Opinión

La carrera hacia
ningún lugar

 
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Sartori.

Gil caminó sobre la duela de cedro blanco rumbo a la mesa de novedades. En lo alto de una esbelta torre de libros despuntaba La carrera hacia ninguna parte. Diez lecciones sobre nuestra sociedad en peligro, de Giovanni Sartori (Taurus, 2016). Tocado por el extraño don de la longevidad, Sartori publicó en 2015 y en italiano este breve libro de conocimiento y sabiduría. Gilga veló y leyó estas cien páginas de las cuales extrae algunos subrayados que arroja a esta página del Fondo.

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Sólo hace un puñado de siglos los ciudadanos tenemos un Estado que no es simplemente la fuerza del más fuerte. ¿Cuándo ocurrió? ¿Cuándo empezó el Estado tal y como lo conocemos hoy? Diría que a finales del siglo XVII, con John Locke, y principios del XIX, con Benjamin Constant.

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La política fue la fuerza a discreción del más fuerte, del más poderoso, hasta que se inventó la democracia liberal, que es, precisamente, el producto del pensamiento abstracto que comprende sin ver, digamos con los ojos cerrados.

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El homo sapiens debe todo su saber y todo su progreso a la capacidad de abstracción. Se entiende que las palabras que articulan el lenguaje humano son símbolos que evocan también “representaciones”, es decir, que devuelven a la mente imágenes de cosas visibles y que hemos visto.

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Casi todo nuestro vocabulario cognoscitivo y teórico consiste en “palabras abstractas”, que no tienen ningún equivalente preciso en cosas visibles y cuyo significado no se puede reconducir ni traducir en imágenes. Ciudad todavía es “visible”, pero nación, Estado, soberanía, democracia, representación, burocracia, etcétera, no lo son; son conceptos abstractos, elaborados mediante procesos mentales abstractos, que designan entidades construidas por nuestra mente.

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Hasta mediados del siglo XX la idea de que la violencia fuese “buena” era una idea, si es que lo era, de pequeñas sectas de conspiradores. La idea general (de los revolucionarios) era que la revolución era necesaria y que la violencia era, por desgracia, un efecto secundario inevitable. Pero en aquellos años, en Occidente, empezaba a haber generaciones de jóvenes que nunca habían pasado hambre, ni una guerra, y menos revoluciones, es decir ninguna experiencia auténtica, en carne propia, de violencia y muerte. Eran también, y quizás justo por eso, generaciones idealistas, fácilmente convertibles al perfeccionamiento democrático.

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La premisa de un sistema electoral perfecto (casi perfecto) es que deben estar prohibidas las coaliciones. Cada partido se debe representar solo, proponiendo un solo candidato. De esta forma cada partido tiene un interés en representar a su mejor candidato o, en todo caso, al candidato considerado electoralmente más fuerte, y los partidos minúsculos desaparecen solos”.

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Los ejércitos del Papa no han existido nunca. En cambio, los ejércitos del Islam sí eran auténticos ejércitos. En poco más de un siglo, después de la muerte de Mahoma (632 d.C.) el Islam en armas había conquistado el norte de África y buena parte de España; otro brazo de la penetración islámica se extendió por el este, llegando hasta la India, y hacia el norte (aunque más lentamente) hasta Constantinopla; luego atravesó los Balcanes y no fue detenido hasta las puertas de Viena. Por lo tanto, el Islam es ab ovo una religión guerrera, una fe armada.

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Max Weber formuló la distinción fundamental entre la “ética de la intención” y la “ética de la responsabilidad”. La primera persigue el bien (tal como lo ve) y no tiene en cuenta las consecuencias. Aunque el mundo se hunda, la buena intención es lo único que vale. La ética de la responsabilidad, en cambio, tiene en cuenta las consecuencias de las acciones. Si las consecuencias son perjudiciales, debemos abstenernos de actuar. Es obvio que la moralidad debe contemplar ambas características. Sin buenas intenciones (las cosas que se hacen por deber, porque son buenas) la ética no existiría. Pero sin el control de las consecuencias, sin el control de los efectos, la ética de la intención sería autodestructiva.

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La tesis del embrión igual a una persona, no la suscribe, que yo sepa, ninguna otra religión que no sea la católica. No es compartida por la Iglesia anglicana, ni por la mayoría de las iglesias protestantes. Y lo que es aún más significativo, tampoco la comparten las demás religiones monoteístas.

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Efectivamente, los viernes Gil toma la copa con amigos verdaderos. Mientras los meseros se acercan con la charola que sostiene el Glenfiddich 15, Gamés pondrá a circular por el mantel tan blanco la máxima de García Márquez: “El secreto de una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad”.

Gil s’en va.

Twitter: @GilGamesX

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