Opinión

La Cabeza del Gobernador (Fin de Fiesta)

 
 

 

Javier Duarte

Como toda buena juerga, la fiesta del virreinato terminó con un estruendo y ahora llega el momento de pagar la cuenta de 16 años de parranda con cargo al erario.

Por primera vez desde la transición del 2000, los gobernadores del país, alguna vez poderosos e impunes, tienen razones reales para preocuparse por su futuro. Si las cosas toman curso lógico, algunos irán a la cárcel o al menos a un largo y tortuoso proceso judicial de resultado incierto. Un inusitado alineamiento de fuerzas que va de izquierda a derecha y pasa por la sociedad apunta en ese sentido.

Los actuales no son buenos tiempos para ser un ex gobernador o gobernador saliente, en especial si hubo manejos pocos claros de las cuentas durante sus mandatos. O para decirlo con todas sus letras: corrupción. O presunción de ésta. El caso es que la paciencia pública hacia sus excesos simplemente se ha agotado y en las dirigencias de los partidos ya se tomó nota de la necesidad de dar un sacrificio para apaciguar a la plaza pública. En los Comités Ejecutivos del PRI y del PAN queda claro: alguien tiene que irse a prisión y si es humillado, con grilletes y cadenas a la vista, mejor. Ya es cosa de rentabilidad electoral y matemática política.

Para ver qué tan preocupados están algunos solo basta remitirse a sus más recientes declaraciones y acciones. En una de esas extrañas perlas verbales que de cuando en cuanto regala, César Duarte negó y acuñó al mismo tiempo un título: “no soy un político-banquero”, dijo a Reforma el pasado 21 de julio.

Su tocayo veracruzano, Javier, luce peor. En sus últimas apariciones públicas se le ha visto desesperado por transparentar sus ingresos y dar la impresión de que ni un solo centavo se desvió a lo largo de su reinado. Vaya, hasta su 3de3 presentó esta semana. Pero es muy poco demasiado tarde para un político que ha sido repudiado desde todos los ángulos. El arquetípico apestado.

Frustrado su intento de blindarse transexenalmente por órdenes del PRI de Enrique Ochoa Reza –y por extensión, Los Pinos- el mandatario veracruzano está aterrado. Se le ve ojeroso, flaco y con rostro pálido ante un cerco que comienza a cerrarse en torno suyo, con la amenaza implícita: estás solo. Integrantes de su gabinete narran que no lo calienta ni el sol. No es para menos. Parece que nadie saldrá a defenderle.

Roberto Borge no ha sido tan evidente como los Duarte, pero no por eso ha estado menos activo. Ha pasado el último mes en un desesperado tejido político con miras a suavizar el que se antoja como un aterrizaje forzoso post gobierno. Primero, intentó blindarse mediante el nombramiento de funcionarios afines en puestos claves. Después, cuando la PGR anunció que iría a la Suprema Corte para retar la constitucionalidad de este entramado, acudió ante la procuradora Arely Gómez para pedir apoyo. Se lo negaron. Ya en lo que parece la desesperación, se reunió esta semana con Ulises Ruiz, rival de Ochoa Reza, en un encuentro público en la Ciudad de México. Dos políticos sentados a comer en el Puerto Chico, donde todos podrían verlos. Un menú peligroso.

Aunque los tres gobernadores –Chihuahua, Veracruz y Quintana Roo—la encabezan, la lista de potenciales candidatos a prisión es larga y multipartidista. La fotografía valdría oro de cara a un cada vez más difícil y competitivo escenario político, con crecientes muestras de rechazo a los partidos ante el hartazgo que ha generado la escandalosa corrupción estatal (no menos preocupante que la federal, por supuesto).

A imaginar: Duarte (veracruzano) en el Cereso de Perote. Duarte (chihuahuense) en el de Aquiles Serdán o de Ciudad Juárez. Medina en Topo Chico, Borge en la prisión de Cancún, Yarrington y Flores en el Cereso de Matamoros y Padrés en el de Hermosillo. Todos, desfilados lentamente ante las cámaras, con una voz en off de fondo: “el gobierno trabaja para ti. Cero impunidad”. Oro molido para las urnas.

¿Quién caerá primero? Los expedientes ya se preparan tanto a nivel local como federal. Que algo viene está anunciado y ya vemos los primeros rastros. Que no quede duda. Alguien se irá a la cárcel en los próximos meses y se ha desatado entre PRI y PAN una inusitada carrera por ver quién encarcela primero a quién. Es cosa de tiempos. Quien consiga la primera orden de aprehensión de un juez se colgará la medalla de haber procedido contra la corrupción, de realmente estar limpiando la casa, de responder a una de las exigencias más claras emanada de las elecciones del pasado 5 de junio.

“Está pavimentándose el camino a la cárcel”, ironizó un dirigente panista. La ruta parece casi lista para estrenarse.

Twitter: @vhmichel

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