Opinión

La calle como el petate del muerto


 
Ante la carencia de mayorías políticas y legislativas, las minorías quieren imponer decisiones por la vía de la presión social en las calles. Sin embargo, hasta ahora las protestas callejeras han fracasado en todos sus intentos.
 
López Obrador y Cuauhtémoc Cárdenas han amenazado con frenar --o intentarlo-- la reforma energética, no por la vía institucional de su minoría legislativa sino por las movilizaciones callejeras. Lo paradójico es que el tabasqueño está fundando su partido para someterse a las reglas de la democracia y el michoacano quiere regresar al PRD a tratar de rehacer el partido, pero en materia energética quieren combatir en las calles.
 
 
Las movilizaciones callejeras son una amenaza pero no una realidad. En el 2008 López Obrador hizo un cerco simbólico en la Cámara de Diputados para evitar la reforma energética de Calderón, y fracasó; inclusive lo acusó de traidor a la patria y nadie tomó en serio su documento jurídico. Cárdenas salió a las calles en 1988 para protestar contra el fraude, pero frenó la violencia callejera.
 
 
La CNTE se la pasa haciendo marchas, plantones y tomas de plazas callejeras, pero con los mismos seguidores de siempre y los resultados son escasos. Las amenazas de estallido social se han convertido en advertencias sin efecto real en la sociedad e inclusive se le ha quitado ya el valor a la palabra.
 
 
La estrategia de la calle fue un temor que tuvieron los salinistas en 1988 ante las movilizaciones de Cárdenas contra el fraude electoral; pero los cálculos en el equipo político de Carlos Salinas de Gortari establecieron una media de más de 2 millones de ciudadanos protestando contra el resultado electoral para poder revertirlo “y entregar las llaves de Palacio Nacional”; al final fueron menos de 300 mil y la preocupación salinista fue diluyéndose en las negociaciones políticas en lo oscurito con el PAN de Luis H. Alvarez para la calificación electoral con concesiones –dos gubernaturas– y no en las calles.
 
 
La incipiente democracia mexicana está tensando sus posibilidades con casos extremos como la reforma energética y la reforma educativa. El escenario institucional del congreso federal y los congresos estatales fue superado con la reforma educativa y la CNTE en las calles cuando menos podría estar logrando diluir algunos puntos tangenciales.
 
 
Las movilizaciones contra la reforma energética son más complicadas; las de la CNTE fueron engrosadas por los maestros que se sintieron afectados directamente por las adecuaciones. En la energética se va a poner a prueba si existe un valor histórico del cardenismo ciudadano frente a un sector corroído por la corrupción que requiere de inversiones que no tiene el Estado. Hasta ahora, las marchas han sido de los mismos seguidores de Obrador y Cárdenas.
 
 
Para causar presiones reales, la alianza AMLO-Cárdenas necesitaría cómo mínimo más de un millón y medio de personas en las calles, entre militantes y sobre todo ciudadanos sin partido; si las protestas son menores, entonces la oposición tendría que pasar a la violencia para atraer la atención. Hasta ahora ninguno de los dos supuestos está en el escenario lopezobradorista-cardenista. Si la iniciativa de Peña Nieto consigue en el Congreso la mayoría calificada del 67 por ciento, la amenaza de López Obrador de revertirla en el próximo sexenio tendría que lograr su victoria en las presidenciales y una mayoría absoluta de 51 por ciento en el Congreso, escenarios aún menos viables.
 
 
De ahí que López Obrador y Cárdenas utilicen el petate del muerto para asustar con movilizar las calles para evitar su aprobación; en todo caso, adelantar desde ahora la amenaza callejera no es más que el anuncio de que el PRD y sus aliados no podrán frenar la reforma en el Congreso.
 
 
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