Opinión

La crisis de una (nuestra) generación

2014 podría marcar el fin de una generación en México. Pido que en este texto se tome a la palabra generación como una forma de hacer política en la que conviven actores que van desde Cuauhtémoc Cárdenas, 80 años de edad, a Ricardo Anaya y Aurelio Nuño, menos de 40, pasando por supuesto por el presidente Enrique Peña Nieto, 48 años.

Esta generación lleva cinco décadas en el escenario. Son los actores que iniciaron sus carreras después de las represiones de 1968 y de 1971. Son beneficiarios de la gradual apertura del régimen luego de la cuestionable elección de 1976. Causantes –desde afuera y desde adentro del sistema– de las reformas políticas luego de las crisis y los fraudes de los años ochenta. Los dinamizadores de las alternancias locales de los noventa, los padres de la caída priista de 2000. Y son, por supuesto, los responsables de lo que no se logró con el PAN en Los Pinos, por incapaces unos (los azules), por agendas particulares de otros (PRI, PRD, poderes fácticos). Finalmente, esta generación se integra no sólo de políticos o funcionarios del Estado (jueces, rectores universitarios, presidentes del IFE/INE o de la CNDH, etcétera), sino también de empresarios, el clero, intelectuales y líderes de opinión.

En otros momentos esta generación fue bautizada por sus incapacidades como la generación del NO. Y justo cuando parecían haber dejado atrás una “improductividad” que se extendió durante 15 años (1997-2012), cuando se sacaron de la manga una cauda de reformas estructurales, la noche de Iguala vino a mostrar que la agenda cupular que estos protagonistas pactaron no es la que urge al país. O no como esa agenda está diseñada, con los intereses privados en primer lugar y los de la población más necesitada en último.

Quizá en lo anterior radique eso que llaman el pasmo de las instituciones ante la protesta ciudadana que les ha desbordado. Esta generación considera impropia e injusta la descalificación de las calles, y de contadísimos medios y opinadores, pues ven a Iguala como un accidente que les echa a perder su mejor invento: el perfeccionamiento del modelo “dialoguista” que les prometía un cómodo reparto del poder, con réditos garantizados y mínimos contrapesos.

Por eso el gobierno federal y la no-oposición (PAN y PRD son, en realidad y en muchos sentidos, partidos cogobernantes), llevan días machacando el discurso de apláquense, sosiéguense. Con el muy conveniente pretexto de los violentos actos de los menos, mandan el mensaje a todos de que la protesta no es bienvenida. Revisar, por ejemplo, el boletín de Segob del sábado donde se destaca que en las manifestaciones no deben “proferirse injurias contra la autoridad”. Aquí el boletín http://bit.ly/1C21tvk

En sentido contrario, el ingeniero Cárdenas parece uno de los pocos en advertir que el modelo del que él mismo ha surgido se ha agotado. De ahí que una semana pida la dimisión de la dirigencia y la refundación de su partido, y la siguiente llame, incluso, a discutir una nueva Constitución.

El resto de esa generación, en cambio, parece resuelta a apostar su supervivencia a una sola carta, a la palanca clave: ellos controlan los medios para acceder al poder, maquinaria que por cierto echarán a andar a todo vapor, y sin límite de dinero, luego de unas nunca más oportunas vacaciones decembrinas.

Pero Ayotzinapa, y el descrédito por la “casa blanca” del presidente Peña Nieto, máximo líder en turno de esta generación, podrían no desaparecer en 2015, haciendo evidente que llegó la hora de cambiar una forma de hacer política imperante desde los setenta.

Twitter: @SalCamarena