Opinión

La brecha cultural de Estados Unidos

 
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Krugman.

Matthew Yglesias, de Vox, escribió recientemente un artículo interesante sobre Andrew Puzder, el magnate de la comida rápida a quien Donald Trump ha nominado como secretario del Trabajo.

Pudiera pensarse que su nominación sería vista como una traición a los votantes de la clase obrera, quienes apoyaron abrumadoramente a Trump el mes pasado. Puzder está en contra de los trabajadores, en contra de salarios más altos, a favor de la inmigración. ¿No habrá una enorme reacción negativa?

Sin embargo, lo que Yglesias sugiere es que la conexión de Puzder con la comida rápida es en sí misma una protección; porque a la clase obrera blanca le gusta la comida rápida, y a los liberales no, y porque la primera siente que esto demuestra el desprecio de la segunda por la gente común. (Lea su publicación aquí: bit.ly/2hbyUUC.)

Sospecho que hay algo de cierto, y que forma parte de una historia más general. Y no sé qué hacer al respecto.

Lo que veo mucho, tanto en el discurso político general como en mi propia bandeja de entrada de correo electrónico, es una tremenda sensación de resentimiento contra personas como Hillary Clinton, o bueno, contra mí, que no tiene nada que ver con la política. En cambio, se reduce a algo así como “ustedes se creen mejores que nosotros”. Y tiene mucho que ver con la forma en que vive la gente.

Si el populismo simplemente estuviera ligado a la desigualdad en el ingreso, la clase obrera estaría profundamente resentida con alguien como Trump. ¡Le gustan los baños dorados! Pero se lo dejan pasar, en parte, porque sus gustos parecen alinearse con los de los blancos sin educación universitaria que votaron por él. Es decir, Trump vive como se imaginan que ellos lo harían si tuvieran mucho dinero.

Compare eso con los liberales ricos (como mis vecinos en el Upper West Side de Nueva York). No son ni remotamente tan ricos como los plutócratas que llenarán el gabinete de Trump. Lo que es más, mis vecinos votan por cosas que aumentarán sus impuestos y su costo de vida, al tiempo que mejoran la vida de la misma gente que los desprecia. Objetivamente, están del lado de los trabajadores blancos.

Pero no comen mucha comida rápida porque creen que no es sana, y cuidan su peso. No ven mucha televisión de realidad, y efectivamente escuchan muchos audiolibros; o incluso leen libros a la antigua. Y si son lo suficientemente ricos para tener una segunda casa, se trata de un lugar campestre rústico-chic, no el Mar-a-Lago de Trump.

Entonces, existe la sensación de que hay una brecha cultural más grande entre los liberales ricos y la clase obrera blanca que entre los Trumpkins y la clase obrera blanca. ¿Los liberales miran con desdén a Juan, el cervecero? En realidad, nunca me ha parecido así; la gente a la que frecuento entiende que vivir como ellos requiere mucho más tiempo y dinero que el que tienen los estadounidenses que están en apuros, y no son especialmente críticos sobre los estilos de vida. Pero es fácil ver cómo podría surgir la sensación de que los liberales menosprecian a las personas comunes, y cómo puede ser avivada por los medios del ala derecha.

La pregunta es ¿qué hacer al respecto? Otra vez, objetivamente esos liberales están del lado de los trabajadores, mientras que los personajes que juegan con este percibido desdén se disponen a traicionar a la clase obrera blanca a escala masiva. ¿No hay otra forma de transmitir esto que comiendo muchas hamburguesas y papas fritas?

CUANDO LOS HECHOS SON VISTOS COMO ATAQUES REGIONALES
Donald Trump ganó el Colegio Electoral al menos en parte prometiendo devolver empleos a los Apalaches en minas de carbón y puestos de manufactura en el Cinturón del Óxido. Ninguna de las dos promesas puede ser cumplida; principalmente estamos hablando de puestos de trabajo que se perdieron no por una competencia extranjera injusta, sino por el cambio tecnológico.

Pero sucede algo gracioso cuando la gente como yo intenta señalarlo: recibimos respuestas iracundas de economistas que sienten afinidad por la gente obrera de las regiones afectadas; respuestas que suponen que intentar sacar cuentas debe reflejar desprecio por las culturas regionales, o algo por el estilo.

Recientemente reflexioné en mi blog sobre los dilemas de hacer frente a dicha reacción negativa regional, y señalé que ni siquiera los intentos generosamente financiados para apuntalar las regiones en declive parecen funcionar muy bien. Esto es lo que dije: “El historial de las políticas de apoyo regional en otros países, que gastan mucho más en dichas cosas de lo que probablemente gastaremos, es bastante malo.

Por ejemplo, la ayuda masiva a la ex Alemania Oriental no ha evitado una reducción importante en su población, mucho mayor que la caída poblacional de los Apalaches en el mismo periodo”.

En respuesta, tengo un furioso artículo del economista Lyman Stone que me denuncia: “Krugman y los que le creen quieren creer que los miedos de la gente de los Apalaches (o del Cinturón del Óxido, o lo que usted quiera) son exagerados, que su vida no ha sido tan mala como parece”, escribió Stone en su propio blog.

Esperen, ¿eso fue lo que dije? No lo creo. Si pensara que todo está bien en los Apalaches, no la habría comparado con Alemania Oriental.

El punto era precisamente que los Apalaches son un prototipo del declive regional, lo que vuelve sorprendente que Alemania Oriental, que ha recibido el tipo de ayuda que los Apalaches sólo pueden soñar, esté sufriendo una caída demográfica aún más veloz.

Ahora, si queremos tener una discusión sobre las políticas regionales, bueno.

Pero, en cambio, lo que tenemos es un ataque inmediato a los motivos.

Aparentemente, incluso sugerir que la caída en ciertos tipos de empleos tradicionales no puede revertirse, y que sostener economías regionales puede ser difícil, es una demostración de desprecio elitista hacia la gente común. Usted podría pensar que las personas como yo somos aliadas potenciales de los que quieren ayudar a las familias obreras, donde sea que estén. Pero si no podemos decir nada sin enfrentar el temperamento extremadamente sensible de los defensores regionales, sin ser acusados de insultar su cultura, eso excluye bastante el debate útil.

Twitter: @paulkrugman

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