Opinión

La cita del PAN consigo mismo este domingo

Este domingo el Partido Acción Nacional elegirá de entre dos candidatos, Gustavo Madero y Ernesto Cordero, a quien en los próximos 15-18 meses habrá de dirigir a la organización. Será la primera vez que se ponga en práctica el nuevo procedimiento establecido para este propósito, con motivo de la más reciente reforma a los Estatutos del Partido. Se trata pues de un procedimiento que será probado por primera ocasión. Ojalá resulte satisfactorio. Aunque desde luego sin asegurarlo, bien puede suceder que no.

A lo largo de siete décadas, desde su fundación en el ya remoto año de 1939, el método previsto y aplicado para nombrar al dirigente nacional panista fue el mismo y diferente al que ahora se aplicará. Por supuesto que era democrático, si bien en segundo grado. Corría a cargo del Consejo Nacional, órgano colegiado integrado a través de un procedimiento de varias etapas, en cuya base estaba la militancia misma de la organización. Procedimiento, por cierto, que es el aplicado por la mayoría de los partidos democráticos del mundo.

Al interior del PAN, su Consejo Nacional es una instancia de mucho respecto, a pesar de sus dos, tres errores graves en que incurrió en los últimos años. Hasta la fecha es costumbre referirse a él, sin faltar históricamente a la verdad, que por ser un órgano de gran sabiduría y prudencia política, es nada menos que la conciencia reflexiva y crítica del Partido. Y en efecto así es, o al menos en buena medida así sigue siendo.

A partir de esta ocasión y concretamente de este domingo, el Consejo Nacional panista ya no elige más a su dirigente nacional como lo hizo desde siempre, en la inmensa mayoría de los casos con notorio acierto, salvo en tres ocasiones, las tres en lo que va del siglo.

En uno porque erró, en buena medida como resultado de que el órgano colegiado no fue capaz de tomar una decisión tan importante al margen de intereses parciales o de grupo, e imponer la que mejor resultaba para el bien general de la institución. Simplemente se equivocó en la elección de su presidente nacional, por no haber actuado en la línea de su tradición histórica.

Los otros dos casos son quizá más dolorosos. En buena medida, a partir de éstos data la crisis en la que se encuentra sumida la institución toda. No sólo por haberse equivocado en la decisión que tomó, pues es evidente que así fue y finalmente errar es humano, nadie es infalible; lo más grave, lo que lacera y más duele es que el Consejo haya permitido que se le faltara al respeto, al tolerar consignas desde el ámbito del poder, al aceptar convertirse en mero instrumento para la imposición de decisiones. Y ahora estamos viendo que los yerros se pagan.

El hecho es que en esta ocasión en lugar de quedar la designación del jefe nacional, como antaño se acostumbraba decirle al presidente del PAN, a la decisión de poco menos de 400 integrantes de su Consejo Nacional, del que pasaban a formar parte a través de un procedimiento de clara raíz democrática, quedará a la voluntad de 219 mil de sus miembros activos, los que no sólo elegirán al presidente sino a una planilla formada por el secretario general y siete miembros más.

Durante el largo y complejo proceso de reforma estatutaria nunca se planteó este cambio, o si se propuso de plano pasó inadvertido. Fue hasta la etapa final, en la asamblea nacional, cuando el tema apareció y de plano salió del control de quien conducía el debate. Se aprobó y ahora se pone en práctica.

A quienes al principio más preocupó el cambio, ahora lo reivindican no sólo para congraciarse con los 219 mil electores sino para valerse de él como un ingrediente adicional de legitimación. Sin que sea el caso compararse con los otros dos partidos mayores, PRD y PRI, vale sin embargo tener presente que ya adoptaron y ensayaron este método y de inmediato tuvieron que dar reversa. Porque derivó “en cochinero”. Si el PAN lo logra escapar a esto o algo parecido, será un gran paso adelante. Pero de no ser así, se hará necesario dar reversa de inmediato.