Opinión

La Ciudad de México y el potencial desperdiciado

 
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Paseantes en la Alameda. (Cuartoscuro/Archivo)

Esta es la única época del año en la que suelo hacer turismo en la ciudad de México, el lugar donde nací. Ayer, además, llevé a un grupo de amigos neoyorquinos de ascendencia alemana y tunecina a pasear por el centro de esta gran metrópolis.

La ciudad de México es un microcosmos de los grandes contrastes del país. En el camino al centro, por ejemplo, vi a dos individuos manejando uno un Lamborghini, el otro un Ferrari, ambos seguidos por guardaespaldas derramándose por las ventanas de sus enormes camionetas.

Esos automóviles tienen precios de mercado que permitirían que la mayoría de los adultos con quienes me topé caminando por las calles del centro mantuvieran a sus familias por una década.

Se ha rescatado La Alameda y las aceras de Avenida Juárez serían la envidia de las de la Quinta Avenida. Mientras tanto, las calles de la parte más vieja de la ciudad, cuando se cruza el Eje Central hacia el Zócalo, son una desgracia.

Claramente hay problemas de cañería, delatados por olores indignos, y joyas arquitectónicas rodeadas de edificios espeluznantes. Ha faltado un plan integral que comprenda la recuperación de todo el centro, víctima del abandono y de políticas públicas tan populistas como absurdas, como lo fueron las décadas de rentas congeladas en la zona.

El centro epitomiza el colosal potencial que México cotidianamente desperdicia. La calle de Moneda, a un costado de Palacio Nacional, pudiera ser la más importante históricamente en el continente americano.

En cuestión de un par de cuadras, uno encuentra las sedes de la primera imprenta del hemisferio, de la primera casa de moneda, y de la Real y Pontificia Universidad de México, la primera universidad (aunque hay controversia en cuanto a esta distinción, también reclamada por las de Santo Domingo en República Dominicana y San Marcos en Perú).

Uno pensaría que cualquier ciudad que tuviese la fortuna de tan extraordinaria historia la presumiría con orgullo. No es el caso.

Caminar por esa calle es un proceso accidentado y casi peligroso, considerando que artificialmente se reduce el área para caminar por la presencia de rejas de metal que dejan sólo la mitad del espacio disponible. Hordas de peatones impiden detenerse a apreciar edificios que han sido testigos de la historia del país. Los señalamientos que permitirían entender o apreciar la importancia de los edificios en ese sitio son pésimos o inexistentes.

Mientras tanto, la monumental plaza del Zócalo se deforma y obstruye por completo con la presencia de la grotesca pista para patinar que es el epítome de la mala asignación de recursos públicos.

Ahora, además, hay grandes toboganes para aumentar “la diversión”.

¿A quién se le ocurrió tan colosal disparate?

¿En qué otra gran plaza del mundo se cometería tal sacrilegio de poner tan absurda muestra de ignorancia y falta de cultura ambiental en medio de monumentos históricos? ¿Podríamos imaginarnos una barbaridad similar en la Plaza Roja o en Tiananmen?

Con menos populismo, más dignidad, más respeto por la historia, y mucho más sentido de desarrollo del potencial turístico, un sólido proyecto público privado en el centro de la ciudad de México podría volverlo el gran imán para atraer a millones de visitantes que estarían felices de hospedarse en esa zona y explorarla palmo a palmo. Hay decenas de ejemplos de rescates ejemplares en ciudades como Nueva York o Miami.

En Estocolmo, por ejemplo, él área de Gamla Stan, la ciudad vieja, es el principal motivo para la visita de millones de turistas provenientes de todo el mundo.

Pero, más aún, rescatar los casi 700 años de historia de esta gran ciudad y presumirlos dignamente es algo que permitiría que millones de capitalinos y decenas de millones de mexicanos sintieran orgullo por su cultura y raíces.

Tendría más sentido dedicarle recursos a dignificar nuestra rica herencia cultural que gastar en la nueva y absurda Secretaría de Cultura. La ciudad de México presume ser la que más museos tiene.

Sin embargo, se ha quedado muy atrás en cuanto a la museografía de sitios potencialmente interesantes y en la capacidad de éstos para atraer e involucrar a la sociedad capitalina para que los sienta como propios.

Está cambiando la forma de vivir en la ciudad de México. Hay múltiples desarrollos inmobiliarios en el centro de la ciudad, respondiendo a la demanda por espacios pequeños para vivir que estén más cerca de los lugares de trabajo de sus habitantes. Los jóvenes optan por Metrobuses y bicicletas, o simplemente por caminar, e incluso optan por utilizar un Uber como alternativa a tener automóvil propio. No obstante, uno tras otro gobierno de la ciudad ha mostrado su incapacidad para invertir y para planear. Como dijo Carlos Elizondo, la infraestructura de la ciudad está colapsada.

Visto desde los ojos de visitantes extranjeros que se maravillan por su grandeza histórica y por su vitalidad, el potencial de la ciudad de México es enorme, pero los gobiernos de la ciudad prefieren ofrecerle pan y circo a los capitalinos, en vez de orgullo histórico y la dignidad que provendría de vivir en una ciudad bien planeada.

Qué pena.

Twitter:@jorgesuarezv

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