Opinión

¿La crisis de los cuarenta?

El último año ha estado lleno de revelaciones: sobre mi vida, el valor del trabajo y del dinero, la cercanía y la distancia en las relaciones, los afectos imprescindibles y los circunstanciales. Descrito así, parecen epifanías puras, generadoras de bienestar y claridad de ideas; por el contrario, el efecto de tales “iluminaciones” ha sido una crisis vital protagonizada por mi relación con el tiempo.

Sueño con el tiempo como son todos los sueños: pasado y presente mezclados, sin ninguna claridad sobre qué es antes y qué después. La niña, la adolescente y la mujer caminando por escenarios atemporales. Despierto desorientada e incapaz de darle sentido a soñar mezclas de temporalidades. Después me quedo pensando sobre mi vida y entiendo que también en la vigilia el tiempo es caótico y subjetivo.

He vivido cuatro décadas y jamás he tenido esa sensación de muchos cuando dicen que el tiempo se les ha ido volando.

Pienso que la fugacidad de algunos instantes ha sido mayúscula e insoportable sólo en las épocas en las que me sentía rebasada por el agotamiento, por la prisa y la responsabilidad; por la angustia de generar los recursos suficientes para vivir bien.

También pienso en otros momentos en los que el tiempo se sentía espeso, pesado, transcurriendo lento en el reloj y en mi cuerpo. Por ejemplo la época de criar bebés, cuando la noche se vuelve día y viceversa. Cuando cuidar de alguien durante 24 horas ininterrumpidas se convierte en rutina y en normalidad.

Jamás diré que esos años de crianza se fueron como agua entre las manos. Pasé horas observando cada uno de los rasgos y gestos de esos bebés que llegaron a mi vida para cambiar el sentido de las horas, los minutos y segundos.

Hay que ser miope para no ver que hasta lo efímero está aderezado de significado, luego de eternidad.

Como aquella vez en la que amé tanto y fui tan feliz, que sentía que en cinco horas cabía la vida entera: todas las confesiones, todos los sentimientos, toda la entrega y el amor compactados en unas cuantas horas: tiempo espeso, denso, desbordante de intensidad.

Tengo cuarenta años y me doy cuenta de que nada comienza ni termina. Que a veces describo el paso del tiempo con fórmulas conocidas; simples formalismos para intentar explicarme la vida con la estructura del antes y después.

Antes de casarme, después de ser madre, antes de enamorarme, después de vivir en otro país. Cortes arbitrarios al continuo de la vida para intentar armar un caso, un expediente con la propia vida. Para poder contarla y quizá al ordenarla en momentos definitorios, eventos importantes, episodios fundantes, creer que tiene un sentido o mejor: una secuencia.

A mi edad veo que todo es arrastrado por el caos. Que cuando una cree que algo está terminando, apenas se distrae y se da cuenta de que en realidad comienza. El caos y el asombro de ver a un niño convertirse en adolescente es una buena imagen para entender que el tiempo no se detiene por más que le roguemos. Me gustaría poder hacer un pacto con el tiempo para que se fuera lento cuando estoy bien y rápido cuando paso por una etapa de sufrimiento. Me doy cuenta de que el futuro o intentar predecirlo es casi tan absurdo como vivir obsesionada con la reconstrucción o reedición del pasado.

La época en la que fui más feliz no existe. Quizá sí, momentos intensos que marcaron la pauta para que otras cosas buenas pasaran después.
Tengo cuarenta años y quiero aprender a abandonar mis obsesiones sobre el tiempo, sobre perder la juventud, la firmeza de la carne, la agudeza de la mente, las pocas ilusiones que han quedado intactas al paso de los años.

Antes sólo era distinto del presente. Hoy es el único tiempo que existe. Mañana es el tiempo de los tontos que creen que cuando lleguen a su tierra prometida, alcanzarán la felicidad.

A pesar de todo, no he dejado de planear ni de desear en dónde me gustaría estar y con quién dentro de diez años. Sólo que ya no me lo tomo tan en serio.

Lo que sí he comprobado en estos años es que el tiempo no se detiene. Lo veo en mi cara, en mi cuerpo, en mis ideas, en lo que es importante, en los años que he vivido en pareja, en el crecimiento de mis hijos, en las primeras muertes muy cercanas.

Tengo cuarenta años y he aprendido que el talento para la vida se desarrolla construyendo momentos espesos de significado, hechos de entrega, sensibilidad inteligencia, sentido del humor y voluntad férrea por entender sin juzgar.

La autora es pPsicoterapeuta sistémica y narrativa.
Conferencista en temas de salud mental.

Correo: valevillag@gmail.com

Twitter: @valevillag