Opinión

La contradicción del sentimiento

 
1
 

 

Donald Trump, aspirante presidencial republicano. (Reuters)

Hoy aparece en la primera plana del Universal la predicción sobre el impresionante número de 10 millones de empleos que México llegaría a perder para el caso de que Estados Unidos decidiera ejercer cualquier derecho que implicara suspender las prerrogativas que derivan del TLC.

Comparativamente, no tiene relación con los 4.8 millones de empleos que podrían perderse en Estados Unidos (EU), dado el número de fuentes de empleo que existen en ambos países. El porcentaje que cada caso representa, dada la composición demográfica de cada país y el número de personas formalmente dedicadas a una actividad económico-productiva, arroja una pérdida de 20 por ciento de los empleos totales para México, frente a un escaso 3.0 por ciento de aquellos que componen la planta laboral total de nuestro principal socio comercial.

La sintomatología de nuestra enfermedad se debe de analizar de la mano con las estrategias que el gobierno del presidente electo Donald Trump está avisando que llevará a cabo, el rumbo liberalizador de las actividades productivas con relación a un número importante de restricciones que el gobierno saliente había venido imponiendo, sobre todo desde el punto de vista fiscal, para solventar un número creciente de políticas públicas de carácter asistencial, especialmente relacionadas con la salud y el medio ambiente.

Se trata de una corriente que no surge de manera improvisada ni espontánea, sino de un plan que ha venido gestándose a través de todo un grupo de empresarios que soportan al Tea Party, ala radical del Partido Republicano que busca la imposición de una agenda realmente relacionada con un nuevo conservadurismo nacionalista. Una recuperación de fundamentos que pretenderían en su tesis más radical, la disminución de la participación de las actividades de gobierno al ámbito de la seguridad y protección de la propiedad privada, exclusivamente.

No se sabe cuál habrá de ser el final de la historia, pues ante la intención de China por modificar el escenario geopolítico mundial, no puede pasar desapercibido que los aliados naturales de EU en el ámbito de aportación de la mano de obra competitiva, están en América Latina, y con los tres mil 200 kilómetros de frontera que compartimos, México encabeza la lista. ¿Cuáles son los verdaderos intereses atrás del discurso que se ha venido soportando, sabiendo de antemano que su resultado no sería beneficioso para nadie?

El problema se puede empezar a dibujar el año entrante, pues con el inicio del proceso electoral que habrá de iniciarse en México, podríamos anticipar el surgimiento recalcitrante de una retórica que se empeñará en utilizar el nacionalismo y nuestro propio orgullo como camino para levantar con meridiana facilidad las simpatías de un electorado que, poco avispado, busca en esas palabras un alivio ante los desequilibrados oprobios de los que ha sido sujeto a lo largo del último año.

El populismo puede tener vertientes que, apoyadas en las causas humanas más esenciales, puede encaminarse a la construcción de un gobierno más libertario o más totalitarista. Ejemplos existen muchos, pero dictaduras de izquierda o de derecha, apoyadas en el patriotismo y la libertad de los pueblos, se han gestado en todas las latitudes.

Tenemos gobiernos de ultraderecha como los de Franco o Pinochet, o de ultraizquierda como los de Castro o Chávez.

El populismo que permea a lo largo de todo el orbe, Italia el más reciente, no es ajeno a nuestro país, y frente al embate que la retórica utilizada por Donald Trump ha venido a significar en el ánimo de todos los mexicanos, nos encontramos ante el peligro del uso de los sentimientos antiyanquis más elementales para lograr la simpatía del electorado. Y ya se escucha el grito de “se los dije”, y la proposición adelantada que llevaría a suponer que la estrategia del enfrentamiento y el rompimiento de relaciones con nuestros actuales socios comerciales sería la mejor independencia de México y el mejor llamado para la recuperación de nuestro adolorido mercado interno. Pero, ¿a dónde nos llevaría esa estrategia?

Si en el ánimo de todos los mexicanos está el de conservar nuestros empleos, el de mejorar nuestras condiciones económicas y de vida, el de consolidar nuestro Estado de derecho, entonces sería válido suponer que se necesitará impulsar políticas que materialicen una más eficiente competitividad productiva nacional. Es el momento apremiante en el que trazar caminos para modernizar al país en términos de eficiencia productiva se convierte en el llamado a la razón más evidente.

Ante la eventual pérdida de empleos o la posible dificultad para generarlos, cualquier inversionista esperará encontrar facilidades para el capital que catapulten las exportaciones y sus resultados. Ahora, más que nunca, es que se debe pensar en el impulso de políticas públicas encaminadas a contrarrestar la potencial disociación comercial con Norteamérica y la necesidad de convertir a México en un nuevo polo de desarrollo global, por la ventaja de su capacidad productiva y su marco jurídico para la inversión. Ante la pérdida de atractivo por su localización geográfica frente al mercado más grande del planeta, nos urge demostrar la superioridad que tiene nuestro país por sus recursos, por la certidumbre de su sistema jurídico, y por la disposición y entrega de su capital humano (nuestros logros en el ámbito de industrias modernas, como la aeronáutica, la electrónica o la automotriz lo demuestran).

Vendrán otra vez las campañas electorales, pero deberemos ser cautelosos ante la explotación irracional del sentimiento que el sistemático ataque de la retórica estadounidense pudiera desprender en nuestro pensamiento, pues es precisamente en sintonía con las políticas encaminadas a la productividad que tenemos que alinear nuestro esfuerzo, por antagónico y contradictorio que pueda parecer dicho llamado.

También te puede interesar:
La mexicanidad
La reapertura del TLCAN
La impertinente regulación del intercambio de información