Opinión

La crisis que viene: la de los bonos


 
 
Uno de los organismos financieros más importantes del mundo es el Banco de Pagos Internacionales (BIS, como se le conoce usualmente, por sus siglas en inglés).
 
Hace pocos días presentó su informe anual correspondiente al periodo abril 2012-marzo 2013, que publicamos en El Financiero el pasado 24 de junio.
 
El texto no tiene desperdicio, pero pareciera que no ha sido tomado suficientemente en cuenta.
 
Le recuerdo que esta institución es conocida como el banco central de los bancos centrales. En su Consejo de Administración aparecen los nombres de Ben Bernanke, Mario Draghi y Agustín Carstens, entre otros.
 
Uno de los temas abordados en el texto es el ya muy referido asunto del repliegue de la política monetaria, que dejará su carácter expansivo en los siguientes meses o a más tardar el próximo año, según lo dicho en diversas ocasiones por el señor Bernanke.
 
Uno de los señalamientos más importantes del Informe del BIS tiene que ver con el impacto que tendrá el esperado incremento de las tasas de interés que ocurriría tras la retracción de la liquidez en los meses y años por venir.
 
En el escenario extremo, pero nada descabellado, de un alza de 3 puntos en las tasas de los bonos del tesoro de EU a lo largo de toda la curva de plazos, el BIS calcula que los tenedores actuales de esos papeles tendrían que asumir pérdidas del orden de 1 billón (trillion) de dólares, equivalentes al 8% del PIB.
 
En el caso de otros países como Francia, Japón, Italia y Reino Unido, el BIS calcula pérdidas del orden de 15 a 35 puntos del PIB de cada país.
 
Por la dimensión de las pérdidas y por el hecho de que los sistemas bancarios las resentirían fuertemente, estaríamos en el umbral de una nueva crisis financiera.
 
De ese tamaño es el riesgo.
 
Ese hecho es un resultado de la medicina que se utilizó para enfrentar la crisis.
La expansión monetaria se tradujo en adquisiciones masivas de bonos gubernamentales, esquema del que el QE3 de Estados Unidos es sólo un caso. En el conjunto de los países industrializados, la deuda pública se incrementó en alrededor de 35 billones (trillions) de dólares entre 2007 y 2012.
 
Una parte importante de esta deuda está en bonos gubernamentales cuyas tasas se desplomaron por las inyecciones de liquidez.
 
Y el problema es que si usted tiene un bono a 10 años cuya tasa es –por ejemplo- de 1% y resulta que en el mercado, las tasas suben al 3%, el valor del bono se viene para abajo.
 
Claro que hay instrumentos y estrategias que ofrecen cobertura frente a este tipo de riesgos. Pero no hay magia, al final alguien acaba pagando, así sean los propios bancos centrales.
 
Como los activos de la banca comercial están llenos de este tipo de bonos, es de esperarse que haya pérdidas significativas, más allá de la ingeniería financiera que desarrollen para minimizarlas.
 
El reporte del BIS también alude al hecho de que han sido insuficientes los esfuerzos de consolidación fiscal, que en realidad significan más recortes del gasto y más impuestos.
Nos metemos a un círculo vicioso pues esa estrategia resulta suicida políticamente, pero el patear el bote hacia adelante y seguir endeudándose resulta financieramente insostenible.
 
Es decir, mal si se hace una cosa y mal si se hace la otra.
 
En resumen, tenemos un cuadro en el que hay peligros prácticamente para cada lado para el que uno vuelva la vista. En estas circunstancias, el escenario menos probable es el de una situación financiera estable.
 
Aunque México va a padecer por los vaivenes financieros internacionales inevitablemente, también es un hecho que se encuentra en el menos malo de los ambientes. Ojalá lo aprovechemos.
 
 
 
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