Opinión

La crítica liberal a Fidel Castro

 
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Fidel y Raúl Castro. AFP

A Raúl Olmedo, por su libro “Democracia es religión”

Criticar al régimen de Fidel Castro desde los principios del liberalismo democrático es muy fácil, porque en parte hay razón en hacerlo: en Cuba no ha habido libertades para quien quiera estar informado y menos para criticar al régimen.

Pero esos críticos que han llenado las pantallas de televisión estos días, se olvidan que al liberalismo lo constituyen dos principios: el de la libertad, pero también el de la igualdad, tan entrelazados que uno nunca será real a cabalidad sin el otro.

Libertades limitadas y desigualdades sustantivas son la experiencia en todo el mundo occidental, y es que ni el capitalismo en su lógica económica, ni el liberalismo como su expresión en valores culturales, se plantean hacer de la capacidad económica el sustento de la libertad individual y de la distribución del ingreso la auténtica democracia.

La concepción liberal es la de una libertad en el marco de la ley, la cual no debería hacer diferencias de las personas. Empero, en la realidad de los países occidentales capitalistas se enfrenta a toda suerte de desigualdades que sufren los individuos y las clases sociales.

En México, como en Estados Unidos, o cualquier país europeo o asiático, las autoridades de gobierno no tratan igual a un campesino que a un intelectual liberal orgánico; la ley, en ningún país, se aplica a ciegas de las diferencias sociales y la procuración de justicia discrimina y favorece.

Por supuesto que hay matices entre los países: algunas "democracias" occidentales están más cerca de ser sociedades efectivamente libres e igualitarias y otras, como la nuestra, están a enorme distancia, pero en ninguna se salvan las diferencias de poder social y político que generan las diferencias en riqueza e ingresos.

Sería grandioso poder criticar al régimen castrista con el ejemplo, desde una realidad nacional en la que, por decir algo, las remuneraciones al trabajo alcanzaran para liberar a cada familia de condicionamientos forzosos de su voluntad y libertades, como lo hace la pobreza en México.

Criticar al castrismo cubano por la falta de libertades es fácil. Más justo es el novelista y periodista uruguayo Eduardo Galeano quien, sin omitir el tema del autoritarismo político, enfatizó lo que hizo a Fidel Castro uno de los estadistas del Siglo XX: haber “convertido una colonia en patria”.

Tan indiscutibles son los principios de libertad e igualdad liberales (¿quién podría argumentar en contra de esos valores?), como inaplicables a cabalidad, lo que no implica negar que del liberalismo derivan estructuras y prácticas favorables a la convivencia social, como la división de poderes, la limitación jurídica del poder de las autoridades y la exaltación de los derechos humanos. Son preceptos que defienden a las sociedades del autoritarismo más crudo.

En estos momentos debemos tener grandes dudas sobre la eficacia de esa defensa antiautoritaria del liberalismo, dada la reciente elección de Donald Trump en Estados Unidos, el país ícono de la democracia al que nuestros intelectuales tienen como referencia.

http://estadoysociedad.com

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