Opinión

La carrera hacia ningún lugar

   
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La carrera hacia ningún lugar. (http://www.gandhi.com.mx/carrera-contra-la-nada-10-lecciones-para-una-sociedad-en-peligro)

Abordo de nuestra inmensa Tierra –tan pequeña en proporción–, somos viajeros en el espacio. Cuando nacimos como especie la travesía ya había comenzado y, muy probablemente, cuando nos extingamos la Tierra continuará su trayecto hacia ninguna parte. Nosotros, mientras tanto, necesitamos un rumbo.

El siglo XX agotó la idea de que el proyecto humano sea la perfección continua. También liquidó la idea de la fraternidad obligatoria y universal. Ahora nuestras metas son reactivas: no destruir la atmósfera con nuestros gases, combatir el fanatismo terrorista de unos cuantos, buscar el modo de alimentar a los miles de millones que sobrecargamos el planeta.

Avanzamos “en medio de la tontería y la extravagancia costosa, sin ninguna idea de cómo seguir siendo tantos”, escribe a los 91 años Giovanni Sartori (La carrera hacia ningún lugar, Taurus, 2016).

Marchamos a ciegas sin utopías ni ideales. La democracia liberal es hueca, lo único que ofrece son pequeñas mejoras continuas. Hay avances innegables: antes los asuntos públicos se dirimían por la fuerza. Así fue por siglos, “hasta que se inventó la democracia liberal”, dice Sartori. Desde entonces gestionamos la política, la sociedad y la economía racionalmente.

Vivimos en sociedad pero en libertad, una libertad condicionada por la libertad del Otro. De hecho, “el único derecho individual del cual disponemos” es el principio del hábeas corpus: “Tienes derecho a tu cuerpo. Nadie puede disponer de él en contra de tu voluntad”. El proyecto de la democracia liberal se reduce a eso en última instancia, a la defensa de nuestro cuerpo. No es –bien visto–, un logro menor, a la luz de otros proyectos que propusieron igualdad y terminaron imponiendo grilletes.

Hay quien exige a la democracia más de lo que puede dar (bienestar económico, seguridad a ultranza), o aquellos que creen que si no es perfecta o universalmente inclusiva no es democracia (ejemplo de esto en México son quienes niegan que vivamos en democracia o que haya ocurrido la transición). “El perfeccionista democrático –señala Sartori– considera que los ideales deben realizarse al pie de la letra”, de no cumplirse sus exigencias se vuelve revolucionario: “para extirpar el mal del mundo es preciso destruirlo y crear un mundo nuevo”.

La cultura de la revolución implica creer en la violencia como “un acto creativo”, redentor. Esta idea surge con George Sorel y sus Reflexiones sobre la violencia (1908). Hasta entonces la violencia se consideraba un mal necesario. Con Sorel nace la exaltación de la violencia y su encarnación más acabada: la revolución marxista, que redime la violencia propia y denuncia sin descanso la violencia ajena.

Ha reaparecido en nuestros días el prestigio de la violencia revolucionaria (lo vemos en ciertos sectores de la lucha magisterial y en quienes la apoyan desde el periodismo y las redes sociales), la idea de que “un mundo nuevo purificado del mal brotará de la creatividad de la violencia”. Son incapaces de reconocer en la democracia un sistema flexible que puede ser continuamente reformado.

Ante la ausencia de un proyecto rector, la revolución se plantea como un proyecto capaz de dar sentido a la sociedad. Entendemos por revolución, a decir de Sartori, “sublevaciones populares movilizadas por ideas (…) que prefiguran un orden nuevo”. Pero ese “orden nuevo” ya lo vivimos, y fracasó. En vez de desaparecer “el Estado violento” burgués, se volvió “un Estado más absoluto y más tiránico”. Al intentar planificar la sociedad, creó “el peor invento de la historia: una mala economía que desembocó en la destrucción de la economía”. Por lo mismo, considera Sartori, “se debe revisar a fondo el concepto de revolución”.

Se pensaba en la revolución como un asalto del poder “desde abajo”, para luego reestructurar ese poder. También se consideraba que sólo las revoluciones marxistas eran auténticas. Sin embargo, recuerda Sartori, en 1989 nadie dudó que las revoluciones en Europa del Este que acabaron con los regímenes comunistas fueran auténticas revoluciones.

Otro ejemplo es el de la revolución ilustrada que, entre 1868 y 1889, llevó a cabo un cambio profundo en Japón. La llamada Restauración Menji rompió con un sistema cerrado y abrió esa nación al mundo y a la modernidad sin recurrir a la violencia, modificando de raíz su estructura social. Las revoluciones desde arriba pueden propiciar cambios radicales por la vía democrática.

Giovanni Sartori ha sido uno de los grandes testigos y críticos de nuestro tiempo. Es necesario escuchar lo que nos dice antes de partir. No podemos correr por siempre para arriba y abajo entre la pena y el deleite. Es preciso que intentemos dotar de sentido a la democracia liberal.

Twitter:@Fernandogr

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