Opinión

La caída de Jesús Reyna

Con el arraigo del secretario de Gobierno de Michoacán se confirma aquello en lo que tanto hemos insistido en éstas y otras páginas: la delincuencia en ese estado tenía a su servicio al poder político.

Imposible que la banda criminal de Los Caballeros Templarios pudieran tener en jaque al estado, sin la simbiosis entre ellos y la clase política michoacana.

Jesús Reyna era una pieza clave de los Templarios y se sentía intocable. Y lo tocaron, a pesar de los esfuerzos del gobernador Fausto Vallejo por evitar su remoción.

Pero lo de Vallejo no era complicidad (hasta donde se sabe), sino miedo.

Una y otra vez el gobierno federal le pidió a Vallejo que quitara a Reyna, para facilitar los trabajos de persecución de los líderes Templarios, y el gobernador siempre puso obstáculos.

En una ocasión aceptó quitar a Reyna, pero con una condición: “se lo dicen ustedes, no yo”.

Después se echó para atrás, con una coartada política: quería poner como sustituto de Reyna a un funcionario blandengue de tercer nivel. Así frenó el relevo en la secretaría General de Gobierno.

Jesús Reyna se sentía intocable, por el temor que le tenía Vallejo. En realidad, era el hombre más poderosos de esa entidad.

Incluso cuando llegó a Michoacán el comisionado federal Alfredo Castillo, Reyna lo ninguneó. Lo dejaba plantado en citas que habían acordado. O llegaba tarde, con amigotes, a reírse de los proyectos del enviado presidencial.

Poco antes de la más reciente visita del presidente Peña Nieto a Michoacán, la necesidad de quitar a Reyna era apremiante: en los altos niveles del gobierno federal no había dudas -aunque tampoco pruebas contundentes- de que las filtraciones de información hacia los cabecillas templarios estaban saliendo de la secretaría de Gobierno del estado.

Vallejo se comunicó a la Secretaría de Gobernación, en el DF, para tratar asuntos previos a la visita presidencial, y cuando le tocaron el tema de la salida de Reyna, el gobernador se enfureció y le colgó el teléfono al funcionario federal.

Aparentemente no pasó nada, Reyna siguió en el cargo. Pero las dudas acerca de su persona persistieron y se inició una investigación sobre posibles nexos con la banda de los Templarios.

Esas investigaciones rindieron frutos concretos y permitieron atar cabos, luego de las declaraciones del detenido Manuel Gutiérrez Macías (“El Mani”), tras las cuales cayeron Enrique “Kike” Plancarte y... Jesús Reyna.

A pesar de sus desplantes y de la soberbia desplegada porque tenía al gobernador Vallejo en sus manos y guardaba una estrecha relación con los jefes Templarios, hoy Reyna está arraigado, en manos de la Subprocuraduría Especializada en Investigación de Delincuencia Organizada (SEIDO).

El mensaje es precisamente ése: no hay cacique que pueda contra el Estado, cuando hay decisión política de llegar al fondo de los problemas, para solucionarlos.

Ya están presos o muertos los líderes Templarios, que tuvieron en jaque a Michoacán y al gobierno federal por doce años. Arraigado se encuentra el secretario de Gobierno, que se sintió más fuerte que el Estado.

Falta ahora desbrozar la madeja de protección que tendió la clase política michoacana para permitir que una banda de asesinos y extorsionadores hiciera y deshiciera en el estado. Y ahí hay un nombre que no podemos olvidar o hacer como que no existió: Leonel Godoy.