Opinión

La conexión con la desigualdad

A principios de diciembre supuestamente debo hablar en una conferencia de la Universidad de Columbia sobre desigualdad y sus consecuencias. Un tema del que voy a tener que hablar es la cuestión actual de si la creciente desigualdad hace que los países sean más vulnerables a las crisis financieras, si dificulta recuperarse de dichas crisis o si de alguna otra forma degrada el desempeño.

Me he mostrado receloso a esta línea de argumentación, en parte porque apela mucho a mis inclinaciones generales: la desigualdad me preocupa mucho, y sería espectacular que también fuera mala desde el lado macroeconómico. Así que hago circo y maroma para no comprar muy fácilmente esa propuesta.

Y sigo siendo escéptico, en parte porque ha habido crisis muy malas con pésimas recuperaciones en países que no tienen mucha desigualdad. Consideremos, particularmente, la crisis post 1990 en Suecia, ocasionada por bancos desregulados descontrolados y una burbuja de bienes raíces (¿le suena familiar?), y que aconteció en una sociedad con muy poca desigualdad. ¿Cómo se compara con la experiencia en Estados Unidos luego de 2007?

De hecho, se parecieron mucho.

Al comparar el PIB per cápita en los años subsiguientes a las crisis, y al incluir las estimaciones del estudio de ingreso de Luxemburgo sobre desigualdad, medida por el coeficiente de Gini para el periodo relevante, a principios de la década de 1990 Suecia tenía muy poca desigualdad, pero aún así básicamente registró un ensayo de la Gran Recesión y sus consecuencias.

Es sólo una pieza de evidencia, pero sigo teniendo problemas con ella.

La sabiduría de Peter Schiff

No, en serio. Bueno, más o menos. El Sr. Schiff causó gran sensación en 2008-2009 al pronosticar para Estados Unidos inflación descontrolada, si no es que hiperinflación; era un favorito de Glenn Beck.

Y en un nuevo artículo para Reason.com, el Sr. Schiff despliega la cuestión analítica muy claramente: “Los economistas convencionales (quienes tienen influencia en el gobierno, en el mundo corporativo y en la academia) sostuvieron que mientras el mercado laboral tuviera espacio, la inflación no prendería. Mis compañeros economistas austriacos y yo vociferamos estridentemente la visión minoritaria de que imprimir dinero siempre es inflacionario; de hecho, que es la propia definición de inflación”.

Continua: “La verdad es que altos niveles de desempleo se correlacionan históricamente con mayor inflación y bajos niveles de desempleo con menor inflación. Esto es porque una economía que utiliza más plenamente los recursos de mano de obra es más productiva. Más producción hace caer los precios. En contraste, una economía que no emplea plenamente a sus ciudadanos es menos productiva, y su gobierno tiende más a aplicar políticas inflacionarias equivocadas para estimular la economía”.

Ok, dejando a un lado la cuestión de definir la impresión de dinero como inflación; muchachos, a nadie le importa. Pero lo que el Sr. Schiff escribe con mucha claridad es que de acuerdo con su visión del mundo, hacer funcionar la prensa de dinero debería causar inflación (de acuerdo a la definición normal), incluso en una economía deprimida, y que el alto desempleo de hecho debería hacer crecer la inflación, no bajarla.

En eso está exactamente en lo cierto: la disputa central está entre los que ven las depresiones como resultado de demanda inadecuada, implicando que la inflación caerá y que imprimir dinero no hace nada a menos que impulse el empleo, y los que ven las depresiones como resultado de una mala adaptación de recursos o algo; en fin, algo del lado de la oferta. Estos últimos pronostican que encender la imprenta de dinero llevará a inflación descontrolada.

¿Cómo podríamos probar estas visiones rivales? ¿Pues qué tal con una enorme caída en la que los bancos centrales respondan con agresiva expansión monetaria?

Y por supuesto, es la prueba que acabamos de hacer. Y por todas partes que se mire, la inflación es baja, rayando en la deflación.

Así que acabamos de hacer la prueba de Schiff y su marca de economía, de acuerdo a sus propios criterios, pierde abrumadoramente. Y eso también es cierto para casi todas las doctrinas antikeynesianas.

Twitter: @NYTimeskrugman