Opinión

La clave está en debatir con serenidad y argumentos

07 octubre 2016 5:0
 
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Diego Fernández de Cevallos, excandidato a la presidencia de la República por el PAN. (Archivo/Quadratin)

Hay un tema que parece no pasará de moda pronto. Es el de los matrimonios igualitarios, es decir, el formado por parejas del mismo sexo, y la demanda de éstas a que se les reconozca la capacidad jurídica para adoptar menores, tema tan imprudente como súbitamente puesto en el tapete de la discusión nacional por una iniciativa presidencial en tal sentido.

La cuestión ha resucitado la muy conocida táctica según la cual para estos casos el mejor argumento (si así se le puede llamar), y que tiene más seguidores de los que uno cree, consistente en desarmar de entrada al adversario. Pero no con ideas ni razonamientos. No, qué va. La clave está en aplicar la muy conocida técnica del “descontón”.

Así, el argumento cumbre, aplastante, definitivo e irrebatible consiste sencillamente en llamar al adversario "retrógrada", “reaccionario”, “medieval”, “cavernario”, “cristero” y además lindezas y propuestas, para darlo por irremediablemente vencido. Consideran que no hay necesidad de desgastarse exponiendo ideas ni formulando razonamientos. ¡Nada!

Parecen decir: el debate yo lo gano de entrada porque soy “moderno”, “de avanzada”, “progresista” y además adjetivos por el estilo. Y mis adversarios sin más lo pierden porque no opinan como yo. La cosa está en descalificar al opositor con calificativos. Tal es la estrategia.

Si a esos “modernos y progresistas” se les invita a debatir el tema con sensatez y de manera civilizada, apenas oyen –aunque no escuchen- al interlocutor, cuando de inmediato reaccionan con gran virulencia y se dicen agredidos por mensajes de odio proferidos por sus adversarios. Así no se puede.

Por increíble que parezca, a esta táctica, tan elemental como innoble se han venido acogiendo no pocos editorialistas de los más conocidos por el reconocimiento de que gozan, cuyos nombres ni siquiera vale la pena mencionar pero que el lector seguramente identifica muy bien. Complementan su argumento supremo cuando tachan de homofobia a sus adversarios y consideran que de esta forma los liquidan totalmente. La “homofobia” se ha convertido así en una palabra maldita, porque pobre de aquél al que se la aplican. La merezca, o no, ya puede darse por muerto.

En lo personal estoy curado de espanto. Una situación similar viví durante cinco años en la década de los años 60, cuando cursé la carrera de Economía en la UNAM. Si en una discusión el compañero invocaba el “socialismo científico” te tenías que dar por derrotado, porque contra la “ciencia” nada se puede. Pronto la historia del mundo demostró quién tenía la razón y quién no.

Ente el torrente de opiniones que sobre el tema se han expuesto, considero que lo más lúcido y contundente ha sido lo escrito por Diego Fernández de Cevallos, que bien vale la pena comentar en una próxima entrega.

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