Opinión

La crisis humanitaria en Siria, en una encrucijada

    
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 [Reuters / Archivo]  A finales de marzo el número de refugiados sirios en el país superaba los 489,000, el equivalente al 8.0% de la población jordana. 

Hace un año la fotografía del niño sirio Aylan Kurdi sensibilizó temporalmente a la opinión pública sobre el drama de los refugiados que llegaban por el Mediterráneo y a los líderes de la Unión Europea para que instrumentaran políticas más comprensivas y eficaces para acoger a más personas. Los atentados terroristas de los últimos meses hicieron que la crisis humanitaria pasara a segundo plano: un año después miles de refugiados siguen arriesgando sus vidas a bordo de barcazas. Algo similar ha ocurrido con la imagen de otro niño sirio, el pequeño Omran Daqneesh, a quien se rescató de los escombros de un edificio en Aleppo, la segunda ciudad más poblada del país y que ha estado bajo asedio continuo de todas las fuerzas enfrentadas en Siria.

Esta historia es un recordatorio ominoso de la guerra civil que padece Siria desde marzo de 2011 y que tiene entre sus principales víctimas a más de ocho millones de niños, según cálculos de UNICEF. Siria es hoy el país del mundo con el mayor número de desplazados. La Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados consigna que casi cinco millones de personas han emigrado de Siria y otras 6.6 millones se han salido de sus ciudades de origen a otras partes del país. Mientras tanto, casi un millón de sirios han solicitado asilo en varios países de la Unión Europea, principalmente en Alemania y Suecia. Pese al desastre humanitario, una intervención decisiva de Estados Unidos se ha contenido por consideraciones internas y de política regional.

Entre los motivos internos, el gobierno de Barack Obama ignoró en un principio la gravedad del conflicto pues había prometido durante su campaña electoral que no pondría en peligro las vidas de soldados estadounidenses en nuevas intervenciones. Posteriormente, los ataques republicanos a su política exterior y el fracaso de la negociación entre Israel y Palestina lo orillaron a presentar iniciativas de paz tibias o a reaccionar a las propuestas más agresivas de Rusia. El foco de la atención norteamericana se concentró en eliminar a EI, sin importar que se profundizara la crisis humanitaria.

El segundo tipo de consideraciones son propias del escenario sirio. En el pasado, la intervención militar de Estados Unidos fue decisiva para el triunfo de los rebeldes en Irak. En Siria, la administración de Obama ha sido más reticente a brindar ayuda indiscriminada a las milicias rebeldes para derrocar al gobierno de Basshar al-Assad, pues entre los grupos insurgentes hay algunos que califican de terroristas.

Tercero, el conflicto sirio evoca los enfrentamientos durante la guerra fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Como en esos tiempos, hoy las dos principales potencias militares del mundo apoyan bandos rivales del conflicto interno. Los estadounidenses han respaldado al Ejército Libre Sirio y a grupos armados kurdos, lo que los pone en conflicto con Turquía, país miembro de la OTAN, y con Arabia Saudita.

Los rusos, por su parte, tienen interés en mantener con vida al régimen de al-Assad. El gobierno sirio actual ha sido el muro de contención a los yihadistas que podrían respaldar el terrorismo checheno. Para alcanzar este objetivo, el gobierno de Vladimir Putin ha trabado una alianza incómoda con Irán y el Hezbollá libanés, que respaldan a la minoría chiita, que también sería vulnerable ante un régimen islamista sunita, como los cristianos y otras minorías religiosas.

En los últimos meses Estados Unidos y Rusia han buscado la cooperación militar conjunta contra los grupos terroristas –la definición del antiguo Frente Al Nusra como tal es uno de los principales puntos de discordia– y el cese de hostilidades entre las partes en conflicto. El secretario de Estado norteamericano, John Kerry, y su homólogo ruso, Serguéi Lavrov, se ha reunido en Ginebra y en Hangzhou para encontrar una solución sin mucho éxito. A estos encuentros siguió el de los mandatarios: en el marco de la cumbre de líderes del G-20, Obama y Putin trataron de alcanzar un acuerdo el lunes pasado.

La guerra se halla en un punto muerto: ya se cuenta como otro de los fracasos de la Organización de las Naciones Unidas, que ha tenido un papel secundario, pese a contar con un enviado especial en el conflicto. Romper el nudo gordiano, como ha reconocido el propio Putin, será posible en la medida en que el gobierno sirio y las distintas milicias, así como Estados Unidos, Rusia, Irán, Turquía y las monarquías petroleras del Golfo otorguen concesiones sin tener quizá certeza de sus ganancias. La experiencia traumática de Ruanda –en la que nos quedamos inermes frente al genocidio– debería despertarnos de la indiferencia al sufrimiento de millones de seres humanos en Siria, la tragedia humanitaria más grave de nuestros tiempos.

Twitter: @lourdesaranda

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