerme de un lugar en mi familia”, cuenta, más aún cuando resolvió dedicarse a la moda.

Cancino tiene grabadas las impresiones que de niño le causaron los vestidos de las indígenas chiapanecas. Lo volvían loco los colores y las texturas de su indumentaria, y el orgullo con el que la portaban las mujeres; sobre todo lo impactó el levantamiento zapatista, que arrasó la finca de su familia y lo dejó con una sola herencia: “El ahínco con el que mi padre había dejado años antes las comodidades para alcanzar su sueño lejos del pueblo”.

En su casa, nada era tan mal visto como el ocio, por eso Fran dibujaba y leía. Sus días en Tuxtla Gutiérrez transcurrían como los de un niño de pueblo, hasta que llegó internet. Al tiempo que estudiaba la preparatoria, tomó talleres de la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas como oyente. Sin validez completó tres años de estudios de artes plásticas y expuso en dos bienales del sureste.

Aún no tenía claro que iba a diseñar ropa, pero deseaba convertirse en un creador. Por lo demás, los estudios de diseño de moda eran carísimos y no había muchas escuelas. “Peor aún, había un yugo social para los estudiantes de moda, porque se relacionaba el oficio con la homosexualidad”.

A punto de terminar diseño gráfico, en el séptimo semestre, abandonó la escuela y se integró al grupo Joloviletik Yunn Yalen Chen (que significa trabajadoras del pozo de agua) en una comunidad textilera del municipio de Venustiano Carranza. Lo había conocido tras la masacre de Acteal, a través de la que entonces era su iglesia, de los Misioneros del Espíritu Santo. “Aunque nací en Chiapas, no había visto de frente la pobreza”. Lo golpeó la desigualdad y la resistencia de los desplazados. Lo cimbraron las historias de muerte y desamparo. Ahí se formó. Ahí aprendió a coser.

Un año de intercambio en la Ciudad de México precipitó su decisión. Regresó a casa de sus padres para enterarlos, y ellos, un poco a fuerza, pero terminaron por aceptarlo. Improvisó un taller en su casa y pronto se vio obligado contratar asistentes para entregar a tiempo los vestidos de novia y de noche que cosía con la Singer edición limitada de los cincuenta, que había pertenecido a su abuela. A los 20, Cancino se mantenía solo y su negocio crecía y empezaba a redituar.

Fashion Week organizaba un concurso para talentos emergentes. Los finalistas ganaban un espacio en la pasarela. “Juré por la memoria de mis ancestros que yo iba a estar ahí”. Lo logró en el tercer intento y sus diseños ganaron notoriedad. Su nombre y sus primeras colecciones aparecieron en revistas como Elle y Hola. Pero en el inicio, también sufrió rechazo: “En el mundo de la moda, como te ven, te tratan, y mis clientas ya no eran las de Tuxtla, sino mujeres poderosas que exigían más, que trabajara más rápido, que la ropa les quedara más ajustada, y que no tenían empacho en pagarme 120 mil pesos por un vestido. Pensaba que quizá debería modificar mi acento sureño, vestirme y comportarme diferente porque me daba cuenta de la forma en que me miraban…”

En 2014 ganó el premio de diseñador del año y un reportaje sobre él fue publicado en Vogue. “Ese día me llamó mi hermano y me dijo que estaba orgulloso de mi porque mi destino era hacer vestidos de quinceañera en un local de la Quinta Poniente, en el centro de Tuxtla”.

Después de un breve ensayo para establecerse en alguna de las capitales de la moda –París, Milán y Londres–, Cancino se asoció con Concha Orvañanos para crear Yakampot (el lugar donde nace el agua, en Tzotzil, y un paraje en San Juan Chamula), su marca de ropa para mujer. Juntos habían lanzado Arroz con leche, la de niños.

Desde entonces, Francisco Cancino ha presentado colecciones en las semanas de la moda de Londres, París, Berlín y su ropa se vende en Venezuela, Arabia Saudita, Japón, Francia, Alemania y España, entre otros países.

También es maestro en Centro y ahí cursa su maestría. Para titularse desarrolla una investigación sobre los procesos creativos en la elaboración del arte textil. “Las artesanas coinciden en que su oficio es un acto meditativo y tienes reglas estrictas, por ejemplo: ‘lo que se empieza, se termina’. Y es sabiduría pura. El oficio de telar exige un gran nivel de concentración, así que es mejor no empezar si no estás ahí, presente, con todos tus sentidos. Técnicamente, el telar tiene un grado de tensión que no te permite dar marcha atrás”.

Lo mismo que su carrera. El mes próximo, Cancino presentará su nueva colección en el Ángel de la Independencia con 31 modelos mexicanas, lo cual no ha sucedido nunca, ni siquiera en Fashion Week México. Está emocionado: “No es sólo que vayamos a democratizar la moda; para mí este evento también constituye la revalorización de mi oficio. La cultura siempre se ha peleado con la moda en este país, por irreverente”.

Twitter: @scherermar

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