Opinión

La cultura de la legalidad

 
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Justicia

En Sapiens, el ya famoso éxito editorial, su autor Yuval Noah Harari hace un apasionante recuento de la historia del género humano –u homo sapiens, la nomenclatura en latín que nos corresponde como especie–, pero no como sujetos de la historia con sus héroes, guerras, invasiones e interpretaciones políticas; más bien Harari describe nuestra trayectoria en el planeta como especie biológica sujeta a la dinámica de la evolución y a la interacción con otras especies, sobre cómo hemos sobrevivido, por qué nos hemos impuesto y cuáles son los motivos de nuestro éxito biológico.

Harari explica en un lenguaje dinámico y cautivador el camino recorrido por los seres humanos desde que aparecimos en el este de África, hace apenas unos 150 mil años; cómo sobrevivimos a otras especies humanas como los Neanderthal y el grado en el que hemos dañado de forma irreversible la diversidad biológica del planeta.

Durante muchos años, dice Harari, los seres humanos no éramos más que otra especie, un puñado de seres humanos que se dedicaban a la recolección y la caza, sin establecerse en un solo lugar y viajando de acuerdo con el clima o la migración de las manadas de animales con los que se alimentaba. Pero hace unos 70 mil años muchos investigadores coinciden que ocurrió una revolución cognitiva, un cambio radical en la forma de pensar de los seres humanos. No se sabe a ciencia cierta si fue un cambio genético, pero el hecho es que esta nueva forma de pensar fue lo que nos puso en condiciones de conquistar el mundo.

A partir de ese cambio, los seres humanos salieron de África y se extendieron por todo el planeta; inventaron la navegación marítima, las lámparas de aceite, arcos, flechas, agujas para coser vestimenta más resistente al clima, el arte, las religiones, el comercio y las clases sociales. Todas las otras especies de seres humanos se extinguieron poco después.

Todo indica que la clave en esta revolución cognitiva que le permitió a los homo sapiens conquistar el mundo fue su capacidad de reunirse para imaginar y hablar de cosas que no existen. La ficción, ya sea en forma de historias, leyendas y mitos son la materia de la imaginación colectiva. La imaginación colectiva es el cemento que hace posible la cooperación social de grandes grupos humanos. Desde luego, la cooperación existía entre los grupos de cazadores con el propósito de atrapar una presa, pero ese tipo de cooperación tenía sus límites. Lo que permite la cooperación social entre miles o millones de personas que no se conocen, en la forma de grandes empresas, organizaciones gubernamentales, guerras, construcción de catedrales y hasta la convivencia en eventos multitudinarios como conciertos y espectáculos deportivos, es la creencia colectiva en mitos llamados instituciones. Las instituciones son, en este sentido, mitos que sólo existen en la imaginación de los individuos. La creencia en las instituciones es la fuente de la cooperación social y del éxito de los seres humanos.

La habilidad de crear una realidad con base en las palabras es el origen de las leyes, constituciones, ideas, creencias e instituciones que ayudan a ordenar y coordinar la vida social. Esta cooperación es la que hace posible el comercio, la industria y la construcción de una economía mundial basada en el intercambio de conocimiento y la interacción de distintas industrias, como sostiene Ricardo Hausmann. La cooperación con base en construcciones imaginarias es lo que hace posible el cambio (político, filosófico, científico, técnico) y la innovación. Estos mitos también definen cómo se crea un ambiente, un orden de convivencia social en el que ciertas reglas son respetadas, incluyendo los sistemas políticos. Estos mitos o instituciones cambian y se reinventan constantemente; no son permanentes ni fijos. Los seres humanos hemos abandonado muchas instituciones –como la esclavitud– y adoptado nuevas –como la defensa de los derechos humanos–. Estas realidades imaginadas son lo que define la forma en la que nos organizamos y vivimos.

Para sociedades atacadas por problemas de creación de instituciones, como México, en donde tenemos una preocupación general por el daño que causa la corrupción, la descripción que hace Harari sobre la creación de mitos y su capacidad para potenciar la competencia de las sociedades para sobrevivir y prevalecer, nos hace pensar en la posibilidad de crear mitos para fortalecer la cultura de la legalidad. La cultura de la legalidad sería, en la visión de Harari, una construcción imaginaria más, un mito que forma parte de la imaginación colectiva de una sociedad. Robert Putnam veía en la creación de capital social, de relaciones informales entre individuos, una forma de construir esta cultura de apego a las reglas que ayuda a controlar la corrupción, pero se trata de lo mismo. La pregunta interesante es qué es lo que podemos hacer para crear una nueva mitología mexicana, una en la que todos podamos estar reunidos en torno a mitos con los que imaginemos, de forma colectiva, que la corrupción no es admisible y que la honestidad y la transparencia son instituciones de una realidad tan categórica para todos que no sea posible negarlas. 

Twitter: @benxhill

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