Opinión

La cultura de la inmoralidad

06 marzo 2013 13:42

Todos sabían de su riqueza inexplicable. Inexplicable hasta cierto punto. Porque se sabía de dónde provenía. De las cuotas de los agremiados. Que son miles. Que son millones. Que están, siempre, con la cabeza baja, esperando que algún día se les otorgue una compensación. Un día que tal vez nunca vendrá. Que están casi siempre con la cabeza baja, debí haber dicho. Pues como ocurre en las colectividades, no falta el descontento. O los descontentos. O indignados, como ahora se los llama. Los que quieren estar en el lugar de los líderes. O les gustaría estar. O que los quieren destituir. A lo mejor porque han comprobado cómo viven con exceso de ornato. Cómo viajan por el mundo. Cómo compran propiedades. Cómo se codean con los magnates de la alta sociedad.
Incluso pueden comprar conciencias, los líderes. Se ha sabido de intelectuales, que a la vez son considerados conciencias nacionales, que se han sentado a platicar con estas maquinarias de corrupción para llegar a solventes acuerdos económicos. Como escribir, por ejemplo, un libro. Que se imprimen por millones. Para que a su vez el líder se levante el cuello regalándolos a sus agremiados. Y los autores se guardan, con discreción, un cheque bajo la almohada de seis redondos ceros que los hará callar una temporada. Que silenciarán su crítica mientras se acaban el inesperado obsequio financiero.
Los líderes.
¿Quién no quiere ser uno en esta vida? ¿Se sabe acaso de un líder que no esté sobradamente enriquecido? Hay líderes que ganan dinero sin perder un minuto. Hasta se fotografían embarazadas para continuar llevando los dólares a sus arcas. Y la gente, los agremiados de la vida, la aplauden. Y la admiran. Y sienten ternura cuando hace fotografiar al marido dando un beso al recién nacido. Y todo se oculta en organizaciones caritativas. Como aquel líder que ganó todas las competencias montado en su bicicleta inundado de drogas sin que sus admiradores lo supieran. ¡Era tan bueno con los pobres del mundo! Qué bueno que se hizo rico. Se lo merecía. Como todos los actores que viven distanciados, a Dios gracias, del pópulo. ¡Qué maravillosos son, aunque en cada actuación suya no hagan sino repetirse a sí mismos una y otra vez!
Todos sabían, sí, de su riqueza inexplicable. De sus residencias fuera del país, de los desvíos de fondos, de la compra política cuya grandiosa consecuencia es la denominada cargada, que está allí para exhibir lealtades y sumisiones. ¿Quién no lo sabía? Hasta los propios agremiados estaban enterados, pero se hacían de la vista gorda. ¿Cómo estas personas, que se convierten en líderes a veces de manera involuntaria, escalan con parsimonia sin tropezarse ninguna vez aunque continuamente cometan yerros visibles? Estos líderes, con el tiempo, se ponen incluso la vestidura de políticos. Y actúan como si lo fueran. Y escriben, o les escriben, discursos, y cavilan sobre la vida, y se vuelven, a en ocasiones, filósofos, o los invitan —a los filósofos— para que estén en sus actos públicos, y los aplaudan —los filósofos a los líderes, no al revés, como debiera ser, supongo—, y están siempre presentes porque saben, los filósofos, que van a ser finalmente, y finamente, recompensados.
El poder de los líderes es el poder que otorga la visibilidad de las rebosadas pertenencias. De otro modo, nadie los acompañaría. Se los respeta, a los líderes, por su caudal de dinero, no por sus personas, muchas veces de ínfima clase, inleídos, insultantes, ofensivos, mezquinos. Y los agremiados de la vida, entonces, les perdonan todo, a los líderes. Una mala pelea, un gol errado, una desafinación. Incluso que antes de una competencia se lleven al cuarto de hotel a dos o tres bellas prostituyas para realizar una magnífica orgía. Quién no lo hace. Hasta los líderes religiosos lo hacen en nombre de Dios, sólo que en este caso seleccionan preferentemente carne infantil masculina. Cada quien sus inclinaciones sexuales. La prodigalidad a la que conduce la posesión económica no tiene límites, como no deben tenerlo, jamás, los líderes, que por algo lo son.
Sí, todos sabían que su dinero provenía ni siquiera de su propio trabajo, sino del trabajo de los otros, que se resignaban, como buenos empleados incorporados en la nómina, a ser parte del dispendio de su líder, no elegido por ellos pero como si lo fuera, ya que la imposición es natural en estas extrañas fuerzas áureas del liderazgo.
Así se fincan los líderes.
En esa carrera incontrolable y eficaz. Donde todos saben de los sucios negocios, de las ineptitudes, de las necesarias cofradías, de las organizadass corrupciones, de los actos vandálicos, de los alegóricos robos, de las maquinarias cómplices, de las rubicundas tretas, de las competentes simulaciones, de las inaplazables vendetas, de los sinuosos acomodamientos, de las mentiras verdaderas, de los arrullos discursivos, de las sólidas demagogias, de los falsarios atributos consignados.
Estamos tan acostumbrados a la cultura de la inmoralidad de los adinerados líderes —de todo tipo: políticos, religiosos, populares, deportivos, artísticos, culturales, mediáticos, intelectuales— que nos sorprende de que sean llamados, cuando son llamados, a rendir cuentas, pues es una creencia generalizada de que, precisamente por ser acaudalados, tienen todo el derecho a ser inmorales, que así son apreciados, y queridos, por los agremiados de la vida.
Pero lo sorprendente no debiera ser eso, sino justamente lo que nos pasa inadvertido. Y he aquí la pregunta: ¿cómo no había caído ya ese líder, o cómo no ha caído aquel otro, si las evidencias lo estaban, o lo están —o los están— denunciando todo el tiempo? Y he aquí la respuesta: porque lo que mueve a los que administran la justicia no es la gana de impartirla democráticamente sino la obediencia a ciertos —determinados, circunstanciales, imperativos, necesarios, insoslayables, interesados, parcializados, urgentes— tiempos políticos.