Opinión

La ciudad que es ojos, manos, boca…

    
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Qué terrible escribir sobre tragedias, pero este septiembre los mexicanos hemos sido sacudidos por varias de ellas. La naturaleza, hermosa y majestuosa, tirana cruel que, implacable, nos azota una y otra vez empeñada en recordarnos cuán mínimos somos ante ella.

Sacudidos de nuevo esta semana en el aniversario de una de nuestras mayores desgracias, la gigantesca capital de este país se convirtió de nuevo en una herida, cuya cicatriz le durará el tiempo necesario, hasta que llegue otra herida a sumarse. Así son los ciclos de las tragedias. Pero si su Megalópolis se convirtió en esa dolorosa herida, sus millones de habitantes se convirtieron en un solo ser humano con dos brazos para remover la tierra, el metal, el polvo, el cemento; se convirtió en un par de oídos para escuchar el lamento de los otros, de los atrapados bajo las toneladas de material, para escuchar el dolor de quien pierde a los suyos ante la impotencia general, para escuchar el grito de ayuda de todos trabajando en mover un ladrillo, un pedazo de muro, para escuchar el silencio que permite oír la respiración, el gemido de un niño y su maestra atrapados en la escuela que se cayó. Los millones que a diario pisan esta ciudad se convirtieron en un par de piernas que corrían despavoridos de un lado a otro, con el horror en la cara; un par de piernas tratando de bajar acelerada y torpemente las escaleras; un par de piernas que esperaban a otras para salir corriendo y que la tragedia no las alcanzara; un par de piernas que después correría a prestar ayuda a los demás, que serían apoyo toda la noche hasta quedar fatigadas. Esta ciudad de dimensiones enormes que es la capital del país, se convirtió de pronto en una boca, una boca que gritaba espantada: está temblando, corran; una boca que oraba y reclamaba rápido y en voz alta mientras todos se seguía moviendo: Diossantoquétehemoshecho, Señortenpiedaddenosotros, porfavorDiosmíodetente, porquénosotrosdenuevoSeñorporquénosotros. Esta ciudad se convirtió en una boca que pedía ayuda; en una boca que preguntaba por todos lados: ¿en qué ayudo, adónde puedo ir, qué se necesita?; una boca que se convertía en consuelo, en apoyo, en ánimo; una boca que no dejaba de preguntar qué podía hacer por los demás; una boca reseca por el polvo del derrumbe. Esta ciudad se convirtió en un par de ojos, unos ojos que miraban atónitos cómo todo se sacudía; unos ojos que expresaban el miedo, que atestiguaban la furia de la tierra; unos ojos que eran lágrimas y tristeza. Esta ciudad se convirtió en un par de ojos que se avivaban ante el escombro; un par de ojos que buscaba en la noche cómo poder sacar a alguien de en medio del derrumbe; unos ojos que oteaban buscando un hueco para sacar a un niño; unos ojos que buscaban cómo sacar vida del espanto. Esta ciudad se convirtió en uno solo que se llama nosotros.

El 19 de septiembre nos marca de nuevo. Nunca será igual para los que lo vivimos, los dos o cualquiera de los dos. De nuevo la estupefacción, la tristeza, la paradoja de estar bien sintiendo dolor. Este país, esta ciudad no se rinde, siempre sale con su gente a levantarse, a ponerse de pie, a resistir. Por esa lección de coraje, de solidaridad, de dolor y de vida.

Twitter: @JuanIZavala

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