Opinión

La cruz de olvido 

 
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La política económica solía entenderse como uno de los escenarios donde la democracia se ponía a prueba, porque ahí se dirimían las prioridades y los objetivos de la sociedad. El carácter representativo del sistema político democrático se demostraba y mostraba ahí; en los congresos y las actitudes de los responsables del Poder Ejecutivo, en especial en el terreno fiscal.

En este espacio de la discusión pública formal, tendían a resumirse los grandes dilemas de las sociedades democráticas: más o menos impuestos a los ricos; más o menos impuestos indirectos; más o menos gasto público para los bienes públicos, como la salud y la educación o la previsión, o más para las balas y los soldados.

En fin, ahí, en el gasto y el financiamiento del Estado se focalizaba la capacidad del mismo Estado para ser representativo y la del sistema político para validar sus ofertas de representación e inclusión social. Con los Estados de Bienestar, este círculo parecía cerrarse en favor de la reproducción de un sistema imparable.

Así se consumó el gran litigio que marcó la segunda mitad del siglo XX, con la demolición de la URSS y el desplome del comunismo soviético. Así arrancó la globalización del mundo que, se dijo, terminaría en un mercado mundial unificado y una democracia pluralista que podría afirmarse como régimen planetario. Sueño vuelto pesadilla.

El mundo vive los impactos destructivos de la crisis global, íntimamente asociados a los procesos de desregulación y globalización, privatización y contracción de la política y del Estado, postulados como condiciones sine qua non para la confirmación y expansión de la nueva era del capitalismo sin fronteras ni restricciones. No se trata, empero, de una reversión sino de la apertura de un terreno de transición que no tiene, por lo pronto, fecha ni lugar de llegada.

De manera brutal y majadera, los Estados Unidos de América presididos por el señor Trump, no han ilustrado sobre estas ominosas realidades. Después de la crisis, ni recuperación ni vuelta atrás a los escenarios de jolgorio de fines del siglo XX. Lo que Trump y comparsas han (im)puesto es un escenario cargado de agresividad, hostil a cualquier búsqueda de formas cooperativas y de entendimiento como, en apariencia y realidad, nos ofrecieron Bush padre y Clinton cuando se tramitó y firmó el Tratado de Libre Comercio de América del Norte y luego se decidió la ayuda de emergencia durante la gran crisis de 1994 y 1995.

Después de escuchar al señor Lighthizer, en la sesión inaugural de la renegociación del TLCAN en Washington DC, y al presidente Trump este martes en Phoenix, uno no puede sino volver a reclamar la necesidad de un diálogo que no esté cargado de marrullerías y desprecio contra sus interlocutores más cercanos y vulnerables. Si de algo tenemos que hablar los mexicanos y pronto, es de nuestras fortalezas (y debilidades) para aprender a transitar bajo un chaparrón de improperios y agresiones y ser capaces de dirigirnos hacia una terminal productiva que, por cierto, no es la que ofrecía el Tratado en sus primeros años. Tendrá que ser, una vez más, una transición cargada de adversidad. Una cruz de olvido.

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