Opinión

La baronesa que ganó la Guerra Fría e impuso el dogma


 
 
Margaret Thatcher sabía que para escribir la historia hay que borrar las páginas precedentes y así fue como se transformó en protagonista del siglo XX; no recuperó para su majestad la gloria imperial de antaño, pero al trabajar en paralelo con el Estados Unidos de Ronald Reagan en el desmantelamiento del Estado benefactor y las últimas ofensivas de la Guerra Fría, logró una influencia perdurable, que se mantiene alrededor del mundo.
 
Nacida como Margaret Hilda Roberts en 1925 en Grantham, Inglaterra, hija de un tendero que simbolizaría a la clase media tradicionalista, la futura primera ministra, que estudió química y luego se especializó en leyes y asuntos fiscales, empezó a romper moldes al ser elegida a la Cámara de los Comunes en 1959, siendo entonces la parlamentaria más joven; después de que el Partido Conservador asumiera el poder en 1970, ocupando las carteras de educación y ciencia, tomó las riendas de los tories -algo impensable para una elite machista, dominada por las rancias prácticas de la nobleza-, en preparación de su asalto al número 10 de Downing Street.
 
El contexto que produjo su triunfo electoral -y desde aquí su trayectoria va estrechamente unida a la de Reagan- no podía ser más propicio para el vuelco político económico que Thatcher impulsó, convencida hasta el fanatismo de las bondades de la privatización, la competencia, la desregulación, el recorte de impuestos, el fomento a la libre empresa y al valor individual. El embargo petrolero árabe de los setenta, el agotamiento del modelo socialdemócrata, el estancamiento y el triunfo de las revoluciones en Irán y Nicaragua convencieron a la clase hegemónica en las 2 orillas del Atlántico sobre la necesidad de un golpe de timón, que redefiniera por completo las relaciones internas y globales.
 
No fue una casualidad, de este modo, que mientras en EU las reaganomics asestaron un revés casi mortal a los sindicatos, además de disparar el endeudamiento y generar una maquinaria orientada al gasto militar y la innovación tecnológica, superando con la invasión de Grenada el trauma de Vietnam, en el Reino Unido el thatcherismo derrotó al movimiento de los mineros del carbón, recuperó las Malvinas desplegando su flota nuclear y ni siquiera se inmutó cuando diez prisioneros del Ejército Republicano Irlandés murieron en su huelga de hambre.
 
Combinación
 
La combinación de patriotismo exacerbado y 'capitalismo popular', mediante la venta de acciones a los trabajadores de las empresas privatizadas, funcionó para devolver la confianza a un pueblo que se creía en decadencia. Al exterior, Thatcher respaldó a Solidaridad en Polonia y la guerrilla antisoviética de Afganistán, cerrando filas con Juan Pablo II; cuando Moscú dio muestras de cansancio, palomeó a Mijaíl Gorbachov al calificarlo como "un hombre con el que podemos hacer negocios" y cantó victoria sobre las ruinas del 'imperio del mal" según la definición de Reagan, a quién la futura baronesa llamaba "el segundo hombre más importante de mi vida".
 
En el anticomunismo furibundo de Thatcher, una fuerte bebedora de whisky, al estilo de Winston Churchill, sin embargo, se encontraban las semillas de una era que no supo comprender y que trató de abortar, sin más resultado que su propio declive. En sus memorias, el excanciller federal alemán, Helmut Kohl, recuerda al igual que el general polaco Wojciech Jaruzelski que la dirigente tory se opuso a la reunificación germana. A regañadientes firmó en diciembre de 1989 el documento en el que Gran Bretaña apoyaba el proceso, con un amargo comentario: "Derrotamos 2 veces a los alemanes y ahora están de vuelta".
 
La superpotencia germana regresó, la Unión Europea profundizó su integración, pese a las continuas objeciones de Thatcher y Londres, ya sin el Gran Comunicador a su lado, apostó por cuidar la 'relación especial' con Washington. Pero se necesitaban nuevos actores y otro discurso, Tony Blair, William Clinton y 'la tercera vía', que abatió el desempleo y propició el auge, pero sin cerrar las graves brechas sociales abiertas por Thatcher, quien al celebrar su 80 aniversario, en 2005, fustigó las mentiras usadas por el laborista y otro de sus herederos ideológicos, George W. Bush, para invadir a Irak.
 
En aquella fiesta fastuosa surgió, por cortesía del líder conservador Michael Howard, una de las mejores descripciones de Thatcher: "Lo que Churchill hizo en tiempos de guerra, ella lo hizo en tiempos de paz".