Opinión

La cita

 
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EPN. (Cuartoscuro)

De cara a su complicada y azarosa cita con el recién llegado presidente Trump, el presidente Peña esbozó el lunes pasado una serie de principios y diez objetivos que constituirían sus coordenadas para el difícil diálogo. Sin tener enfrente a todos los responsables de la conducción económica y comercial de Estados Unidos, el presidente tendrá que redoblar esfuerzos por aclarar y aclararse el panorama de una relación añeja y promisoria que sin duda se ha oscurecido.

En busca de alguna referencia histórica que nos permita arriesgar una perspectiva hacia delante asistí al atractivo Foro “Donald Trump presidente: el día después”, organizado por el Instituto Belisario Domínguez que preside el senador Barbosa y cuyas tareas de investigación coordina el colega y amigo Gerardo Esquivel. Fueron muchas y valiosas las intervenciones de la mañana del lunes 23 y seguramente el Instituto dará cuenta de ellas de varias maneras.

Si le conviene a México o no denunciar el TLCAN o hay que dejar que Trump corra con esa desdichada tarea con la que ha amenazado; si la negociación debe darse de modo integral o en paquete, en vez de aspecto por aspecto para “no contaminar” la relación comercial como se impuso tras la firma del Tratado, etcétera, hasta varias y ricas reminiscencias de experiencias individuales en el manejo de la siempre veleidosa relación con el Norte, fueron algunos de los temas visitados.

Lo políticamente importante es la organización misma de los foros, que el Senado y la opinión pública deben ver como la antesala de una deliberación más detallada y profunda, de análisis de las disyuntivas y paradojas que hoy nos abruman y que debe empezar en la reunión ya anunciada entre el secretario Videgaray y las comisiones respectivas de la Cámara alta. En ese encuentro, tanto el Ejecutivo como el Senado tienen la oportunidad, la misión y el deber, de desplegar el mejor de sus ingenios para sentar las bases de una conversación que la sociedad merece y que debería empezar a reclamar como una parte esencial la revisión a fondo que hay que hacer de nuestra trayectoria reciente, la que empezó con la factura y firma del TLCAN para dar lugar a la más estrecha relación bilateral de que tengamos memoria.

La violencia y la impertinencia de los organismos de seguridad y vigilancia gringos han enturbiado el diálogo, como también el aferrarse a esa miope táctica del salami de examinar y dirimir rodaja por rodaja de una vinculación cuyas raíces, no sólo profundas sino casi en la superficie, se alojan en la geopolítica y la geoeconomía de las que el comercio por rico y extenso que sea, es sólo una dimensión que no podrá comprenderse nunca, muchos menos gobernarse, sin inscribirla en este todo complejo que se ha vuelto nodo endiablado.

Los mexicanos nunca habíamos encarado una circunstancia tan cargada de electricidad y malas vibras como la actual; nunca había llegado nuestro bochorno tan cerca del alma mexicana, a la vista del ruido y la furia desatados por Trump y sus tropas. Quizá sólo el 47 del siglo XIX pueda servirnos de lejana referencia, en particular si atendemos a sus dolorosas lecciones: la división que debilitó al balbuceante Estado nacional de entonces y las enormes conclusiones patrióticas, de alta política, que sobre aquello nos legara Mariano Otero quien en su ensayo sobre el verdadero estado de la cuestión social y política que se agita en la República Mexicana (1842), alertaba sobre el peligro de que por disputas internas se perdiera más de lo que ya se había perdido con Texas. Ahí asienta: “en las instituciones fundamentales no se debe preparar la lucha, sino el acuerdo y la armonía de los elementos sociales”. Es esto lo que ahora, en el siglo XXI y conmemorando el centenario de la Constitución del 17, necesitamos con urgencia: un nuevo acuerdo constituyente de una nación con más de cien millones de habitantes que se atrevió a acercarse a los nuevos mundos globales con decisión, entusiasmo y que ahora vive en zozobra “Frente al triunfo de ira”, como tituló el Instituto de Estudios para la Transición Democrática su oportuno manifiesto.

Por nuestra parte, desde el Grupo Nuevo Curso de Desarrollo que se reúne en la Rectoría de la UNAM desde 2009, convocamos a una reflexión amplia “en defensa del interés nacional ante la coyuntura crítica” para desde lo nacional revisar la historia reciente, forjar planes de contingencia y contención, defender la dignidad y los derechos de los migrantes así como el empleo y la inversión, e insistir en que si algo nos ha revelado la ira trumpiana es la validez de las duras lecciones de la gran recesión de 2008-2009: que más allá del ciclo y su veleidades, el país requiere con urgencia construir un nuevo curso para su desarrollo.

Articulado claramente por objetivos de ocupación, redistribución económica y social e inversión abundante, pública y privada, para llenar pronto los huecos que aquejan nuestra infraestructura física y social, y empezar a inventar y edificar un futuro que no es concebible en medio de tanta desigualdad y de cara a tan persistente renuencia a invertir en aras de una estabilidad no sólo endeble sino ficticia.

La mejor política exterior que podamos idear siempre requerirá un soporte material y político, unas estructuras productivas y distributivas que el comercio solo, por grande y pujante que sea o haya sido, no puede proveer. De aquí la urgencia de encarar a Trump desde adentro, para trazar una nueva relación para afuera en pos de una globalización que no podrá ser la reedición de la que llevó al mundo a la crisis.

La globalización no es el enemigo malo; lo malo está en caer presa de sus ilusiones y espejismos, en un "falso amanecer" como llamara el pensador inglés John Gray a los engaños del capitalismo global.

Va de nuevo.

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